Ecos del Evangelio

25 septiembre, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XXVI T.O. CICLO C 2019

El evangelio es justicia, misericordia y amor.

 

Una vez más,-y por algo será- la palabra de Dios nos pone de manifiesto a través de una parábola, lo que debería estar claro y no lo está, y es que creer en Dios tiene que tener consecuencias en las decisiones y actividades de la vida, por eso, de la misma manera que Amós gritaba con claridad a su pueblo: «Se acabó la orgía de los disolutos».Así la palabra de Jesús sobre Lázaro y el rico Epulón se convierte en una chispa que prende una inmensa hoguera en la que se tiene que echar toda fe basada solo en teoría y en pietismo, que deje de lado el compromiso.

 

Volvemos hoy al tema de la riqueza y cómo la palabra de Dios la critica duramente. La existencia de ricos y pobres, aunque es real y haya existido siempre, no es aceptable; no podemos acostumbrarnos a ella; es un pecado inadmisible. Dios no creó a los hombres desiguales. El evangelio no es un remedio de beneficencia, para dar una limosnita y tranquilizar la conciencia. El evangelio es justicia, misericordia y amor.

 

El evangélico nos presenta bien claro el contraste: uno no tiene nada porque el otro lo tiene todo. Jesús habla con la máxima dureza a los ricos porque sabe el peligro que corren. Porque quiere evitarles que vayan por un camino sin futuro. No se trata de reducir los bienes de los ricos para que los pobres sean menos pobres, lo que sería ya un paso importante. Sino luchar como Jesús por una fraternidad universal ¿No llamamos Padre a Dios? ¡Será porque todos hemos de ser iguales y hermanos! ¿O no?

 

El rico de la parábola vivía entre banquetes (Epulón viene del latín «epulabatur»= banquetear); todos los días se vestía de fiesta: la indumentaria exterior era de lana adornada de púrpura fenicia; la interior, de lino finísimo importado de Egipto. Vivía como si no existiera Dios. ¿Qué falta le hacia Dios, si lo tenia todo? No actuaba en contra de Dios ni tampoco oprimía al pobre. Pero era un hombre de corazón duro, indiferente al sufrimiento de los demás. Su pecado era de omisión: se olvidaba del pobre.

 

Pero eso parece que no tenía importancia y que sigue sin tenerla. ¿Se es consciente hoy del pecado de omisión? Es el típico pecado del cristianismo de mínimos. Hay pecados de omisión que son auténticos pecados mortales.
¡Cuantos ricos son ricos porque pisotean los derechos humanos! Aunque las dos cosas son robar, es mucho más grave robar en los negocios y desde el poder, que robar para comer, aunque sean estos últimos los que vayan a la cárcel. Pero ¿qué tendrán los de guante blanco y el dinero para hacer creer en tantas ocasiones que la injusticia y el robo son iguales a la honradez y a la ley?

 

El pobre Lázaro – que significa «Dios ayuda«- suspiraba siquiera por las migajas, pero nadie se las daba. Los perros le lamían las llagas, pero los invitados del rico -ricos también- lo ignoraban. Y llega la muerte que es la que da el sentido a la vida, y además no se puede comprar. Y llega la muerte que descubre y fija el verdadero sentido de cada uno. Y notemos una última diferencia: el rico es sepultado con pompa y fasto. El entierro del pobre ni se menciona. Al pobre «los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán», en tanto que al rico «lo enterraron». Lázaro es admitido en el banquete del reino. El rico es sepultado «en el infierno», sin pecados mortales conocidos.

 

La vida del rico ha terminado en un total fracaso, porque equivocó el sentido de la vida. ¿Para qué tanta ambición de dinero y de placer, tantas posesiones, fincas, acciones…, si perdió la vida verdadera? Murió harto de todo, pero en realidad no tenía nada.

 

La parábola no es una promesa a los pobres de un final feliz en el otro mundo, en compensación de lo mal que lo han pasado o lo pasan en este…

 

 

No es una invitación a la resignación de los pobres en beneficio del mantenimiento del tren de vida de los ricos. Porque no hay una idea más antievangelica que la «resignación», que ese dejar para el «más allá» la solución de las injusticias presentes. La fe -no lo olvidemos- es también principio de «indignación de denuncia», de lucha, y no de resignación.

 

Los hombres no tenemos la última palabra sobre la historia, la tiene Dios. Y eso es el juicio: la última palabra. La última palabra que no cambiará por influencias poderosas, que no será arbitraria y que se podrá intuir antes que se realice. El juicio de Dios no es más que la fidelidad de Dios a sí mismo y la fidelidad a la palabra que ha dado a los hombres.

 

 

Me da pena que mucha gente se afane por las cosas que pasan tan deprisa. Nada que tenga fin puede llenar los corazones, ni merece la pena. La vida actual sólo adquiere su pleno sentido si la contemplamos desde la eternidad, porque la historia no termina con el tiempo presente. Qué bueno sería que, de vez en cuando el cristianismo empezando por la jerarquía se hiciera una analítica: ¿En qué anda ocupada la jerarquía y no pocos de los que se dicen cristianos? ¿De lo eterno o de lo efímero? ¿De las personas o de sus joyas? ¿De los dolores de la humanidad o de los fuegos artificiales que estallan durante media hora? Sí, artificio, superficialidad, simple apariencia, en eso se basa la vida de no pocos, sin darse cuenta de tantas calamidades que se asoman en los portales y en las calles por donde atraviesa nuestra vida.

 

 

Hay que vivir dignamente sin someter a los demás a la indiferencia. No es ningún pecado anhelar el bienestar personal siempre y cuando no se margine de la mesa de la felicidad aquellos que tienen derecho, como hijos de Dios y ciudadanos, a sentarse en ella.

 

Amigos, la eternidad se prepara aquí y ahora. La suerte del hombre en el más allá no es más que la fijación definitiva de lo que vive o no vive hoy, la prolongación de lo que es o no es en la tierra.

 

Una frase de Abrahán es escalofriante y trágicamente actual: «Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso…» El abismo que separa a Abrahán y a Lázaro, del rico, es el mismo abismo que separa hoy en la tierra a los ricos de los pobres. Un abismo que, si en el más allá es imposible saltar, la experiencia nos dice lo difícil que es también de solucionar aquí, a pesar tantas declaraciones y planes humanitarios. Y es difícil porque en el fondo no existe conversión de corazón, es decir amor, sino todo lo contrario: egoísmo.

 

El mas allá nos lo jugamos en el mas acá. O dicho de otra manera: la auténtica religión no existe sin amor y sin desprendimiento de los propios bienes-materiales y espirituales- en beneficio de los demás. El amor y la fe deben concretarse en obras ahora y aquí. El apóstol Santiago, en su carta, es absolutamente demoledor: ¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil? .Veis que Dios acepta al hombre cuando tiene obras, no cuando tiene sólo fe. Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo, que no respira es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver.”¿Queréis mas claridad?.Y eso es Palabra de Dios, no mía.

 

¿Por qué no se explica con la Palabra de Dios en la mano lo que es la verdadera fe? ¿Qué intereses han influido en la Iglesia para que haya dejado tan de lado las palabras de Jesús, que tan claras las tenían y las testimoniaban los primeros cristianos?

 

Es difícil no sentir escalofrío al leer la conclusión de la parábola: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto». Quien no cree en la Palabra de Dios tampoco cambiará de actitud por un signo prodigioso. Es una clara advertencia para que se busque la salvación por caminos normales. A través de la obediencia a la Palabra de Dios y del testimonio de vida.

 

El cristianismo tiene y escucha cada domingo a Moisés y a los profetas y además tiene la presencia del Resucitado entre los muertos. ¿De verdad eso se traduce en algo en la vida cotidiana? Y no por miedo sino por amor. Jesús no busca asustarnos con un infierno futuro o consolarnos con un paraíso futuro, pretende mostrarnos cómo el cielo comienza allí donde se hace realidad el Evangelio, porque permite a un hombre encontrar al otro como propio hermano.

 

No se trata pues de buenos sentimientos sino de hechos. Hay que bajar hasta la puerta de nuestra casa, donde se puede encontrar algún Lázaro, y sentarlo a nuestra mesa. Y si no se empieza por ahí, lo demás es humo.

 

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