Ecos del Evangelio

20 octubre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XXIX T. O. CICLO B 2018

 

“El Servicio en el Amor”

 

La jornada del Domund que hoy celebramos, en la que rezamos y colaboramos con nuestra ayuda económica a los misioneros, no me hace olvidarme y despistarme del mensaje del evangelio de hoy, porque no me equivoco, si digo, que muchos clero, como el mensaje de hoy nos toca de lleno, pasaran de refilón.

 

Leer lo que Jesús recomienda a los suyos en el Evangelio y ver la vida que se lleva a la hora de la verdad, parece el juego de los despropósitos.

 

La letra la han aprendido muchos de memoria, pero la práctica es otra cuestión bien distinta. A la hora de la verdad, después de todas las discusiones habidas y por haber en la vida diaria, cuantos se conforman con pensar que basta con “tener fe”, entendido en cuanto aceptación puramente teórica y mental de una serie de proposiciones: existe Dios, Jesús es Dios, Dios es Uno y Trino… Muy bien: firmamos lo que haga falta (y más si, encima nos aseguran la salvación a cambio) y luego… ¡a vivir que son dos días!

 

En cierta ocasión, con motivo de una singular petición formulada por los hijos de Zebedeo, hizo Jesús un repaso sobre la forma en que se vivía el poder y la autoridad en su tiempo y acabó con una terminante conclusión: “entre vosotros nada de eso”.

 

Pues bien, esas palabras, ese sentimiento lo dio a entender a lo largo de toda su vida, sobre todo con su propio ejemplo. De forma que, para Jesús, “nada de eso” no sólo en lo referente a la autoridad y el poder, sino en todos los órdenes de la vida. “Nada de eso” de como normalmente suele entenderse la vida. Y es que una cosa es ser habitantes de la tierra y otra muy distinta es ser ciudadanos del Reino.

 

Para los habitantes de la tierra, el poder y la autoridad son dos medios para prosperar; para tener muchos servidores; para dar rienda suelta al orgullo y la presunción; para colocar -vía amiguismo y enchufismo- a parientes, amigos y a los del partido; para tener influencias, para mirar por encima del hombro al pueblo; para con chofer y en coche oficial; para tener cuatro chalés mejor que tres; para viajar a costa del dinero de los contribuyentes, aunque sea un viaje particular, etc.

 

 

Para los ciudadanos del Reino, la autoridad es servicio y no hay otro trono posible que el de la cruz.

 

Para los habitantes de la tierra el dinero es lo que da la felicidad o, por lo menos, ayuda a conseguirla; es el que abre puertas y tiende puentes; da categoría a los hombres, los hace importantes, distinguidos, privilegiados.

 

Para los ciudadanos del Reino el dinero es un bien que se utiliza pero al que no se sirve; que se comparte pero que no se acumula; que hace más responsable de las injusticias al que abundantemente lo posee, si no lo emplea en remediar las necesidades de los hermanos.

 

Para los habitantes de la tierra la categoría social es imprescindible; hace de los hombres “yupis”; levanta los sombreros de los vecinos, suscita las envidias de casi todos, es fundamental “ser alguien”, tener un título, una posición por encima -al menos- de la media nacional; ser un “don nadie” es una de las mayores tragedias, cuando no una vergüenza familiar y social.

 

Para los ciudadanos del Reino no hay nadie más importante y más valioso que los pobres y los niños, los que socialmente no cuentan, los que son un número sin rostro; la categoría social es inútil porque “los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos”.

 

Para los habitantes de la tierra hay muchos valores absolutos a los cuales se ven sometidos los hombres: la estética, el deporte, estar en forma, los objetos de consumo, el piso, el coche…

 

Para los ciudadanos del Reino no hay otro valor absoluto que Dios, junto con el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios; todo lo demás, absolutamente todo lo demás está al servicio del hombre, nunca al revés.

 

Lo repito : una cosa es ser habitantes de la tierra y otra muy distinta, ser ciudadano del Reino. Pero mucho clero y cristianos, inteligentes y hábiles han encontrado la forma de “nadar y guardar la ropa”: ser habitantes de la tierra y declararse ciudadanos del Reino.

 

Aunque es para preguntarse ¿a quién engañan? Desde luego a Dios no. ¿Entonces?, pues a ellos mismos. Como cada hijo de vecino, muchos siguen afanándose por el dinero, por la vida fácil, por conquistar el poder, por tener buena fama -lo de menos es si de manera fundada o infundada.

 

“Cobra buena fama y échate a dormir”, nos asegura el refrán- y, a la hora de la verdad, en poco se diferencian, los que quieren vivir como ciudadanos del Reino, del estilo propio de aquéllos a quienes San Juan llamaba hijos de las tiniebla.

 

Por mucho que se quiera disimular, por muchas excusas y justificaciones que se busquen, si no se vive como Jesús, se está reduciendo el Evangelio a pura teoría; y cuando el Evangelio se queda en teoría, se queda en nada. Y las palabras de Jesús siguen ahí, vigentes y -tristemente- todavía novedosas: “vosotros nada de eso”. ¿Seguro que nosotros nada de eso? Habrá que pensar en serio y tomar más de una decisión.

 

¡Cielo santo, qué poco han cambiado las cosas desde que Jesús dijo esto! Y mirad que lo dijo clarito ¿Cómo se arregla tanto clero y tanto cristiano, para que aun entendiendo las palabras de Cristo, obrar de manera tan diferente? Pues a base de trucos. Inocentes trucos que no engañan a nadie.

 

Por ejemplo el truco de la identificación con el cargo, con el poder. Las expresiones “ocupar el cargo”, “tomar posesión”, que no significan propiedad sino servicio, pues las convierten en “adueñarse del cargo”, hacerlo suyo, estar por encima de los demás. Con lo que, automáticamente, se erigen en propietarios absolutos. De modo que todo lo que va en contra de ellos, es considerado ataque al cargo mismo, a la autoridad misma. Una forma vergonzosa de utilizar el poder para mandar e imponer y no para servir. ¡Y se quedan tan tranquilos! ¡Y se dicen representantes de Dios, pero no se les cae la cara de vergüenza!

 

“El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate de todos”. Las palabras de Jesús no pueden ser más claras y terminantes. Y sabemos muy bien que no hay en ellas ninguna metáfora, la más mínima retórica. Basta mirar a la cruz. ¿Pero puede hablar Cristo mas claro?

 

Si la hipocresía es el mejor homenaje que el vicio hace a la virtud, las indisimuladas ganas de poder disfrazado de servicio, son la mejor traición a Jesús. No, Jesús no tenía teorías. El Evangelio no es una teoría. Y cuando se queda en teoría, se queda en nada.

 

 

«Pero entre vosotros no debe suceder así.»

 

En la Iglesia, el ejercicio de la autoridad debe ser algo diametralmente distinto, incluso opuesto. Y así -nos dice Jesús-, el que quiera ser grande, que se haga servidor de los otros; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate de la multitud.

 

Para que no queden dudas acerca del sentido de su pensamiento, Jesús distingue entre «importante» y «primero». Importantes son todos los que sirven a otros; primero es el que sirve a todos. Por lo tanto, existe en la Iglesia solo una jerarquía: la jerarquía del servicio a los hermanos. ¡Bochorno me da el que no se quiera entender!

 

Quien esté a la cabeza de una comunidad, que sea el más humilde, el más dado a los demás, el más generoso, el más olvidado de sí mismo. Que se suprima hasta la apariencia de la autoridad impuesta, hasta los títulos honoríficos que puedan dar lugar a malentendidos. Que todos puedan tener acceso a sus pastores o «superiores», porque ellos son los servidores, no los que han de ser servidos…

 

¿Pero como queréis que la Iglesia sea verdadero reclamo para cambiar la vida de las personas a semejanza de Cristo, cuando los de dentro, empezando por la jerarquía, muchos adaptan el evangelio a sus egoísmos y no sus personas al evangelio?

 

 

¿QUIERO SER EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO?

 

¿El primero en exigir y el último en ofrecer?

¿El primero en soñar, y el último en trabajar?

¿El primero en aspirar, y el último en superarme?

¿El primero en dudar, y el último en creer?

¿El primero en ser servido, y el último en ayudar?

 

 

¿PRETENDO SER EL PRIMERO y EL ÚLTIMO?

 

¿El primero en cerrar la mano, y el último en abrirla?

¿El primero en anhelar grandezas, y el último en ser sencillo?

¿El primero en humillar, y el último en ser humillado?

¿El primero en mirar a otro lado, y el último en salir al paso?

 

 

Lo siento pero el evangelio dice lo que dice y, o se toma, o se deja, pero no se traiciona.

 

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