Ecos del Evangelio

4 septiembre, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XXIII T.O. CICLO B 2021

¡TÓCAME, SEÑOR!

 

A renglón del evangelio de este domingo, se puede afirmar sin margen al error que LA PEOR SORDERA, SIN LUGAR A DUDAS, ES LA DE CORAZÓN, y esto lleva muchas veces, a una auténtica pandemia: la soledad. ¡Ábrete! ¡Escucha! ¡Sal de tu aislamiento! Dice G. Marcel que «sólo hay un sufrimiento y es el estar solo». La afirmación podrá parecer exagerada, pero lo cierto es que, para muchos hombres y mujeres de hoy, la soledad es el mayor problema de su existencia.

Aparentemente, el hombre actual está mejor comunicado que nunca con sus semejantes y con la realidad entera. Los medios de comunicación se han multiplicado de manera insospechada. El teléfono permite mantener una conversación con las personas más distantes. El televisor introduce hasta nuestro hogar imágenes de todo el mundo. Internet, aparentemente, y solo aparentemente, ha terminado con el aislamiento.

 

Por otra parte, se impone lo público sobre lo privado. Se habla de asociaciones de todo tipo, círculos sociales, relaciones públicas, encuentros.

 

Pero todo ello no impide que una soledad indefinida, difusa y triste se vaya apoderando de muchos hombres y mujeres.

  • Hogares donde las personas se soportan con indiferencia o agresividad creciente.
  • Niños que no conocen el cariño y la ternura.
  • Jóvenes que descubren con amargura que el encuentro sexual puede encubrir un egoísmo engañoso.
  • Amantes que se sienten cada vez más solos después del amor.
  • Amistades que quedan reducidas a cálculos e intereses inconfesables.

 

Y es que, la soledad no es necesariamente el resultado de una falta de contacto con las personas. Antes que eso, la soledad es una enfermedad del corazón. Si mi vida es un desierto, el mundo entero es un desierto, aunque esté poblado de toda clase de gentes. Sin duda, son muchos los factores que pueden llevar a una persona a ese aislamiento interior que se expresa en frases cada vez más oídas entre nosotros: «Nadie se interesa por mí». «No creo en nadie». «Que me dejen solo. No quiero saber nada de nadie».

 

Para superar el aislamiento, es necesario abrirse de nuevo a la vida.

Aceptarse a sí mismo con sencillez y verdad.
Escuchar de nuevo el sufrimiento y la alegría de los demás.
Romper el círculo obsesivo de «mis problemas».
Recuperar la confianza en los gestos amistosos de los otros, por muy limitados y pobres que nos puedan parecer.

 

La fe no es una bolita mágica que pueda prevenir o curar de un plumazo la soledad. El creyente está sometido, como cualquier otro, a las tensiones de la vida moderna y las dificultades de la relación personal.

 

Pero puede encontrar en la fe una luz, una fuerza, un sentido, una energía para superar el aislamiento, la soledad y la incomunicación. Como aquel hombre sordo y mudo, incapaz de comunicarse, que escuchó un día la palabra curadora de Jesús: «Ábrete».

 

A veces pensamos que Dios que es tan Bueno, comprende y hasta asume nuestras debilidades. Por eso, su Palabra, cuando es dura y nos pone las cartas sobre la mesa, solemos decir: eso va por nosotros. Automáticamente nos hacemos los sordos. Y desconectamos de su Palabra, y ahí empieza la tragedia.

 

Y es que, alcanzar la verdad en nuestra existencia, es una tarea ardua, difícil. Exige empeño, atención, perseverancia. Y, porque no decirlo, son tantos los inconvenientes, los “inhibidores” que nos impiden escuchar con nitidez a Dios. Sí, en el campo de la fe hay mucho sordo y por ende mucho mudo. Y ese binomio, desemboca en la soledad.

 

 

La soledad es un mal moral que no se cura sencillamente poniendo a las personas unas al lado de las otras. Hoy más que nunca, la gente se amontona angostamente en los edificios, en las casas de pisos y en lugares de vacaciones. Es precisamente allí donde advierte la más fuerte y pavorosa soledad. La soledad que hoy en día hiere a tanta gente, nace de un profundo vacío espiritual, de la incertidumbre y de la angustia.

 

 

Ni siquiera un médico tiene poder sobre las causas profundas de la soledad moderna. Porque esas causas son de naturaleza puramente espiritual, que afectan a los mas intimo de la persona: el corazón. Por eso, cuanto más hayamos vendido nuestro corazón a cambio de cosas que son humo y sin consistencia, tanto más, somos incapaces de ese amor, que es el único capaz de curar la soledad.

 

 

El peligro del creyente, lo decía una y otra vez el Papa emérito Benedicto XVI, es caer en el “olvido sistemático de Dios”. Yo diría que estamos padeciendo la “pandemia E”. La pandemia espiritual. Donde nos dejamos contagiar por lo efímero, por las modas de turno, por las evasiones que nos creamos. Es decir, damos por bueno, lo que es pernicioso para nuestra salud espiritual.

 

¿Qué hacer para luchar contra la “pandemia E”?

Primero: Salir de nuestros egoísmos personales y actuar con sinceridad. El abrirnos, además de darnos horizontes, nos posibilita un enriquecimiento personal y comunitario. ¿Cómo me encuentro frente a Dios y frente a mis hermanos? ¿Qué actitud presento en palabras y obras?

Segundo: Necesitamos despertar de nuevo, con ilusión y con entusiasmo en la alegría de creer y de esperar en Jesús. NO podemos esta siempre a expensas de que el Señor actúe como un mago ¿Qué hacemos nosotros? ¿Nos ponemos en disposición de cambio? ¿Estamos dispuestos a ello? ¿O siempre cruzados de brazos?

 

Tercero: Hacer nuestra la actitud de la docilidad y dejar el quijotismo y el orgullo. Porque ni vemos todo lo que hay, ni oímos todo lo que Dios nos dice. Y eso pasa, porque no somos dóciles a su palabra. La peor sordera que existe en el mundo cristiano es precisamente que nos cuesta ser dóciles a la escucha de lo que Dios nos habla. Preferimos “mundanizar” nuestra fe, a que nuestra fe cristianice todo lo que somos, tenemos y decimos.

 

Que, el Señor abra nuestros oídos.

Que, seamos capaces de percibir su presencia.

Que su Palabra sea un río de agua viva.

Que, en medio de tantas enfermedades y preocupaciones, la fe sea fuente de salud, de confianza y de esperanza. Hay muchos intereses y muchos medios empeñados en producir sordera ante todo lo que suena a espiritual.

Que, seamos capaces de enfrentarnos a ello, limpiándonos una y otra vez el oído con los bastoncillos de la oración.

Tenemos miedo al silencio, a la apertura a Dios, a la plegaria, aunque no queremos reconocerlo. Buscamos soluciones en la anestesia de la evasión. Pues sepamos, que tan sólo el retorno a Dios, como a un padre que tiene nuestro nombre escrito en la palma de su mano, puede hacer el milagro de curarnos.

 

 

¡TÓCAME, SEÑOR! Para que, oyendo, como Tú quieres, sepa escuchar con nitidez lo que me dices. Y si a veces, Señor, vuelvo la cabeza haz que, de nuevo con la brújula de la fe, me indiques el sentido de mi vida. ¡Perdóname, Señor! Porque no escucho y finjo hacerlo. O porque te escucho, y pienso que no es para mí. O porque te escucho, y me hago el sordo.

 

¡TÓCAME, SEÑOR! Porque, si me toca sólo la mano del mundo,
siento que me pierdo la mejor parte de Ti. Y me aparto del camino verdadero. Y escucho aquello que sólo interesa a mucha gente, pero que no es tu verdad.

 

¡TÓCAME, SEÑOR! Y despiértame de mi letargo espiritual para que, volviendo otra vez a Ti, pueda entender que sin Ti todo es vacío, ansiedad y sufrimiento.

¡TÓCAME DE NUEVO, SEÑOR! Porque, a veces, estoy demasiado tocado
por las manos de un mundo caprichoso; de una sociedad corrompida;
de un ambiente que no me deja escuchar lo que produce paz y alegría sin límites.

¿ME TOCARÁS, SEÑOR? Ábreme mis oídos para que te escuche.
Mis manos, que me dé a los demás. Mis ojos, para que vea. Mis pies, para que camine. Mi conciencia, para que nunca te olvide.

 

Que así sea

 

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