Ecos del Evangelio

19 septiembre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXV T.O. CICLO A 2020

Dios llama siempre…

 a todas horas.

 

¡Menos mal que Dios ni piensa como nosotros, ni es como nosotros nos lo figuramos! Gran parte de los cristianos quieren un Dios «justo»; que dé a cada uno lo «suyo»; que dé más a quien más produce y menos a quien rinde menos; que lleve minuciosamente la contabilidad de los méritos para pagarles por ello de modo proporcionado, equitativo… Y como hay muchos que piensan así de Dios, quien más quien menos, al leer la parábola de hoy, es fácil que se ponga de parte de quienes se quejan al final, al recibir por todo un día de trabajo, lo mismo que reciben quienes han trabajado una hora. ¡Es de pura lógica!, si han trabajado más, si han producido más, deben recibir más! Esa es la lógica de los que no tienen ni idea de como es Dios.

 

Los que piensan así, ¿No se dan cuenta que se han inventado a un «dios a su imagen», porque ese no es el Dios que nos revela Jesús? ¡Ni siquiera es el Dios que nos conviene hablando en términos contables! Apañados iríamos con un dios así, con un dios que sólo nos diera lo que merecemos y que nos exigiera rendimientos por todo cuanto nos da; un dios que castigara todas nuestras infidelidades con criterio de capataz de empresa. ¡Claro! que a lo mejor es el dios que les han inculcado ¡Qué pena!

 

NO, amigos, ESE, ¡No es el Dios de Jesús en el que creo! ¡No es el Dios con absoluta libertad de la parábola del evangelio! El Dios que nos presenta la parábola es el Dios generoso. No, Dios no condiciona sus dones a nuestros méritos. ¡No es el Dios que espera recibir para dar! El Dios de Cristo, es el Dios gratuito, que nos ama, no porque lo amamos nosotros, ni por lo que hacemos.

*El Dios de la parábola, es el Dios de los pobres, de los que nada tienen y nada pueden darle. Los llama no para que le proporcionen beneficios, sino porque NO pueden proporcionárselo. Los ama aun sabiendo que ellos NO son capaces en su extrema pobreza ni siquiera de amarle, no porque no quieran, sino porque nadie les ha enseñado a conocerle y a amarle.

 

*El Dios de la parábola, es el Dios de la recompensa gratuita; el Dios que no está obligado a darnos nada y que, sin embargo, nos lo entrega todo, hasta a su propio Hijo.

 

*El Dios de la parábola, es el Dios-Padre, el Dios-Amor que, precisamente porque ama, no ve injusto dar a los rendimientos distintos, retribuciones iguales, porque no atiende al rendimiento, sino a las personas en sí mismas, con sus necesidades y problemas. ¡Qué lejos está este Dios de lo que gran parte de cristianos piensan de Él!

 

 

Dios, porque ama sin condiciones e infinitamente, llama siempre, a todas horas. Y cuando nos llama, no es para pedirnos nuestra productividad, sino nuestra disponibilidad. Para mostrarnos el infinito amor que nos tiene y que nos regala, porque esa es la única manera de ir dignamente por la vida. Hay que tener la gran libertad de dar lo nuestro, no a quien se lo merezca, sino a aquél que, por no saber, no sabe ni mostrar agradecimiento.

 

Éste es el Dios que nos revela Jesús. Ésta es la cima hacia la que debemos caminar: «Ser perfectos como mi Padre celestial es perfecto».

 

¿O vas a tener envidia porque yo soy bueno? Aquí está la enseñanza de hoy. La parábola de los obreros en la viña nos recuerda a los creyentes algo de suma importancia. Con un corazón calculador, materialista, comercial y lleno de envidia, no se puede «entender, ni si quiera conocer», al Dios que anuncia Jesús.

 

Al hombre actual se le hace cada día más difícil encontrarse con Dios. Y, sin duda, son muchos y complejos, los factores sociológicos y culturales que explican tal dificultad. Pero no deberíamos olvidar que en ese eclipse de Dios que padece nuestra sociedad, han participado y en gran medida muchos cristianos, mediante una vida que ha ido detrás de sus propios intereses, preocupaciones y ambiciones y todo eso ha ido eclipsando la presencia de Dios entre nosotros».

 

¿Qué eco puede tener hoy, en esta sociedad, hablar de un Dios que es Amor gratuito? Hablar de amor incondicional es, para bastantes, hablar de algo retrógrado, ineficaz, algo inútil. Para muchos basta con organizar bien sus egoísmos según sus instintos. Y en su relación con los demás, sustituyen la palabra amor por solidaridad y así engañan, manipulan, lavan el cerebro y hasta roban la dignidad de las personas. Y gente así que son corruptos y que se las dan de cristianos de toda la vida, hasta pertenecen a instituciones católicas.¡Que vergüenza! No es extraño que Dios se haya eclipsado convirtiéndose para muchos en algo irreal, abstracto, sin conexión alguna con su vida real con el ejemplo de personas de esa calaña.

 

 

Digámoslo más claro: No es posible creer que existimos «desde un origen amoroso», ni descubrir a Dios en la raíz misma de la vida, cuando se ha «fabricando» una sociedad donde apenas se cree en el amor y cuando no pocos cristianos son antitestimonios, anti Cristos. En el fondo, la parábola nos dice que se puede ser un trabajador extraordinario de la viña, pero al mismo tiempo estar enfermo de «ojo malo». Hay muchos que están en la viña por la apariencia, por interés y expoliando por detrás el bolsillo, la mente y la dignidad de la gente.

 

Digamos la gran verdad. Es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia.

 

Por eso dejadme haceros varias preguntas en particular y con toda claridad.

 

¿Eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado?

¿Eres capaz de perdonar a Dios su injusticia, de no hacer justicia, sino de ser misericordioso?

¿Eres capaz de resistirte a la tentación de enseñar a Dios el… oficio de Dios?

 

 

El hermano obedientísimo de la parábola del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se reveló incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo calavera, que volvía a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y con mujerzuelas. Se sintió ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le pareció una injuria, una injusticia a su fidelidad. Pero en el fondo era por envidia. Si, la desgracia de muchos es la envidia. El ojo malo. La mezquindad. La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo, reflejo de un corazón miserable Pero quien tiene el ojo malo, y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo. Porque corre el peligro de echar a perder la eternidad.

 

Quien espere la vida eterna como justa recompensa a sus méritos, frente a la generosidad del amo, apañado va. Se pasará la eternidad contabilizando sus méritos, confrontándolos con los de los demás, corrigiendo las operaciones de Dios. Eso es la condenación.

 

La parábola de hoy y resumiendo, nos dice 4 cosas muy importantes

 

Primera.–Que el reino de los cielos no podemos exigirlo en términos de «justicia», sino en términos de «amor», de «gratuidad». ¿Qué méritos tengo yo para que se me regale todo un paraíso de felicidad? San Pablo decía: « ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías, etc…?»

 

Segundo.–La parábola nos recuerda las constantes invitaciones de Dios en las sucesivas etapas de la historia. Una historia de amor que a pesar de los rechazos el Señor no piensa dejar aparcada.

 

Tercero.–Dios no sólo llama a la Humanidad en general, sino a cada persona en particular, y en las diferentes etapas de la vida: al amanecer de la niñez, en la mañana de la adolescencia, en el mediodía de la juventud, en el otoño de la madurez.

 

Cuarto.–La parábola nos recuerda otra «constante» del evangelio. Y es: que los veteranos, los de la «primera hora», nunca deben envalentonarse porque piensen que tienen mas derecho. Al pueblo de Israel, que se sentía «privilegiado», Jesús le recordó más de una vez: «Vendrán de Oriente y Occidente muchos que se sentarán a la mesa, mientras los hijos serán echados fuera».

 

 

Si el trabajo en su viña no nos ayuda a crecer, no nos reporta la felicidad o la santidad, con toda honradez tendremos que retirarnos, no es para nosotros, porque el premio lo hemos de encontrar en el mismo trabajo. Y además, el modelo de religión que presenta Jesús está basado en el amor y la gratuidad y no en los méritos y la recompensa correspondiente.

 

Jesús no es un negocio entre Dios y los hombres, para ver qué es lo que Dios puede hacer por mí. Eso es paganismo. Se trata de ver, qué puede hacer Dios a través mío, no sintiéndome su esclavo o jornalero, sino su hijo.

 

 

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