Ecos del Evangelio

21 septiembre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XXV T.O. CICLO B 2018

 

Comprender a Cristo… estamos en camino

 

 

Este domingo, otra vez el evangelista Marcos vuelve a plantearnos uno de los problemas más candentes del Evangelio y de la historia de la Iglesia: la incomprensión del mensaje de Jesús y la distorsión de su imagen. Son muchos los que dicen seguir a Jesús, muchos los que se llaman cristianos, pero, ¿seguimos al auténtico Jesús, ese Jesús a quien los discípulos no comprendían y temían hacerle preguntas?

 

Comprender a Cristo… He aquí el problema de los cristianos. Para eso fueron escritos los evangelios después del anuncio oral de los apóstoles. Pero este problema no acabó con los evangelios escritos, y es posible que no acabe nunca. Cada comunidad, cada cultura, cada creyente trata de comprender a Jesús a su manera y de acuerdo con sus propios esquemas. De ahí que muchos se han fabricado su fe a su imagen y semejanza y no sobre la persona de Cristo.

 

A Cristo en el Nuevo Testamento se le llama «el Hijo del Hombre», el «Siervo de Yahvé» que sufre y muere por todo el pueblo; o «el Profeta»; o «el Maestro» que trae toda la palabra del Padre; o “el Emmanuel”, el Dios con nosotros; o «el Hijo de Dios»; o «el Señor»

 

Ciertamente que todos estos títulos reflejan un aspecto del misterio de Jesucristo, pero ¿Con el sólo empleo de estos títulos llegamos a comprender a Jesucristo? Pues no.

Hemos de volver a preguntarnos- lo siento- ¿Quién es Cristo para mí? ¿Qué consideramos lo esencial en Jesucristo? ¿Qué es esto fundamental que, a pesar de tanta diversidad cultural e histórica, debemos preservar, mantener y propulsar? ¿Cuál es la característica que hizo que aquel hombre, también llamado «hijo del carpintero», fuera considerado como el Salvador de los hombres y que hace que también hoy la Iglesia pueda presentarse en actitud salvadora?

 

Y el evangelista San Marcos reclama nuestra atención sobre un aspecto que considera esencial en Jesús: Él es aquel que se entrega en manos de los hombres para ofrecer su vida por los mismos hombres. Pero -dice San Marcos- que los discípulos no lo comprenden.

 

No se refiere a una pura comprensión intelectual como cuando el alumno le dice al maestro: «No comprendo tal cosa, explíquemela de nuevo. Marcos se refiere a una comprensión del corazón, a una aceptación en la vida de la forma cristiana de actuar. «No comprender a Jesús» es como decir: No aceptarlo, no hacerlo vida en la vida, no estar dispuestos a la renuncia que Él pide.

 

Por eso el cristianismo está de capa caída, y más que lo estará si muchos cristianos y sobre todo la jerarquía no espabilan. Seguimos a Cristo y hay que seguirlo desde el corazón. Hay que enamorarse de Él, y no estar pendientes de requisitos y estructuras que es lo que se nos trasmite

 

Así, pues, cuando Marcos nos dice que nos cuesta comprender a Jesús entregándose a la muerte por los hombres, alude a la resistencia interna a aceptar esa actitud de Jesús como algo esencial y perentorio en nuestra vida. Nuestro ego no comprende que haya que morir por los otros o que sea necesario buscar el camino de la humildad y del servicio fraterno. De ahí la discusión de hoy entre los apóstoles.

 

Mientras caminaban de regreso hacia Cafarnaúm, Jesús observó que sus discípulos discutían nerviosamente. Cuando les preguntó de qué se trataba, callaron avergonzados, pues su discusión versaba sobre quién era el más importante entre ellos. Era evidente que no habían comprendido nada al Jesús que da su vida por los hermanos.

 

Entonces el mismo Jesús se lo explicó con claridad meridiana: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» La expresión de Jesús es una nueva formulación del principio de la cruz: entregarse a la muerte es servir a todos como si fuéramos el último. Por lo tanto, hay algo esencial en Jesús y en sus discípulos: el servicio y loa entrega a la comunidad.

 

Se podrán hacer muchas elucubraciones teológicas sobre Jesús, discutir este o aquel título bíblico, pero hay un elemento sumamente concreto sin el cual no podemos “comprender” a Jesús. Y si Jesús es incomprensible sin esta actitud, de servicio y de entrega, también lo es el cristianismo y el cristiano en particular. Espero que quede claro

 

La ambición es una actitud que debiera estar desterrada de la religión. La vemos hasta aceptable en el campo político o militar, pero ¿cómo es posible pensar que una persona pretenda el dominio sobre los otros precisamente cuando se dice seguidor de Cristo? Sin embargo, no solamente vemos que dentro de las religiones se dan actitudes ambiciosas, sino que hay personas que usan la religión como forma de poder. Esto era lo que sucedía en los apóstoles: pretendían usar su proximidad con Jesús y su llamada al apostolado como una forma de primacía sobre el resto de los discípulos. Y lo que continúa pasando con gran parte de la jerarquía. Vergonzoso entonces y vergonzoso ahora.

 

En tiempos de Cristo, el sacerdocio introducía a sus miembros en la clase alta y gobernante y, de acuerdo con la concepción del mundo que se suponía gobernado por poderes sobrenaturales, que Dios o los dioses depositaban sobre ciertas personas, el ejercicio del poder religioso tenía gran incidencia sobre conciencias timoratas y crédulas. ¡Qué casualidad que eso se haya heredado al pie de la letra¡¡Para lo que les conviene si tienen memoria!

 

No y no: lo típicamente nuevo de Jesús, lo que debiera ser siempre la característica de los hombres encargados de la conducción de la Iglesia, es que el servicio del culto no da más honor, ni prestigio, ni poder, ni lucro, ni ninguna otra forma de ambición humana.

 

También los laicos que comparten con los sacerdotes la conducción de la comunidad deben estar alertas contra esta diabólica tentación. Estar al frente de un grupo apostólico o de cualquier tarea pastoral, no da privilegios ni honores.

 

El evangelio de hoy es una llamada de atención a todos los que nos cobijamos bajo la sombra del templo cristiano. No estamos inmunes contra las más bajas pasiones, desde la simple envidia hasta la muerte del otro; y existen muchas formas de apartar de nuestro camino al que nos molesta o supuestamente nos hace sombra o nos quita aquel honor que suponemos nos corresponde.

 

Hacerse «servidor de todos» es la exigencia evangélica por excelencia. Es el mandato más duro de todos los dados por el Señor. Es la cruz de la Iglesia y de cada cristiano.

 

Jesús no le pide a la Iglesia que dé algo a los pobres o que se preocupe por los humildes y necesitados. Eso también lo hacen ciertos magnates y potentados. Le pide, en cambio, que se ofrezca como una esclava al servicio de un amo; que no se reserve nada para sí. ¿Queda claro?

 

La Iglesia de Cristo, es la Iglesia servidora de los hombres; la que debe actuar callada y anónimamente; la que no aparenta ni hace alarde de sabiduría o de prestigio. Es la Iglesia que debe abrazar a los pequeños y los recibe en nombre de Jesús; la que sienta el gusto y la alegría de no tener más poder que el que otorga el amor sacrificado.

 

No se trata de señalar con el dedo a los ambiciosos que están en la Iglesia, aunque los haya y de sobras. Traicionaríamos a la Palabra de Dios si nos constituyéramos en jueces de los demás. La Iglesia -comunidad de Cristo- no sólo está presente en los de arriba. También lo está en cada hogar, en esa micro-iglesia, la Iglesia doméstica, en la que también cada uno, sobre todo los padres, debe hacerse servidor del otro.

 

La Iglesia está presente en el barrio, en la ciudad o pueblo, y la presencia de los cristianos debe ser un mostrar con signos muy palpables qué significa eso de servir a los hombres. El mismo Santiago nos pone sobre aviso diciendo que aun rezando nos puede envenenar el incentivo de la ambición: porque pedimos mal, con el único fin de satisfacer nuestras pasiones.

 

La ambición se puede filtrar en el culto, en una primera comunión o en un casamiento, en una predicación o en esa intención por la cual ponemos en oración a toda la comunidad. La ambición siembra en una parroquia la discordia, las querellas, las agrias disputas, las divisiones y el chismorreo.

 

Es bueno hacer un alto y dejar a un lado las estadísticas de bautismos y comuniones, cerrar los libros de actas de tantas reuniones fatuas, silenciar los triunfos obtenidos y quemar la lista de cosas importantes que hemos hecho durante el año… La sabiduría de Dios quiere actuar en nosotros de forma humilde y callada; busca la paz en silencio. Nos acicatea con este solo interrogante: ¿Qué necesita mi hermano? Hagamos un momento de silencio; analicemos las formas de nuestra ambición religiosa. Después, hagamos oración, la oración del servidor que dice: «Señor, que se cumpla esta tu palabra: que podamos ser los primeros en servir a nuestros hermanos.» Ojala que así sea, para nuestro bien y para el de la Iglesia.

 

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