Ecos del Evangelio

28 agosto, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXII T.O. CICLO A 2020

 

Así se salva la vida

y sólo así.

 

Todas las ideas que los discípulos se habían hecho acerca de Cristo, las tuvo que ir combatiendo Jesús, una a una. Y es que tenían y tenemos en la cabeza un Cristo que muchas veces no tiene nada que ver con el Cristo del Evangelio. Y es, que tendían y tendemos a hacer a Cristo a imagen y semejanza de nuestras ambiciones y de nuestros intereses de grandeza.

!Atrevámonos a aceptarle a Él y a su evangelio sin distorsionarlo ni seleccionar sólo lo que nos gusta, y veremos que cambio se produce en nuestra vida!

 

Creemos que para acercamos a Él necesitamos cumplir unas normas, hacer méritos, deshumanizarnos, en una palabra. Por eso hoy, Jesús quiere dejar las cosas claras, para que sus seguidores no se llamen a engaño. Y nos estamos engañando, porque Cristo no puede hablar más claro, pero nosotros hacemos oídos sordos.

 

«Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí y lo crucificarían» Anunciar la palabra de Dios, vivir en cristiano, lleva inevitablemente al sufrimiento, al dolor. No porque ser cristiano sea sufrir, sino porque ser cristiano verdadero contradice la mayoría de los «valores» de la sociedad en que vivimos. Si ahora el cristianismo no crea problemas en muchos ambientes injustos, es porque hemos tergiversado el mensaje de Jesús, equiparándolo a la mentalidad que domina el mundo occidental. La novedad, la Buena Noticia que supone el evangelio, la hemos convertido en rutina, y ya no es que no sea buena noticia, es que no es ni noticia.

 

Ser cristiano es una fiesta, un gozo maravilloso, pero sólo para quienes esperan y viven del amor; solo para las personas libres y generosas; sólo para los inconformistas con el mundo que padecemos. ¿Y cuántos de los cristianos son así? Pocos por desgracia. Y hay pocos, porque no nos decidimos salir del egoísmo, la ambición y el buscar bienestar y más bienestar.

 

Hemos de entender de una vez, que Jesús no es el Mesías político y guerrero que esperaba la mayoría del pueblo. Ni tampoco, ninguna varita mágica, sino un hombre que asumirá en el dolor de la lucha diaria la tarea de redimir al hombre de su orgullo, de su ambición, de su prepotencia.

 

Pedro creía en la mesianidad de Jesús y parecía que era un creyente, pero en realidad no aceptaba el lado más profundo y singular del Maestro .Y se lo lleva aparte y lo increpa. Pedro, el mismo que el domingo pasado hizo aquella declaración solemne a Cristo. Si, Pedro quería que Cristo entrara en sus planes, lo mismo que queremos nosotros.

 

La actitud de Pedro es como una voz de alarma para los cristianos, porque el peligro mayor de la iglesia no está fuera, sino dentro de sí misma: traicionar a Cristo distorsionando su imagen, tenerlo como amuleto, haciendo de nuestra relación con Él, un comercio.

 

Pero Cristo no se anduvo, ni se anda con rodeos «Quítate de mí vista, Satanás, que me haces tropezar, tú piensas como los hombres, no como Dios». Rechaza a Pedro con las mismas palabras que al tentador en la tercera tentación del desierto.

 

Deberíamos meditar profundamente estas durísimas palabras de Cristo. No basta reconocer al Mesías; es necesario aceptar su camino de vida y hacerlo nuestro. La fe no puede quedar en el entendimiento, ni reducirse a palabras: tiene que hacerse práctica «¿Quienes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» ¿lo queremos más claro?
Creer en Jesús significa aceptar su camino y seguirlo, y eso supone renuncias. No se puede pretender compaginar la afirmación de fe en Jesús, con seguir un camino de comodidad, poder, ambición, y dolce vita. Tenemos que aceptar la forma de hacer Dios las cosas, aunque muchas veces se opongan a nuestras esperanzas; Es necesario elegir entre los pensamientos de Dios y los criterios mundanos. No se puede seguir mariposeando.

 

 

«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». «El que quiera…» Se es discípulo de Jesús después de un acto libre y consciente. No podemos seguir defendiendo un cristianismo sociológico y masivo, y sólo de tradición, que nada tiene que ver con las exigencias marcadas por Jesús. Jesús ha rechazado como venida de Satanás, toda forma de religión que sea signo de poder, de vanagloria y de tranquilizar la conciencia. Pero tristemente en eso estamos.

Pues no nos queda otra alternativa: o negarnos a nosotros mismos viviendo para los demás, como hizo Jesús; o vivir para nosotros mismos, rechazando la fe y el camino del Mesías.

 

Cargar con la propia cruz significa aceptar poner como bandera el amor.

• Es amar sin limitaciones, vivir abiertos al misterio de Dios.

• Es aceptar dar la vida por Jesús y su evangelio, ir gastándola en favor de los demás.

• Es soportar las incomprensiones a causa de la fe, aceptar el dolor y las limitaciones de los propios pecados.

• Es preguntarse cada día: ¿En qué puedo servir a los que me rodean?, ¿Cómo puedo dar vida al que la necesita?…

 

 

El que cumple esas dos condiciones -negarse a sí mismo y cargar con su cruz- es el verdadero seguidor de Jesús. Porque seguirle no significa un mero cumplimiento y exaltación de los sentimientos de vez en cuando. Es poner el corazón en marcha y la vida disponible para servir desde el amor.
Seguir a Jesús es aceptar una auténtica paradoja: Se gana lo que se ofrece a los demás, lo que se sacrifica en bien del otro; Se pierde lo que se retiene para uno mismo. Y esto se puede aplicar a los bienes materiales, al empleo del tiempo, a los propios ideales y talentos…

Así se salva la vida y sólo así.

 

 

Hay que apostar por las cosas que valen la pena: el amor, la amistad, la ayuda mutua, la justicia, la paz, la solidaridad…, todo lo que sea trabajar por la felicidad de todos, porque eso es lo que da tranquilidad y paz interior. ¿De qué sirve acumular dinero y más dinero, cosas y más cosas…, si no podemos lograr nunca la felicidad de la amistad desinteresada, la alegría del esfuerzo por los demás…?

 

Nos gusta un cristianismo fácil, cómodo, compaginable con la sociedad, con nuestros intereses; un cristianismo a tiempo parcial y si no tengo otro compromiso. Ese es el cristianismo que nos hemos «montado». Pero eso no es seguir a Cristo, sino utilizarle.

 

 

Mirad; la manera de hablarnos Cristo con tanta claridad, por lo menos para mí, es motivo de un agradecimiento inmenso:

 

• Porque desde mi mundanidad, me ayuda a ser persona divina.

• Porque aunque muchas veces es inesperado y sorprendente, siempre me escucha y me comprende.

• Porque siempre quiere compartir todo lo que me inquieta.

• Porque me ayuda a descubrir la riqueza interior que me regaló.

• Porque con su gran bondad, me enseña a ser sencillo.

• Porque desde que le dije «si», siempre está a mi lado.

• Porque corrigiéndome con cariño, me hace caminar siempre hacia adelante Porque es incansable para darme ánimos para no decaer.

• Porque aunque le defraudo, siempre espera lo mejor de mi.

• Porque cuando me exige, es para hacerme mejor.

• Porque aunque soy débil, no renuncia a necesitar de mi.

• Porque aunque parezca que está lejos, siempre esta cerca.

• Porque con su desacuerdo, siempre me hace descubrir la verdad.

• Porque sé que me quiere y me espera siempre.

• Porque siempre me anima a ver lo positivo.

• Porque me acepta como soy, pero quiere que sea mejor.

• Porque aunque lo niegue, siempre me hace sentir único para Él.

• Porque – en definitiva – aunque no lo merezca, me ama infinitamente.

 

¡Sí, tengo tantos motivos para darte gracias,
que aunque a veces no te entienda,
te amo con todo mi ser!

 

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