Ecos del Evangelio

29 septiembre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XXVI T.O. CICLO B 2018

Un tiempo propicio…

para examinar el corazón

 

 

La palabra de Dios de hoy, nos da una colleja sobre dos temas fundamentales que después de 20 siglos siguen presentes en la Iglesia y de que manera: el fanatismo y monopolio y por otro lado los celos.

 

 

En el ser humano está la tendencia de apropiarse de las cosas, de todo lo que produce riqueza, inclusive de las mismas personas y sociedades. Al lado del apetito de apropiarse de las personas y de las cosas, surgen el deseo de aparecer como absolutos y el afán de reconocimiento.

 

Para lograr la satisfacción de este bajo instinto se ha utilizado la fuerza, muchas veces acompañada de armas. Para fundamentarlo ideológicamente se ha echado mano de de la filosofía, de la política, de la religión o de lo que esté de moda.

 

 

Cuando en Occidente la religión era decisiva en la estructura de los estados, se utilizó para fundamentar la barbarie. Se decía que se debía someter a los infieles con el fin de salvarlos, porque fuera de la Iglesia no había salvación; y como según los fundamentos religiosos, sin el bautismo no se era hijo de Dios, entonces muchos no veían problema en matarlos. Hasta se jugaba a matar indios para probar el tiro al blanco.

 

Josué y San Juan, son versiones antiguas de un fenómeno que se dio y se sigue dando en muchos contextos. Con muchos nombres y muchos argumentos pero, en últimas, con un mismo trasfondo: un fundamentalismo fanático animado por anhelos de apropiación. Y eso por desgracias continúa.

 

En las comunidades cristianas no faltan quiénes quieren adueñarse del proyecto de Jesús y reclamar “derechos de autor” sobre algo que pertenece a toda la humanidad y a nadie en particular. El evangelio de hoy nos dice que fue Juan quien dijo: “Maestro, vimos a uno expulsando demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no es de nuestro grupo.”

 

Josué y San Juan están en la misma posición fundamentalista, exclusivista y fanática. Para Josué, Eldad y Medad no debían ser profetas porque no habían acudido al tabernáculo. Para Juan, el hombre que expulsaba demonios en el nombre de Jesús no debía hacerlo porque no era de su grupo.

 

Quienes son pues los verdaderos lideres o guías de una comunidad?

 

No son los que acaparan, sino los que saben delegar. No son los que temen perder el poder, sino los que saben reconocer que llega la hora de ser relevados. No son los que se ponen como el centro del pueblo, sino los que saben que son uno más dentro de la comunidad. No son los que se creen absolutamente necesarios e indispensables, sino los que, comprendiendo su limitación, dan lo mejor de sí para que la historia de salvación continúe.

 

Aquí los cristianos y más los católicos, tenemos que reconocer los errores en los que hemos caído debido a exclusivismos fanáticos. Aquellos tiempos penosos de las cruzadas, de la conquista, de la colonización y de la “santa” inquisición, justificadas ideológicamente con la religión. Hace unos años Juan Pablo II pidió perdón por todos esos pecados de la Iglesia. ¡Qué bueno! Reconocer que nos equivocamos muchas veces como institución. Que no somos infalibles.

 

Pero después del Concilio Vaticano II y del “me a culpa” de Juan Pablo II, se siguen viendo actitudes como las de Josué y de Juan, cuando se dice que la única Iglesia de Cristo es la nuestra y que las otras tienen tan sólo algunos elementos eclesiales, pero no son Iglesia. Que las demás religiones no tienen fe sino sólo algunas creencias, y que tienen participación de una verdad que es nuestra, de la única revelación válida, la nuestra, cuyos representantes auténticos somos nosotros.

 

Aunque tal vez con la buena intención de defender la fe y con un sentido de responsabilidad, seguimos viendo esas actitudes fanáticas cuando se persigue a los profetas que buscan la renovación teológica. Aún después del Concilio Vaticano II se sigue viendo esa separación tan marcada y exclusivista entre clérigos y laicos. Si, mucha llamada a la participación de los laicos, pero a la hora de la verdad….. La llamada Iglesia docente (que enseña) y la Iglesia discente (que aprende).

 

 

Y ni hablar de la participación de la mujer, en las grandes decisiones, mientras se siga pensando que darle participación es lavar los purificadores, vender la rifa y recoger la ofrenda, pero no se piensa en “permitirle” servir en el campo de la dirección, el magisterio, etc.

 

 

Nunca cambiará esto mientras sigamos viendo los ministerios en la Iglesia como poder y no como servicio. Nunca cambiará esto mientras sigamos creyéndonos poseedores de la verdad. Y sobre todo, mientras la jerarquía se crea en posesión de la verdad.

 

Este evangelio tiene que impulsarnos a dejar el miedo a perder el poder; a abandonar todo intento por adueñarnos del hermoso camino de Jesús. El Señor da su Espíritu a todo aquel que lo busca con sincero corazón. ¿Tan difícil es de entender?

 

Para Jesús, los nuestros son todos los que no están expresamente contra nosotros. Esto quiere decir que deberíamos alegrarnos cuando se trabaja desde otras instancias en favor del Reino de Dios, que es justicia y paz. Pero significa también que podemos y debemos sumar nuestros esfuerzos a los de todos los hombres de buena voluntad, aunque no compartan la misma fe o se expresen en lenguas o modos distintos.

 

La fe cristiana no puede ser un pretexto para el separatismo o la discriminación, sino fuerza de Dios para la unión de esfuerzos en favor de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad.

 

¡ Y ay los celos!

 

Es uno de los pecados más propios de los que se creen “los buenos”, “los practicantes”: pensar que tienen el monopolio del bien o de la verdad. Ya aparece esta actitud en la primera lectura, cuando Dios sorprende a Moisés comunicando su Espíritu también a los dos que no acudieron a la reunión oficial de los setenta consejeros o colaboradores que habían sido nombrados para el gobierno del pueblo.

 

Estos dos, ausentes en el acto constituyente, “se pusieron a profetizar”, o sea, actuaron con la autoridad de los demás como asesores y profetas. El joven Josué, el ayudante de Moisés, que luego sería su sucesor, se siente celoso: “Moisés, señor mío, prohíbeselo”. Pero Moisés muestra su corazón comprensivo y tolerante: para él sería el ideal que todos recibieran el espíritu del Señor.

 

Se ve claramente el paralelo entre esta escena y la que narra el evangelio. Aquí es Juan, el discípulo predilecto de Jesús, el que siente celos: “Maestro, uno echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”.

 

Pero Jesús muestra un corazón mucho más abierto y una visión más universal: “no se lo impidáis: el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

 

¿Por qué sentir celos de que otros “que no sean de los nuestros” hagan el bien y tengan éxito? Josué y Juan eran buenas personas, eran fieles a Moisés y a Jesús, y precisamente por eso se creían de alguna manera poseedores en exclusiva de su favor. Y recibieron la lección. Como nosotros también nos la tenemos que aplicar.

 

De cuando en cuando vamos al médico a hacernos un chequeo del corazón. Hoy podemos examinar el nuestro y ponerlo en sintonía con el de Jesús. La comparación con la actitud de Cristo nos puede decir si tenemos un corazón mezquino o abierto.

 

Si, tendemos a acaparar el bien o la verdad o controlar los carismas del Espíritu. Esto nos puede pasar a los sacerdotes y religiosos con relación a los laicos, o a los hombres con las mujeres, o a los mayores con los jóvenes, o a los católicos con los otros cristianos, o a los de una lengua o nación con los forasteros…

 

Deberíamos ser más tolerantes, más abiertos, y alegrarnos de que se haga el bien y de que prosperen las iniciativas buenas, aunque no se nos hayan ocurrido a nosotros. Aplaudir los éxitos de los demás, y reconocer que no siempre tenemos nosotros toda la razón.

 

Si hay algo que mucho clero y cristianos llevan arraigado en su interior es el espíritu que hoy representa Josué y Juan, el espíritu de la prohibición, del anatema, de la condenación, de la expulsión para todos aquéllos que, en último extremo no son de los “buenos”, de los “auténticos” simplemente porque no son como nosotros.

 

Frente a ellos las figuras espléndidas de Moisés y de Jesús aparecen dándonos una lección de categoría, de amplitud de miras, de auténtico espíritu de Dios. Pero esta lección, por desgracia, continua siendo olvidada y menospreciada y sigue mas actual que nunca, lo que demuestra ¡qué poco entendemos a Jesús!

 

¡Otro pelo nos luciría si, en vez de mirar lo que los demás hacen, hiciésemos un esfuerzo renovado y redoblado por vivir primero y después enseñar a los demás, aquellos caminos que conducen a la auténtica felicidad, al amor y a la alegría que produce el encuentro personal con Jesucristo!

 

 

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