Ecos del Evangelio

31 agosto, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XXII T.O. CICLO C 2019

HUMILDAD ES ANDAR EN VERDAD

 

Como habréis podido observar el tema central de la Palabra de Dios de hoy, es LA HUMILDAD. ¿Qué tiene la humildad que tanto gusta a Dios? Pues Cristo nos lo explica, y de que manera.

 

Vemos como Jesús acepta la invitación de «uno de los principales fariseos para comer». Comer con Jesús siempre fue comprometido, porque aprovechaba las sobremesas para dar lecciones trascendentales. Unos invitados encontraban en la enseñanza de Jesús la verdadera libertad, pero para otros, sus charlas eran motivo de rabia y hasta de odio hacia Él. Porque Jesús, no era diplomático, ni políticamente correcto, aunque fuera un invitado .Siempre desbarataba con su enseñanza los comportamientos antievangélicos, porque decía «las verdades del barquero» allí donde iba.

 

Cuando le invitaron, era sábado, porque los sábados solían comer de fiesta los judíos, y para celebrarlo invitaban siempre a un comensal de honor, que primero era invitado a hablar en la sinagoga y después agasajado en una comida festiva.

 

«Notando que los invitados escogían los primeros puestos», Jesús-en la sobremesa- inicia su charla .Y las actitudes que estaba viendo en aquella comida, le sirven de imagen para dar y darnos una lección para nuestra salvación.

 

Los invitados debían observar en los banquetes un riguroso orden de protocolo, que no se otorgaba sólo por razón de la edad, sino conforme a la categoría de los invitados. Cada uno tenía su puesto conforme al rango que tenia en la sociedad y en la institución religiosa judía. Ellos creían saber cuál era su puesto en la mesa del reino de Dios: los primeros, sin ninguna duda. Por eso veían ridícula la actitud de Jesús en favor de los sencillos, de los que jamás se prestan al doble juego por ningún tipo de interés.

 

¿Será verdad que han pasado veinte siglos desde entonces? Sí, el tiempo ha pasado, pero las actitudes de no pocos no han cambiado, no han aprendido. Aquella escena vergonzosa- que observaba Jesús- estaba y está en oposición evidente con el reino de Dios. No sólo estaban los que preguntaban cuantos se salvarán, como vimos el domingo pasado, sino los que se preocupaban por » acumular mas méritos», para a si tener también tener mas categoría en el reino de Dios .Realmente, repito, vergonzoso.

 

¿Por qué, la verdadera vida es tan distinta de la que muchos viven? ¿Por qué la ilusión de muchos es llegar al mejor puesto, aunque no se sirva para él o haya que lograrlo pisando a otros? ¿Por qué no se busca ser eficaz y útil en el servicio a los demás, sino el propio encumbramiento? ¿Por que hay tantos, llenos de vanidad, ostentación y mentiras?

 

Jesús, les enseña y nos enseña que: la vida verdadera no se conquista con honores, buscando la propia grandeza, sino con el servicio hacia los otros. El querer pasar por encima de los demás para ser admirados, es propio de miserables. Para Jesús lo más importante es amar. Pero la persona orgullosa, engreída, que se desvive por ocupar los primeros puestos, por lucir, por aparentar, es una persona que no sabe amar, que está obsesionada por sí mismo; sólo ve a los demás en función suya, para dominarlos, para que le admiren, para que le reconozcan No le queda sitio para el amor, para los demás.

 

Jesús nos invita a ocupar los últimos puestos, no por falsa humildad, sino para evitar la vanidad, para evitar vivir de apariencias y de vacío, aunque muchos los recubran con una carita que parece que nunca han roto un plato.

Jesús nos invita a no entrar en el juego de un mundo, en el que vencen solamente los que pierden su propia dignidad y libertad.

Jesús nos invita a no buscar las medallas sino el compromiso.

Jesús nos invita a no buscar los aplausos sino el sacrificio por los demás.

Jesús nos invita a no vivir de apariencias sino cimentados en la verdad.

Jesús nos invita a esos trabajos para los que no hay condecoraciones ni agradecimiento.

Jesús nos invita a que nos dediquemos a las personas a las que nadie gusta dedicarse, porque son molestas, exigentes, poco agradecidas.

Jesús nos invita a que si elegimos los últimos puestos, estaremos con Él en la construcción del mundo nuevo.

 

 

La humildad que es uno de los pilares del evangelio, se opone radicalmente a lo que es norma en nuestro mundo dominado por el culto al éxito, por la obsesión de figurar, de imponerse. Esa obsesión constantemente alimentada por la publicidad que lanza al hombre hacia el tener y hacia la ley del mínimo esfuerzo.

 

La humildad es difícil de entender, para comprenderla es necesario vivirla. Si no partimos de la visión real de nosotros mismos, es imposible llegar a ella.

 

La humildad es la condición para el amor; sólo el que es humilde sabe amar y ama en la medida en que es humilde.

La humildad según santa Teresa es la verdad y capacita al hombre para conocer con exactitud las propias cualidades y defectos, y eso, nos impide sobrevalorarnos y de paso no minusvalorar a los demás.

La humildad es hermana de la sinceridad, lo mismo que el orgullo es hermano de la hipocresía y del fariseísmo.

La humildad cristiana no consiste en cabezas bajas y en cuellos torcidos, sino en reconocer que debemos doblegar el corazón por el arrepentimiento, para que nuestra fe no sea lastimosa, nuestra esperanza coja y nuestro amor ciego.

La humildad no significa no ser combativo, ni ser tan tan prudente, que uno se convierta en cobarde, ocupando los últimos puestos a la hora de defender y dar la cara por Cristo y su evangelio.

La humildad, bien entendida, es hermana de la sinceridad y de la valentía.
Es necesario pues, que muchos dejen de fantasear con sus méritos, de pretender saber cómo Dios hace las cosas. Dios no necesita ni consejeros, ni burócratas ni funcionarios, sino servidores humildes pero con coraje para vivir contracorriente.

 

«Cuando des una comida o una cena…» Dar y servir a los que tienen, para poder recibir de ellos después, ha sido y es una lamentable constante también en el campo eclesiástico. Esa actitud convierte a la sociedad en negocio.

 

El reino que nos trae Jesús está centrado en el amor que ofrece libremente, nunca en eso de estar en buenas relaciones con la gente de dinero, con las autoridades, con los que podían proporcionar prestigio y poder, e influencia. Sino acercarse a la gente excluida y marginada que no nos pueden devolver el favor. Pero Dios si que nos lo premiará y de sobras. Sólo quien reparte sin calcular, quien se entrega a los demás gratuitamente, está alcanzando su verdadera grandeza.

 

«Te pagarán cuando resuciten los justos». Amigos, o la religión es un bien en sí misma y una entrega de amor a los demás o es una pura conveniencia, tapadera y apariencia. No se puede actuar porque esté mandado, o lo piden las normas, o para hacer meritos. El que así hace, aún no ha crecido personalmente. Hemos de obrar por propio convencimiento de amor a Cristo y a los hermanos.

 

La vida se gana cuando uno se entrega al servicio de los demás y sin pedir nada a cambio. Eso es lo que comenzó Jesús en el Cenáculo y culminó en la cruz. Y ese es el testamento que nos dejó. Hoy es un día para examinarnos cada uno como anda de verdadera humildad.

 

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