Ecos del Evangelio

17 octubre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXIX T.O.CICLO A 2020

 

¡Ay si los pensamientos se olieran! A aquellos fariseos y herodianos, la trampa, el tiro les salió por la culata. Los cazadores, cazados. -«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»: El César no es Dios, pero hay que decir inmediatamente que Dios no es el César. ¿Significa que hay que distinguir entre un poder temporal, el César, y otro espiritual, llámese sinagoga o iglesia, y que ambos poderes deben pactar entre si las cuestiones que pertenecen a uno y a otro? PUES NO. Para Jesús, el César y Dios no son dos autoridades de rango semejante que se han de repartir la sumisión de los hombres. Dios está por encima de cualquier César y éste no puede nunca exigir lo que pertenece a Dios. Hay que dejarlo bien claro: el César es el poder mundano y si la Iglesia actúa como poder mundano es también César ¿Queda claro?

 

La distinción entre Dios y el César significa que Dios no es el poder, ningún poder. Que no actúa en el mundo como los poderosos que dominan sobre los pueblos. Que no sacraliza el poder sino que se distancia de él y lo seculariza. Que no se hace representar por el poder o desde el poder, sino desde amor que representa la cruz. Ahí está el poder, el único poder de Dios.

 

Si; la tentación del César es aparecer en el mundo como si fuera Dios. En cambio el amor de Dios le llevó a encarnarse en Cristo en el mundo, como un hombre y como un hombre en la Cruz, frente a cualquier poder, sea éste el poder del imperio o el poder de la sinagoga o eclesiástico: ¿queda claro?
Si la Iglesia representa a Cristo en el mundo y, por lo tanto, a Dios, ha de estar también crucificada. La revelación de Dios en el mundo es Jesucristo Crucificado, es la verdad crucificada y, en consecuencia, una verdad que no se impone, ni compadrea, ni se casa con ningún poder mundano.

 

En unos tiempos en que crece el poder del estado de manera insospechada (la dictadura camuflada que vivimos) y a los ciudadanos les resulta cada vez más difícil defender su libertad en medio de una sociedad burocrática, manipulada, engañada.

 

En unos tiempos, en que todo está dirigido y controlado perfectamente por lo políticamente correcto, los creyentes no hemos de dejarnos robar nuestra conciencia y nuestra libertad por ningún poder.

 

Eso de condenar el aborto porque es matar al inocente.

Eso de no admitir la eliminación de la vida humana cuando esta en el último estadio de la vida: eutanasia.

Eso de atacar la corrupción reinante subrayando que «está manchada de robo e injusticia.

Eso de ir contra la educación para la tiranía (que no para la ciudadanía) porque va contra la libertad del individuo y de la familia que tiene el derecho a una educación integral y no manipulada etc. eso no lo admiten los Césares.

 

 

“A todo eso no debe dedicarse la Iglesia dicen” y lo malo es que muchos mandamases eclesiásticos y cristianos, se lo tragan. Pues quien piense así, que se borre de ser seguidor de Cristo. Porque todo lo que va contra la dignidad humana atañe, afecta a Cristo y a su evangelio ¿Queda claro?

 

La Iglesia de Cristo, cuando se preocupa y habla por tanto de todos esos temas mencionados, no está invadiendo el terreno del César. Está en su propio terreno, ya que tiene que llevar el evangelio «a todas las gentes» y «al mundo entero». Y ese evangelio, lo mismo que Cristo, tiene una vertiente sobrenatural=la salvación, y una vertiente humana= la dignidad de las personas.

 

Dicho esto, hay que añadir que ninguna autoridad puede arrogarse atributos totalitarios y absolutos. Ninguna autoridad, ni civil ni eclesiástica, es dueña del hombre y de su conciencia. Ser de Dios nos obliga a realizarnos como personas responsables y solidarias, a llevar a plenitud el plan que Dios se propuso realizar en nosotros, como individuos y como humanidad, antes de crear el mundo.

 

Hemos de cumplir con honradez nuestros deberes ciudadanos, pero no hemos de dejarnos modelar, manipular ni dirigir por ningún poder que nos enfrente con las exigencias fundamentales de la fe. Y ésta es una asignatura pendiente de muchos y cristianos y de la Iglesia.

 

La Iglesia no puede añadir, a los maridajes y a las calamidades pasadas, la cobardía. Tiene que predicar la verdad, aunque duela, aunque le traiga incomprensiones y cruces. Y lo digo porque hay silencios sospechosos que me huelen mal ¿Que tendrá la poltrona que a tantos endiosa? De la poltrona liberamus domini ¿Es que tiene que volver a lanzar otra vez Jesucristo la invectiva que les dijo a los fariseos« ¡Hipócritas!? ¿Por qué me tentáis, los mismos que decís hablar en mi nombre?

 

Amigos el pecado está en querer ser Dios para los demás, ésta es la tendencia y tentación del poder, también del eclesiástico, pues no trata de ser imagen y semejanza de Dios, sino Dios para los demás, obligándoles a sumisión, acatamiento y adoración. Y aquí al único a quien se le debe adoración es a Dios, por lo menos yo, a Él sólo adoro, lo siento. No hago genuflexión a nadie más, si acaso a los pobres.

 

La sentencia evangélica «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» ha contribuido a esclarecer lo que es del César y lo que no es del César. Pero no parece haber ayudado en la misma medida a clarificar lo que es de Dios, o sea, lo que no pertenece al poder. Porque poder y Dios son incompatibles. O si queréis: el único poder de Dios es el Amor.

 

Ya está bien que personas que se consideran representantes de Dios, dejen que se les suba el humo a la cabeza. En vez de representar (hacer presente, como todo creyente) tratan de suplantar a Dios o de endiosarse. En vez de estar a disposición de Dios y al servicio de los hermanos, se creen disponer de Dios para someter a sus clientes. El clericalismo no es otra cosa que la apropiación indebida por el clero, de la Iglesia. Los que deben servir al pueblo, se apropian de la Iglesia de Dios.

 

Y no os sorprendáis de lo que os voy a decir: lo que es de Dios no es, ciertamente, el templo o los lugares sagrados, ni los objetos religiosos, ni las ceremonias litúrgicas, ni los ornamentos litúrgicos, ni mucho menos los tesoros acumulados. Todo eso merece un respeto por su función, pero son hombres los que deciden destinarlo a eso. No Dios.

 

Lo que es indiscutiblemente de Dios, según la fe: es la dignidad del hombre y sus derechos. Lo que sí es de Dios, es, pues, el paro de los que no encuentran trabajo; el hambre de los que no tienen pan; las lágrimas de los que sufren; la persecución de que son objeto los que luchan por la justicia. Lo que sí es de Dios, es la justicia de los explotados, la libertad de los oprimidos, la conciencia del individuo. Porque todo eso pertenece a la naturaleza del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

 

Por Jesús de Nazaret no acepto a los que quieren gobernar vidas y haciendas apelando a un absolutismo de estado o de conciencia. Tan contrarios son a mi credo las teocracias, como los cultos a la personalidad. Ni creo en las militancias religiosas, ni en las feligresías políticas, sino que me repugnan. No pienso ser un pato mareado. Y me niego a ser una marioneta.

 

Allá cada uno con su conciencia, pero yo no necesito ningún César, es más, me sobran todos los que hay.

Con Cristo y Cristo Crucificado, me basta y me sobra.

 

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