Ecos del Evangelio

30 agosto, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XXII T.O. CICLO B 2018(1)

Titular del evangelio de hoy: El farisaísmo y la hipocresía, son el cáncer que da altraste con las relaciones humanas y por supuesto con la relación con Dios.
Los fariseos del evangelio critican a los discípulos de Jesús porque no cumplen determinadas tradiciones y ritos: concretamente, las de lavarse las manos como un rito religioso mandado. Y lo critican como si el no cumplir con esos ritos fuera algo terrible, como si fuera a hundirse el mundo, como si los que no lo hacen fuesen  unos degenerados.
Y Jesús, que no está para pamplinas, les responde enérgicamente, y diciéndoles que no se metan en eso, porque lo que realmente cuenta es lo que cada uno lleva dentro, los motivos que le llevan a  actuar, y el tipo de actuaciones que realiza.
Lo malo no es olvidarse de cumplir tal o cual tradición o rito, sino el dejarse
llevar por un espíritu de maldad, cultivar por dentro unos intereses o unos
propósitos que llevan a hacer el mal, a  hacer todo aquello que es un mal para con los demás, y la lista es larga:fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, engaños, manipulaciones, fraudes, desenfreno, envidia, difamación,  orgullo, frivolidad. Y mucho más que podría añadirse.
Sin duda Jesús deja bien planchados a aquellos y a los actuales fariseos. Gente en el fondo inmadura y cargada de manías y que lo que hacían y hacen es  refugiarse
en la escrupulosidad de los ritos, para no tomarse en serio lo que realmente es importante: el evangelio. No hace falta ser muy avispado para ver que en nuestra Iglesia persiste por desgracia ese espíritu farisaico. Y si no, observemos un poco a nivel individual y comunitario y nos daremos cuenta de que es una realidad.
En nuestra Iglesia hay cristianos -y organizaciones cristianas- que parece que sus preocupaciones fundamentales son el cumplimiento escrupulosos de las reglas y normas: que el clero vaya como un verdadero maniquí y si puede ser con fajín mejor; que es más piadosa la persona que recibe la comunión en la boca que en la mano;   que las monjas de clausura tengan suficientes  rejas y vayan lo bastante tapadas; que la flagelaciones con el cilicio son un magnífico signo de mortificación; que la autoridad episcopal sea envuelta en agasajos y sonrisas mientras más mejor, porque así verá que piadosos son los feligreses de dicha parroquia , etc. Esos cristianos, y estas organizaciones, convierten ese  tipo de cosas en cuestiones decisivas, y quien se las salte, naturalmente: “anatema est”.¡Pero qué barbaridad y qué vergüenza!
¿Qué creéis que les diría Jesús, a esos cristianos y dirigentes que les gusta más la vanagloria que a un niño un caramelo. Pues las mismas palabras  que hemos escuchado en el evangelio: dejáis a un lado en mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Y añadiría, como a los  fariseos:
¡Hipócritas!… Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está
lejos de  mí.
Cuando uno se toma estas cosas externas como si fueran lo decisivo, entonces en realidad está tapando lo que es decisivo realmente: lo que sale  del corazón, los intereses y propósitos a los que uno dedica su vida, el tipo de persona que  realmente es y quiere ser.
Santiago, en la segunda lectura, nos lo ha recordado de forma  muy gráfica: La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar  huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse la manos con este mundo. Lo  externo a veces será útil y bueno como señal, como signo, pero cuando uno lo toma como  decisivo SE OLVIDA ENTONCES DE LUCHAR CONTRA TODO LO QUE MANCHA LAS MANOS EN ESTE MUNDO: el egoísmo, el afán de poder y de placer, el olvido de las necesidades de los pobres… todo lo que, en definitiva, sale del corazón del hombre y hace realmente daño.
Jesús no trata simplemente de cambiar unas costumbres por otras. Hace algo mucho más  radical: relativiza cualquier costumbre, las de su época, las de antes, las de después y las de ahora; las  de los jóvenes y las de los mayores. Intenta combatir esa tendencia humana a convertir en  sagradas, en intocables, las propias costumbres. Para Jesús sólo existe un absoluto: el  Padre Dios. Un absoluto que es amor y al que es preciso referirse siempre y según el cual  debemos revisar, relativizar y corregir nuestras costumbres.
La habilidad para confundir las propias costumbres con la voluntad de Dios es una  enfermedad religiosa que suele reproducirse fácilmente en todas partes.
Y esto va por todos los cristianos, los de antes y los de ahora: cuantos se lavan las manos y van por ahí con las manos cristianamente lavadas, pero sus corazones están sucios. Cristo no dijo: Bienaventurados los que se lavan las manos, porque así verán los  hombres que estáis limpios. Cristo dijo: Bienaventurados los
limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. A Cristo le iba a condenar a
muerte un hombre que tuvo mucho cuidado de que el pueblo  viera que se lavaba muy bien las manos. Le iban a llevar a la cruz unos fariseos como  aquellos, que tenían negro el corazón, pero que no iban a entrar en el pretorio de Pilato,  para no contaminarse la víspera de la Pascua.
Haber si se entiende……
Cristo quiso trazar una línea bien clara entre los limpios de corazón y los que se lavan las  manos como ritual para parecer muy piadosos. Es que lavarse las manos es fácil; lo difícil es lavarse el corazón.
No vale lavarse las manos y luego dejar que crucifiquen a Cristo. No vale.
No vale lavarse las manos y luego convencerse de que uno no puede hacer nada ante  tantas situaciones injustas que hay cerca y lejos de nosotros. No vale.
No vale lavarse las manos y luego decir que es una pena que haya pobres,
enfermos,  guerras, desastres. No vale.
No vale lavarse las manos y luego decir que uno no puede cambiar el mundo. No vale.
Vale, por ejemplo, lo de Mateo, que era uno de aquellos discípulos que comía sin lavarse  el polvo de las manos, pero que se había limpiado el corazón de dinero, que es una de las  cosas que más ensucia lo de dentro de los hombres. Mateo tendría barro en las manos,  pero no tenía dinero y más dinero en el corazón; y a esto le llama Cristo estar limpio.
Es mucho más fácil lo que hizo Pilato para lavarse las manos, que lo que tuvo que hacer,  por ejemplo, Zaqueo, para lavarse el corazón. A Pilato le bastó un gesto espectacular y  estúpido. Pero a Zaqueo, para lavarse el corazón, le hizo falta devolver cuatro veces lo  robado y dar la mitad de lo suyo a los pobres.
No nos servirá el lavarnos las manos para parecer muy pulcros. Sólo la bondad nos hará limpios por dentro, es decir: la  negación de nuestro propio egoísmo y la generosidad, la entrega, el trabajo por los demás.
No se puede escuchar la palabra de Dios sin comprometer la  propia vida. No se puede participar en la celebración eucarística sin que nada cambie en la vida. Este es el compromiso del que Dios nos pedirá cuentas un día, a todos.
Hemos de superar el encerrar lo religioso en formas externas y tradicionales
humanas,  siempre cambiables y cambiantes, y descubrir la verdad de lo religioso en el corazón del  hombre. Ese corazón que es lo que hace al hombre bueno o malo.
Llamarse cristiano y no  vivir compartiendo lo que se tiene y lo que se es, es la trampa, la hipocresía de todos los  que están confortablemente situados en la sociedad y en la Iglesia, aunque parezcan muy piadosos.
Pues ojo, porque Jesús nos ha dicho que lo que importa es lo que sale del corazón y de eso-repito-es de lo que nos pedirá cuentas ¿Qué sale del  nuestro? Eso que cada uno se lo responda así mismo.

 

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