Ecos del Evangelio

29 septiembre, 2018 / Carmelitas
Domingo XXVI Tiempo Ordinario

 

Ojalá todo el pueblo fuera profeta.

 

En este domingo la lectura que más me llama atención es la primera, y sobre ella va la reflexión de esta semana, y comienzo por citar:

 

“El Señor descendió en la nube y le habló, tomó luego parte del Espíritu que poseía Moisés y se lo infundió a los setenta ancianos y cuando el Espíritu entró en ellos se pusieron a hablar como profetas, cosa que nunca volvió a repetirse”.

 

De esta manera quiero comenzar por invitar a que nos abramos al don de Espíritu Santo de Dios, son siete los dones, pero hoy el Señor nos habla del don de la Sabiduría. Ésta es representada por la voluntad de Dios de bajarse hasta al hombre para hacerse presente entre nosotros.

 

 

En verdad me quedo maravillada, cuando contemplo la voluntad de Dios actuando entre nosotros, pues es algo que nos sobrepasa y fascina. A lo largo de la historia, del pueblo de Israel, Dios ha ido marcando su presencia en el mensaje que revela. En esta lectura vimos como Dios se quiere relacionar con el hombre a través de Moisés e infunde su espíritu de Sabiduría en los setenta ancianos y por doquiera, siempre que sea medio para poner en acción el plan salvífico.

 

Curioso, noto algo muy importante, una llamada de atención. En dicho momento, Moisés se da cuenta que en el pueblo hay quien manifiesta celos hacia él, pues el espíritu que antes se había infundido en Moisés, ahora estaba disperso por el pueblo. La respuesta de Moisés es clara: “¿estás celoso por mí? Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y el Señor les infundiera su Espíritu.”

 

Esta respuesta de Moisés me habla y dice mucho: ningún don de Dios me ha sido confiado o regalado para beneficio propio y mucho menos para que yo me apropie de Él, todo y cualquier don de Dios, ha de ser siempre para la construcción de su Reino, es decir, ha de estar al servicio de todos…

 

 

Más tarde, es Jesús, que después de despojarse de su rango, sin hacer alarde de su categoría y haciendo-se en todo igual que nosotros, menos en el pecado, es el que encarna: la verdadera sabiduría de Dios, y completa ésta misma respuesta diciendo: “El que no está contra nosotros, está a nuestro favor”

 

“la ley del señor es perfecta…
el mandato del Señor es firme,
al sencillo lo hace sabio…
pero ¿Quién conoce sus propios errores?
Perdonadme los que ignoro”.

 

Infunde Señor, Tu espíritu en nuestros corazones, y serán rectos, pues sólo tú sabes pedir en mí, lo que de verdad me conviene de cara a tu plan salvífico. Por eso, “libra a tu siervo de la arrogancia, ¡que no me domine! Y entonces seré integro, inocente de un gran pecado.

 

Ven Espíritu Santo de Dios e ilumina mi capacidad de discernir, libra-me del pecado y ayúdame a no inducir a los demás en el error, camina siempre a nuestro lado. Da a tus siervos, un corazón nuevo, capaz de amar y de respetar a todos tal como son, pues tus juicios, Señor, son verdad y todos ellos son justos. Amen

 

Hna. Andreia Botao CSJ

 

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