Ecos del Evangelio

25 septiembre, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XXVI T. O. CICLO B 2021

 

La palabra de Dios es siempre una auténtica formación permanente. Unas veces exhorta, otra nos consuela, otra nos aconseja y nos pone en alerta, como en el día de hoy. Destaquemos hoy, sobre todo, esa actitud tremendamente funesta, que después de XX siglos sigue presente en la Iglesia y de que manera: los celos, como consecuencia de creer que tenemos el monopolio del evangelio.

 

Josué y el apóstol Juan, son versiones antiguas de ese fenómeno que se dio y se sigue dando. “Eldad y Medad están profetizando en el campamento” “Moisés, Señor mío, prohíbeselo”. “Maestro, vimos a uno expulsando demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no es de nuestro grupo”

 

Josué y Juan, están en la misma posición fundamentalista, exclusivista y fanática. Para Josué, Eldad y Medad no debían ser profetas porque no habían acudido al tabernáculo. Para Juan, el hombre que expulsaba demonios en el nombre de Jesús, no debía hacerlo porque no era de su grupo.

 

Es sonrojarte que después de tener 2000 años el evangelio entre nosotros, todavía se de y con frecuencia ese fenómeno. En las comunidades cristianas no faltan quiénes quieren adueñarse del proyecto de Jesús y reclamar “derechos de autor”, sobre algo que pertenece a toda la humanidad y a nadie en particular.

 

 

Por tanto…

 

No, a los que acaparan. Sí, a los que saben delegar.

No, a los que temen perder el poder, el prestigio y la relevancia. , a los que saben reconocer que todos pueden y deben aportar.

No, a los que se creen ombligo de la comunidad o de un grupo determinado. , a los que saben que son uno más, dentro de la comunidad o del grupo.

No, a los que se creen, que lo que ellos dicen, es poco menos que palabra de Dios. , a los que, comprendiendo su limitación, dan lo mejor de sí para que la historia de salvación continúe en la comunidad.

 

 

Los cristianos y más los católicos, tenemos que reconocer los errores en los que hemos caído debido a exclusivismos fanáticos e intolerancias. Aquellos tiempos penosos de las cruzadas, de la “santa” inquisición, justificadas ideológicamente con la religión. Hace años S. Juan Pablo II pidió perdón por todos esos pecados de la Iglesia. ¡Qué bueno! reconocer que nos equivocamos, que no somos infalibles.

 

Mientras sigamos viendo los ministerios en la Iglesia como poder y prestigio y no como servicio.

Mientras sigamos persiguiendo un cargo, en vez de cumplir el encargo que Dios nos encomienda.

Mientras sigamos creyéndonos poseedores de la verdad y no participes de la única Verdad, que es Cristo.

Mientras sigamos colocando a la jerarquía en primer lugar, y no a Cristo, que es el que tiene que estar.

Mientras sigamos pensando que las leyes, las normas y los requisitos son los que deben regir una comunidad y no el amor de Cristo.

Mientras no partamos de Cristo en vez de la institución y tengamos claro que la institución está al servicio de Cristo y no al revés. Esto no tendrá remedio.

 

 

La fe cristiana no puede ser un pretexto para el separatismo o la discriminación; para relucir o sobresalir; para excluir y apartar, sino para unir, para congregar, para reunir, para compartir, para fraternizar.

 

De cuando en cuando vamos al médico a hacernos un chequeo del corazón. Hoy podemos examinar el nuestro y ponerlo en sintonía con el de Jesús. La comparación con la actitud de Cristo, nos puede decir si tenemos un corazón mezquino o abierto. El acaparar el bien o la verdad, o controlar los carismas del Espíritu, eso nos puede pasar a los sacerdotes y religiosos con relación a los laicos; a los hombres con las mujeres; a los mayores con los jóvenes; a miembros de una parroquia con respecto a otros; o a los católicos con los otros cristianos; o a los de una lengua o nación con los forasteros…

 

Necesitamos ser más tolerantes, más abiertos, y alegrarnos de que se haga el bien y de que prosperen las iniciativas buenas, aunque no se nos hayan ocurrido a nosotros.
Necesitamos aplaudir los éxitos de los demás, y reconocer que no siempre tenemos nosotros toda la razón.

 

Si hay algo, que mucho clero y cristianos llevan arraigado en su interior, es el espíritu que hoy representa Josué y Juan: el espíritu de la prohibición, del anatema, de la condenación, de la expulsión para todos aquéllos que, en último extremo no son de los «buenos», de los «auténticos», simplemente porque no son o no piensan como nosotros.

Frente a ellos, las figuras espléndidas de Moisés y de Jesús, aparecen dándonos una lección de categoría, de amplitud de miras, de auténtico espíritu de Dios. Pero esta lección, por desgracia, continúa siendo olvidada y menospreciada. Y sigue más actual que nunca, la altivez, la soberbia y el sobresalir, de unos con respecto a otros. Lo que demuestra, ¡qué poco entendemos a Jesús, o que poco, queremos entenderle!

¡Otro pelo nos luciría si, en vez de mirar lo que los demás hacen, hiciésemos un esfuerzo renovado y redoblado por vivir primero la fe y después enseñar a los demás los caminos que el Evangelio nos muestra, y que conducen a la auténtica felicidad, al amor y a la alegría que produce el encuentro personal con Jesucristo!

Ayúdanos Señor:

 

  • A mirar con respeto las cosas que existen a mí alrededor, las iniciativas que, otras personas crean con esfuerzo y valor.
  • A descubrir que, todo lo que hago, es inspiración tuya a agradecer.
  • A valorar que, aquello que los demás promueven puede ser signo de tu presencia.
  • A mirar con amor, para poder a ir al fondo de lo más valioso de las personas.
  • A apreciar el trabajo que los demás también hacen por Ti.
  • A expulsar de nuestro interior, los espíritus inmundos que nos impiden vivir en paz con nosotros mismos.
  • A no apropiarnos de tu nombre en exclusiva.
  • A dejar que, otros, puedan descubrirte y entrar por la gran puerta de tu salvación.
  • A reconocer que, otros, también están en el camino del evangelio por sus obras y palabras.
  • A no sentirnos peores ni mejores que nadie.
  • A disfrutar de la amistad contigo.
  • A no poner etiquetas de “estos son buenos” o “estos son malos”.
  • A no encerrarnos en nuestro pequeño mundo.
  • A abrirnos sin miedo ni complejos, a los que puedan enseñarnos tu recto camino.
  • A valorar otras vertientes evangelizadoras que nos pueden parecer estériles.
  • A no considerar que, lo mío, sea lo único que vale y aquello que los demás realizan, es despreciable, simplemente porque lo digo yo, que soy el que mando por tener tal o cual cargo.

 

Buen programa, para ponerlo en práctica,
en el curso pastoral que estamos comenzando.
¡Que bueno sería!

 

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