Ecos del Evangelio

11 septiembre, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XXIV DOMINGO T.O. CICLO B

“VIVIR COMO CRISTIANO”

 

¿Le suena a gran parte del cristianismo, Jesucristo? Cuando Jesús nos pregunta en el evangelio de este día: “¿Quién dice la gente que soy yo?” debiera de plantearnos muchos interrogantes y otras tantas interpelaciones:

 

*La más radical: ¿Hoy día, dice Jesús algo a alguien?
*La intermedia: ¿Qué nos dice y qué decimos de Él, los que nos tenemos por cristianos?
*La blanda: Nos dice mucho, pero le conocemos poco.

Jesús, camina con nosotros, y de nuevo –en este curso que estrenamos- nos pregunta: ¿Qué dice la gente de mí? ¿Quién dicen que soy yo? ¿Qué saben de mí los catequistas? ¿Cómo me presentan los sacerdotes? ¿Qué imagen tienen de mí las nuevas generaciones? ¿Qué hacéis por mi reino? ¿Qué vais a decir de mí? ¿Qué vas a hacer por mí?

¡Qué interpelación tan seria e incisiva la de este domingo!
¡Quién dice la gente que soy yo! Porque, malo será que tengamos en nuestra iglesia, en nuestra parroquia: dinámicas de grupo, acciones sociales, métodos, medios, etc. y dejemos a un lado lo que es medular: ser difusores del amor de Dios; de la persona de Jesús; de su mensaje; de la gran familia que somos y vivimos en la iglesia.

*¿Qué dicen de Jesús los que han sido bautizados y viven como si no lo estuvieran?
*¿Qué expresan de Jesús los que piensan que, con bautizarse, confirmarse y casarse por la iglesia, ya han hecho un gran favor a Dios?
*¿Qué afirman de Jesús, catequistas que creen que con impartir una catequesis es suficiente, pero, a continuación, no viven la eucaristía dominical?

*¿Qué atestiguan de Jesús, tantos de nuestros hermanos que, perteneciendo a la iglesia, viven indiferentes a lo que ocurre dentro de ella?
Preguntas que, más que respuestas, exigen un convencimiento profundo de lo que somos y vivimos. Somos cristianos y debemos vivir como tales. Ser cristiano, no es muy difícil. Pero “VIVIR COMO CRISTIANO” se hace más cuesta arriba. Sobre todo, si, vivir como cristianos, implica ir contracorriente. Decir al “pan, pan y al vino, vino”. O, por ejemplo, no comulgar con ruedas de molino en temas, o en problemas que, la sociedad presenta como paradigma de progreso o bienestar social.

Como a Pedro, también a nosotros, el corazón nos puede traicionar.
Queremos un Jesús amigo, confidente, compañero, pero sin demasiadas exigencias. Aquel viejo adagio: “serás mi amigo siempre y cuando no pongas piedras en mi camino”, viene muy bien para reflexionar sobre el mensaje evangélico de este domingo. Jesús nos lo adelanta: “quien no coja su cruz y me siga no es digno de mi”.

Una fe sin obras, es cómoda.
Una vivencia sin más trascendencia que un “bis a bis” con Dios, es también cómoda.
Un estar bautizado, sin después responsabilizarse de confirmar el bautismo en la vida, es fácil.
Un ser cristiano, pero sin aventurarse a dar testimonio de lo que creemos, escuchamos y sentimos, eso es fácil.

¿Qué quieres vivir bien? ¡No te compliques la vida!
Y viene el Señor y nos recuerda que, para entrar por la puerta del cielo, hay que emplearse a fondo en su causa. Confesar el nombre del Señor, no solamente es despegar los labios y decir un “sí creo”. Sino que nos exige un construir nuestra vida con los ladrillos de la fraternidad, el perdón y el testimonio de nuestra fe.

¿Queremos confesar, con todas las consecuencias, el nombre de Jesús?

Aprendamos a conocerle más y mejor. Preocupémonos de meditar su Palabra. De avanzar por los caminos que Él nos propone. El Señor, además de bautizados en su nombre, desea gente de bien, que viva según lo que nos exige el Bautismo: una vida en Dios, entregada a los demás y profundamente arraigada en Cristo.

Como Pedro, podemos pretender quedarnos en lo bonito de la amistad, En la superficialidad de la fe. Pero, el Señor, quiere y desea que ahondemos en lo que creemos. Que vivamos según lo confesamos Y que, en definitiva, no rehuyamos de esas situaciones, en las que podemos demostrar si nuestra fe es oro molido, o arena que se escapa entre las manos.

¿Qué decir de su Vida, cuando preferimos solo la nuestra? ¿Qué decir de sus Palabras si se hacen oídos sordos a ellas? ¿Qué decir de sus misterios, si no nos los creemos? ¿Qué decir de su Evangelio, si uno no se molesta en abrirlo?
¿Qué decir de su historia, cuando prefiero cualquier otra novela? ¿Qué decir de su mensaje, cuando me conformo con cuñas publicitarias?

¿Qué decir de sus caminos, cuando elijo senderos menos comprometidos? ¿Qué decir de sus enseñanzas, cuando no soy constante ni perseverante? ¿Qué decir de sus miradas, cuando nuestras miradas están en otro lado?

 

Hay que desprenderse de la rutina y de la comodidad:

Porque, tenemos miedo a encontrar en el camino piedras y encrucijadas.
Porque, nuestra vida, a veces cómoda y caprichosa se mueve más con los impulsos del tic tac del mundo, que con el agua de la fe.
Porque, le decimos que “le amamos”, cuando en el fondo nos amamos solo a nosotros mismos.
Porque, le decimos que estamos cerca de Él, y lo que hacemos es alejarnos de Él y de sus mandatos.
Porque, preferimos no complicarnos y por eso, nos cuesta manifestar públicamente nuestra amistad con Él.
Porque, preferimos los aplausos y reconocimientos y dejamos de lado la verdad de su mensaje.
Porque, decimos “creo en Ti”, y en cambio, miramos hacia otro lado y nos guiamos por otras estrellas.
Porque, proclamamos que “es lo más grande” y le dejamos, pequeño e insignificante, con nuestras obras.
Porque, aun sabiendo, que Él, rompe los ruidos de los cañones, con su paz; que Él, resquebraja la violencia, con su fraternidad; y que Él, dinamita el odio con su amor. Aun sabiendo todo eso, nosotros nos apuntamos a una paz, una fraternidad y un amor a base de mensajes y de “pásalo”.

Si se quiere conocer a Cristo, la grandeza de su mensaje y lo que eso implica para la vida personal y la de los demás, no hay otro camino que cambiar el rumbo de nuestro pensar y obrar. De lo contrario, seguiremos en un cristianismo de oídas. Y Cristo, seguirá siendo el gran desconocido, para los propios cristianos.

Una cosa es cierta: los que han dado el gran salto del conocimiento de Cristo, no volverían atrás por nada del mundo. Y más todavía, se sorprenden de haber podido vivir tanto tiempo sin la luz y la fuerza que vienen de la fe en Cristo.

 

Como San Hilario de Poitiers, que se convirtió siendo adulto.
y exclamó: «Antes de conocerte, yo no existía».

 

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