Ecos del Evangelio

7 septiembre, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XXIII T.O. CICLO C 2019

 

SEGUIRTE ES MI VOCACIÓN

 

Para ser cristiano no es suficiente con aceptar un conjunto de verdades irrenunciables, ni limitarse a una serie de prácticas religiosas. Y esto por dos razones:

1º porque la fe es una respuesta libre de todo el hombre a la llamada de Dios y

2º una llamada que nos exige seguir en nuestra vida los planteamientos y las opciones de Jesús de Nazaret. Seguimiento que reclama un comportamiento de vida individual y social acorde con el mensaje evangélico.

 

Las exigencias que nos propone Jesús hoy nos quitan la seguridad de creerse buen cristiano con solo «ir tirando». Seguir a Jesús es arriesgado, el precio que hemos de pagar es claro: posponerlo todo. Es la opción fundamental que hemos de hacer en nuestra vida. Yo no se porque no se predica el evangelio con toda claridad.

 

«Mucha gente acompañaba a Jesús». Quizás pensamos que Jesús ya estaba satisfecho porque le seguía mucha gente y por tanto les daría facilidades para que no se marcharan. Pues no. Seguir a Jesús significa, un no a las rebajas. Si la figura de Jesús de Nazaret no sorprende, es porque se está vacunado ante sus palabras.¿No es así como actúa cristianismo sociológico de hoy?. Es decir lo que cuenta son las estadísticas.

 

 

Pero Jesús «se volvió» a la «mucha gente» que le acompañaba y les propuso difíciles exigencias. Parece que no temía que muchos le abandonasen ante sus condiciones. No era un predicador satisfecho porque le acompañen muchos; su planteamiento era más exigente, más serio. Con Él no vale hacer trampa. No basta continuar casándose por la Iglesia, bautizando a los hijos, haciendo primeras comuniones o pidiendo que los hijos tengan clases de religión en los centros de enseñanza… Seguir a Jesús es eso, pero mucho más que eso.

 

Si es verdad queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que ser consecuentes y aceptar sus condiciones. Y Jesús lo explica hoy muy clarito:»Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío».No es cuestión de cuatro rezos y ritos.

 

El que quiera ser discípulo de Jesús tiene que ponerlo a Él por encima de todo lo demás, poner todo lo demás en segundo lugar, posponer todo lo que amamos y tenemos el deber de amar. Opción que provocará desgarramientos y dudas en la mayoría de las ocasiones, porque será elegir entre algo bueno que ya poseemos y con lo que nos encontramos a gusto, y una realidad que estimamos superior, de consecuencias inciertas.

 

Esto no significa de ningún modo una desvalorización del amor a los padres, que es un mandamiento de Dios; ni del amor a los hijos, del que el Padre del cielo es ejemplo; ni del amor matrimonial signo del amor de Cristo a la Iglesia; ni tampoco un desprecio a la propia vida, que es un don de Dios que nos lleva a vivir la propia vida divina. Jesús pretende que todo eso lo amemos desde Él, como Él lo ama. De esa forma lo amaremos mejor y, algún día, en plenitud, que es como debemos tratar de llegar a amar toda la realidad.

 

Jesús quiere que vivamos la vida en toda su intensidad y verdad, y para ello es necesario que no la confundamos con el absoluto; nos indica que el único absoluto es Dios, el Dios que hallamos siguiéndole a Él.

 

Seguir a Jesús es optar por un amor abierto igual al suyo. Por eso denuncia el encasillamiento de todo amor .Nos llama a un amor abierto a nuevas situaciones, a las personas de cualquier ideología o religión… y, a través de todo esto, abierto a Dios. Y amar desde nuestras cruces de cada día. No esperar un situación idílica para empezar a mar.»Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío».

 

Seguir a Jesús es una decisión de por vida y hasta dar la vida, o sea, hasta la muerte. Ni los honores, ni el prestigio, ni el poder, ni las riquezas, ni la familia pueden servirnos de excusa. Hay que cargar con la cruz, hay que jugarse la vida. No se trata simplemente de prácticas ascéticas para dominar las pasiones o robustecer la voluntad, que eso es simplificar y desvirtuar el evangelio. Se trata de apostar, como Jesús, la vida entera en defensa de la libertad, de la justicia, en favor de los pobres, de los marginados y discriminados, de los menospreciados del mundo y en el mundo. Eso llevó a Jesús a enfrentarse con el sistema social de su tiempo y, aparentemente, perdió, pues murió a manos de los sacerdotes, los ricos y los poderosos.

 

La cruz es la aceptación de la voluntad de Dios, es vivir peligrosamente.¿Estamos dispuestos a poner a Jesús -todo lo que él representa de justicia, libertad, amor y paz -por encima de todo lo demás, pase lo que pase? Parece que Jesús no iba detrás de las estadísticas; al contrario, nos presenta la elección por Él como algo duro, que sólo deben atreverse a hacer los que opten por ello después de una madura reflexión.

 

Y, después, que decidamos. Esa decisión, consciente y responsable, es la que tiene verdadero valor para Él. Jesús quería impedir que se le unieran entusiastas que comienzan con ardor, pero que luego se cansan de la vida fatigosa y acaban por dejarlo todo. Para seguir a Jesús no se puede tener la «casa» llena, aunque sea a costa de hacer el ridículo. Antes de seguirle hay que pensárselo muy bien.

 

El que construye un edificio calcula los gastos antes de empezar para no tener que dejarlo a medias; el rey que intenta presentar batalla revisa antes las posibilidades que tiene de llegar a la victoria. Quien se sienta inclinado a seguir a Jesús debe comenzar por reflexionar y considerar bien si tiene la voluntad decidida y las fuerzas que se requieren no sólo para hacerse discípulo suyo, sino para serlo de verdad y perseverar como tal.

 

Es necesario emprender el seguimiento de Jesús con los ojos y el corazón bien abierto, pararse antes a reflexionar y saber qué hace falta para seguirle.

 

Es necesario deliberar sobre los riesgos, la decisión, las ilusiones… Una vida cristiana adulta no puede ser fruto del azar o de la improvisación o ser cristiano por tradición, porque se ha nacido en una familia cristiana.

 

Todos debemos tener un proyecto de camino cristiano: ¿A qué Jesús seguimos?, ¿Qué Iglesia queremos?, ¿qué papel tengo como cristiano en el mundo? Las exigencias del reino van en serio; por eso hemos de sentarnos y asimilarlas meditándolas en toda su hondura. Cada uno debe decidirse personalmente, nadie puede hacerlo por otro. Es la fidelidad a uno mismo lo que nos madura como personas y como creyentes. Con un cristianismo de mínimos no se sigue a Cristo.

 

El mundo está tan confuso porque las cosas se hacen a medias, la verdad se dice a medias, estamos en el si pero no, en el ir tirando, y también en el cristianismo Necesitamos audacia para no encerrarnos en la triste prisión del «no soy capaz», o en el todos lo hacen así, o siempre se ha hecho así.

 

Para seguirle hay que dejarse de mediocridades.

¿Están nuestros proyectos bajo el signo de la audacia evangélica o del miedo a tener valentía?

¿Hemos realizado alguna vez una opción clara y madura por Jesucristo?

 

 

Jesús, consciente de lo que nos pide que dediquemos tiempo a pensarlo bien, a ensayar caminos, a probar, a volver a revisar. Quizá sea esta postura de búsqueda humilde la que ponga nuestros pies, sin darnos cuenta, detrás de los de Jesús.

 

«El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». Ahora, al referirse Cristo a los «bienes», el lenguaje cambia. Renunciar a todos los bienes no supone aislarse del mundo, ni vivir en la miseria, sino utilizar en favor de los demás, principalmente de los que más lo necesitan, lo que tenemos y somos: dinero, objetos que debemos usar, frutos de nuestro trabajo, bienes espirituales, conocimientos intelectuales, el tiempo…

 

Jesús insiste en el desprendimiento. No se puede optar por Él sin compartir nuestros bienes. Mientras esto no suceda, el evangelio continuará siendo una teoría, más o menos bonita y una serie de ritos sin relación con la vida concreta de la sociedad. Deberíamos preguntarnos a qué estamos renunciando actualmente en razón de nuestro seguimiento de Jesús. ¿Un cristiano puede seguir actuando como el resto de la sociedad sin diferenciarse en nada de ella? ¿Nuestro estilo de vida en que se diferencia del de la sociedad?

 

En el seguimiento de Jesús, cuando hablamos de renuncia, hemos de entender conquista; cuando de cruz, vida; cuando de pérdida, ganancia; cuando de vender, comprar; cuando de dejar, encontrar. El seguimiento nunca es negativo; es un anuncio salvador. No dejamos algo sin más, sino para adquirir lo fundamental.

 

El plan de Cristo hay que aceptarlo entero, con las renuncias que conlleve.

 

Ser buen cristiano es algo más que cumplir los diez mandamientos. Jesús nos avisa que seguirle comporta un riesgo, una dificultad, y que no podemos servir a dos señores. Cuando se entienda y se asuma esto entonces estaremos en disposición de caminar tras de Él. Pero para eso hemos de sentarnos, pensar y meditar y solo después elegir si queremos seguirle, pero con todas las consecuencias.

 

 

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