Ecos del Evangelio

5 septiembre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXIII T.O. CICLO A 2020

Corrección con compasión

 

La Palabra de Dios de este domingo pone a nuestra consideración dos temas capitales: la oración y la corrección fraterna. La oración, muchas veces mal entendida, porque muchos la han convertido es una rutinaria retahíla. Y qué decir de la corrección fraterna, un tema mal visto y del que muchos huyen. Como los dos temas tienen mucho que comentar, me centraré hoy en la corrección fraterna.

 

No es ningún secreto que el hombre de hoy rechaza la corrección fraterna. Y la paterna. Y la… etc. Hoy nadie soporta que le adviertan nada, ni que le aconsejen, ni, mucho menos, que le llamen la atención sobre algo. Como consecuencia, quienes, por su responsabilidad, están llamados a «corregir», huyen de la quema con argumentos de asustados: « ¡Cualquiera habla…!» « ¡Que cada palo aguante su vela!» O eso que se dice con tanta frecuencia en nuestros días: « ¡Cada cual es libre…, no se puede presionar…. vivimos en democracia!»Y con todo esto se ha llegado “al todo vale, hago lo que me apetece….”. Pues bien así estamos, cuando los que tienen responsabilidad se escaquean de sus deberes. Todo el mundo invoca sus derechos, pero los deberes para el vecino.

 

Si. Se huye de la corrección fraterna: ni «ser corregidos», ni «corregir». Y paradójicamente se rechaza esta «corrección» en una época en la que exigimos correcciones técnicas en todo: en la puerta del coche que no ajusta; en nuestro televisor que no nos da una imagen suficientemente nítida, en la hechura del vestido que nos acabamos de comprar.

 

La fraternidad entre hermanos es el «test» de nuestra fe: ¿nos consideramos y nos tratamos como hermanos? No podemos llamarnos hijos de Dios -decir que Dios es nuestro «Padre»- si no hay una práctica de fraternidad entre nosotros. Es así. ¿Como no pocos se atreven a llamar a Dios Padre si no se consideramos hermanos unos de los otros? Si somos hermanos no podemos desentendernos unos de otros. Debemos reconocer que lo fácil es desentenderse o limitarse a una crítica a espaldas del afectado, cuando no el chismorreo, que es lo habitual por desgracia.

 

«Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Es un consejo difícil el que nos da aquí Jesús. Por una parte, nos cuesta sentirnos responsables de los demás. En general preferimos «dejarles en paz y ocuparnos de lo nuestro», tanto en la vida civil como en la eclesial. Es la postura típica de los que no quieren participar en la vida de la comunidad, ni creen que deban ayudar a los que se van desviando del recto camino.

Al profeta Ezequiel le urge Dios para que no calle, porque callando se hará responsable de la ruina de su pueblo. Dios le ha hecho «centinela» que ayude a sus hermanos, que sepa dar la alarma cuando vea que es necesario, y les recuerde que no se han de desviar de los caminos del Señor. ¿Para qué sirve un centinela que no avisa? ¿Para qué sirve un perro guardián que no ladra cuando vienen los extraños?

 

Jesús concreta esta obligación de un hermano para con su hermano, de un miembro de la comunidad para con otro. El procedimiento lo detalla el mismo Jesús, empezando por el diálogo de tú a tú, o sea, a modo de hermanos, sin agresividad, buscando el bien de la persona, no hablando a espaldas, ni aireando a los cuatro vientos los defectos de los demás, sino teniendo la valentía de hablar a la persona concreta. Y haciéndolo desde la humildad y el amor. Porque sin humildad y amor no hay corrección fraterna que valga.

 

Somos hermanos -lo repito- ¿Esto nos lo creemos? Si se es honrado, hay que reconocer que no. El amor al hermano no se muestra sólo diciéndole palabras amables y de alabanza, sino también, cuando haga falta, con una palabra de ánimo o de corrección.

 

Por tanto corrección sin lapidación, corrección con compasión:

 

*No se corrige al hermano echándole en cara sus defectos.

*No se ayuda al hermano mostrándose indiferente, descuidando la caridad fraterna.

*Y menos aun se le ayuda cuando alguien se convertirse en inquisidor y actúa con despecho y sin misericordia para con su semejante.

 

Una cosa es ser centinela que avisa del peligro que acecha, y otra erigirse en juez moralizador o en dueño del bien y del mal. Y esto último está muy extendido también en la Iglesia, demasiado. Y sobre todo en los que se les ha subido el cargo a la cabeza y se convierten en semidioses. ¡Que pena y que falta de sentido evangélico tan extendida entre los mandatarios!

 

La clave nos la da Pablo en la segunda lectura: el amor, la ley fundamental del cristiano: «A nadie le debáis nada, más que amor. . . amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo, no le hace daño». El que ama sí que puede corregir al hermano, porque lo hará con delicadeza, lo hará no para herir, sino para curar, y sabrá encontrar el momento y las palabras. No sólo verá los defectos sino también las virtudes.

 

Y por eso, porque ama y se preocupa de su hermano, se atreve a corregirle y ayudarle. Como un buen padre no siempre debe callar, sino que habla y anima a sus hijos, y, si es el caso, les corrige, ayudándoles a cambiar y haciéndoles fácil la rehabilitación.

 

Como un buen educador debe hacer lo mismo con sus alumnos y un amigo con su amigo. Con ello imitamos a Jesús, que supo corregir con delicadeza y vigor a sus discípulos, en particular a Pedro, y logró que fueran madurando en la dirección justa. Con amor y desde al amor.

 

Se entenderá -por favor- en la Iglesia que lo que más cambia a muchas personas no son las grandes ideas, ni los pensamientos hermosos, sino el haberse encontrado en la vida con alguien que ha sabido acercarse a ellas amorosamente y las ha ayudado a renovarse.

 

Acabo con una bella oración, la llamada «Oración de la maestra», de Gabriela Mistral, que hago mía: «Aligérame, Señor, la mano en el castigo, y suavízamela en la caricia. Y que reprenda con amor para saber que he corregido amando».

 

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