Ecos del Evangelio

22 septiembre, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XXV T.O. CICLO C 2019

 

 

«No podéis servir a Dios y al dinero».

 

 

El dinero y las riquezas dividen a las familias, rompe las amistades y hace que el hombre traicione hasta lo más sagrado. Aquí y en cualquier lugar, hoy, y en tiempos de Amós.

 

Amós era un profeta que vivió ocho siglos antes de Jesús. Era una época de prosperidad económica y comercial, en la que la máxima «poderoso caballero es don dinero», estaba también a la orden del dia .Tanto, que Palestina se convirtió en una sociedad de consumo, que sólo pensaban en eso: negociar. Ni siquiera respetaban el shabat, el dia sagrado para alabar a Dios. Igual que ahora: tengo un compromiso, estoy muy atareado etc., etc.

 

Pero Amós no se callaba, denunciaba la incoherencia y la tropelía, no solo de la sociedad, sino la de muchos que se consideraban muy religiosos.

 

«Disminuís las medidas, aumentáis los precios, usáis balanzas con trampa, y compráis con dinero al pobre» ¡Que actual todo esto verdad y como hay que seguir denunciándolo!

 

¡Pero que errados que van muchos! No somos propietarios, ni dueños, sino administradores de lo mucho que Dios nos regala. El fraude, el engaño, la estafa, la manipulación de las conciencias, las apariencias, y hasta la compra de la libertad son la miserable actitud de no pocos dirigentes sociales y hasta eclesiásticos. ¿El resultado?….una degeneración de todo y en todo, que lleva a creer en una ausencia total de Dios y, por lo tanto, en un todo vale caiga quien caiga. Y que a nivel eclesiástico, han convertido a no pocas personas en auténticos robots. !Quien no lo quiera ver que no lo vea! ¡Pero es realmente desolador!

 

Amigos, es bueno, y hasta oxigenante, sentirse -como lo que somos- administradores de nuestra propia vida. Llegará un día en que el “Director” de esa gran sucursal que es la vida de todos los hombres hará una auditoria de todo lo que reseñamos e hicimos en la vida. Malo, fatal será, que los apuntes del libro de cuentas estén falseados o manipulados. Porque caerá como una losa aquella sentencia de Cristo:”No os conozco…”

 

Cierto día el Cardenal Weisman discutía con un inglés utilitarista sobre la existencia de Dios. A los argumentos del cardenal, respondía el inglés con mucha flema: “No lo veo, no veo a Dios”. Entonces, el Cardenal tuvo un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra “Dios”, y colocó sobre la palabra una moneda. –¿Qué ves? –le preguntó el cardenal al ingles. Una moneda –respondió. –¿Nada más? – insistió el Cardenal. Nada más, contestó el inglés. Entonces el Cardenal quitó la moneda, y preguntó: Y ahora, ¿qué ves? –Veo a Dios –respondió el inglés. ¿Y qué es lo que te impedía ver a Dios?” –le preguntó de nuevo el Cardenal. Y el inglés se quedo mutis, como un muerto.

 

La sociedad pone delante de nuestra retina mil telarañas que nos impiden ver que la grandeza del hombre está en el ser y no en el tener. Alguien dijo, con cierta razón, que el mundo actual convierte a muchos en una especie de pícaros manipuladores, muy diplomáticos y modositos, pero que en el fondo son unos avaros permanentes que juegan hasta con las conciencias de las personas. Lo más triste es que muchos se acostumbran a crecer y vivir así, y tan campantes (y entre ellos cristianos)

 

Pues, en eso estamos, amigos. A veintiocho siglos de Amós, a veinte siglos de Jesús, en eso estamos. El mundo sigue igual. Las palabras de Amós -«disminuís las medidas, aumentáis los precios»- parecen presidir, en grandes pancartas, la vida de no pocos. Se multiplican cada día los casos de corrupción, de especulación en los negocios, de falta de calidad en las mercancías, de trampas y adulteraciones en el alimento, de asombrosos narcotráficos, caiga quien caiga. Y no sólo en las altas esferas. Lo mismo a nivel de la calle. Ya el kilo no pesa mil gramos, ni el pollo sabe a pollo, y, al menor descuido, nos dan «gato por liebre». Es decir, Amós sigue siendo Amós, y la historia del «administrador infiel» no termina nunca.

 

Pero hay más todavía. Y es que hasta en las actitudes más sagradas, por ejemplo: en la entrega al deber, en la capacidad de sacrificio, en la profesionalidad, se va también «disminuyendo las medidas y subiendo los precios». ¡Cuanta gente no hace ya nada «gratis et amore»!. Y, cuando no hay más remedio que «hacer», lo hacen, sí, pero muchas veces, «para ir tirando, o de mala gana, porque se les ve el plumero»

 

La fe nos pone como modelo a Teresa de Lisieux, a Fray Martín de Porres, a Francisco de Asís, etc., porque encontraron a Dios en los servicios más humildes. Pero al hombre de hoy, abrumado por las modernas técnicas mastodónticas, estas cosas les parece «pérdidas de tiempo». ¡Así luce el pelo a esta sociedad que se dice desarrollada, pero no se en que!

 

El pensamiento de Jesús, también este domingo roza lo revolucionario y debemos sacar conclusiones para nuestra vida: y una conclusión muy clara que se desprende del evangelio es la siguiente: quienes hacen del dinero y el poder y la ambición y la manipulación el gran negocio para beneficio propio, aunque esto signifique el hambre, la miseria y manipular y engañar, al menos tengan la honradez de no llamarse cristianos por muy bautizados que estén.

 

El Evangelio de Lucas no se cansa de recalcar una y otra vez: que cuando las riquezas y la ambición de cualquier tipo, se interponen en nuestro camino y encontramos hasta normal actuar así, es literalmente imposible que nos interesemos por los supremos intereses de los hombres tal como los preconiza el Reino de Dios.

 

No se puede invocar a Dios como Padre de todos y vivir como espectador neutral de la desgracia ajena o apuntarse al sol que más calienta a costa de anular la dignidad de las personas. Para los cristianos, no hay sufrimiento alguno que nos pueda ser ajeno. No es cristiano poner la desgracia colectiva de la gente al servicio de ideologías y partidismos interesados, también eclesiásticos, y compatibilizar todo eso con la oración y la eucaristía. Y, sobre todo, es inadmisible ofrecer a los que sufren un «consuelo barato» hablándoles de la «ayuda de Dios en medio de la prueba», sin combatir con todos los medios a nuestro alcance, el sufrimiento que los hombres podemos evitar o suavizar.

 

Esta parábola tiene un fin: orientar nuestra riqueza hacia un interés supremo y eterno: Dios. Esta parábola tiene unos destinatarios: los que, domingo tras domingo, nos sentamos en los bancos de la iglesia para dar cuenta (ante el Dios del Sagrario o el Dios de la Cruz) de todos y cada uno de los movimientos económicos, sociales, afectivos, de pensamiento y de obra realizados durante la semana.

 

Comienza el curso: una nueva oportunidad para poner al día esa gran cuenta que todos abrimos en el día de nuestro bautismo. Releamos la página evangélica de hoy… y saquemos nuestras consecuencias. No será tan difícil hacerlo, si es que de verdad queremos hacerlo. La Palabra de Dios que escuchamos los domingos no es solo para oírla sino para ponerla en práctica. ¿Porque si no es así para que se celebra la Eucaristía?

 

“Sólo hay una manera de vivir como «hijo» de Dios, y es, vivir realmente como «hermano» de los demás.”O dicho de otra manera:”Si decimos seguir Cristo debemos vivir como Él”.Tan sencillo como eso. Porque si se es cristiano y no se está dispuesto a reorientar la vida según Cristo, ¿para que se es cristiano?

 

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