Ecos del Evangelio

3 octubre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXVII T.O. CICLO A 2020 

Dios de los ejércitos,
ven a visitar tu viña…

 

 

Las parábolas de los últimos domingos nos querían mostrar la incredulidad del pueblo de Israel. Hace dos domingos, los llegados a la viña a última hora (los paganos) eran equiparados a los primeros (los israelitas).

 

El domingo pasado, el hijo que no quiso ir al trabajo, pero que luego recapacitó y fue, es alabado por encima del hijo «bueno» que al final no fue a trabajar. Hoy es la parábola de los viñadores infieles. Como podéis observar, cuando Jesús quería analizar las conductas humanas y su colaboración con la construcción del Reino, volvía siempre a la imagen de «la viña. La parábola de hoy es la traca final de la explicación de Cristo.

 

Hoy Cristo, no sólo denuncia la vagancia, el pasotismo o la picaresca que pueden surgir entre los trabajadores de la viña. Sino algo peor: «la avaricia que rompe el saco» y que lleva a la violencia y a creernos que somos «dueños», cuando sólo somos «administradores». Nos olvidamos de que hemos sido llamados por «pura gracia» y que, por lo tanto, «somos siervos », a los que, simplemente, se nos brinda la oportunidad de «hacer lo que tenemos que hacer». Porque por mucho que hagamos, nunca podremos pagar la infinidad de dones que Dios nos regala.

 

Sí; la parábola de hoy nos previene del gran peligro: «matar al mensajero» y utilizar la fuerza para alcanzar el fin «porque me llamo león». ¿Es posible esto? Increíble y demencialmente, es así. Leed, por favor, muy despacio, el «cantar de la viña», de Isaías de la primera lectura: «Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la limpió de piedras y plantó buenas cepas…». Leedlo, sí. Luego escribid con cuidado a continuación dos frases.

 

Una, de Jesús: « ¡Jerusalén, que matas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise cobijarte como una gallina a sus polluelos; y tú no has querido!»

 

Y la otra, de los dirigentes de Jerusalén, refiriéndose a Jesús: «Es necesario que uno muera por todos».Es la historia de amor de Dios hecha añicos por muchos de los que se dicen creyentes.

 

–¡Pero eso es una historia pasada!–me diréis. Pasada, presente y, mucho me temo que «futura».
Porque… se sigue «matando al mensajero», amigos.

O se mata su «mensaje», que es lo mismo.

O se silencia, que es lo mismo.

O se tergiversa y se apaña- que igual me da- a la conveniencia de no pocos mandamases y cristianos burgueses que es peor.

 

No hace falta ser licenciado, basta con abrir los ojos y tener sentido común y se observará como no pocas veces el evangelio queda en segundo plano y se pone en primer lugar: normas y requisitos y saludos a sus eminencias, etc. ¿Es que el evangelio no ha de ser siempre lo primero y esencial, la carta magna del cristiano, moleste a quien moleste?

 

No hay duda de muchos están simulando «predicar a Cristo, y éste crucificado», pero en realidad se estaban predicando a ellos mismos, al evangelio que se han inventado para seguir en el cargo, en la poltrona y en sus tinglados y por eso son tan minuciosos en las normas.

 

¿Qué diría Pablo, aquel Pablo que se cuestionaba a cada paso?: « ¡Ay de mí si no evangelizo!» o, ¿Qué diría aquel Jeremías que, angustiado entre dos extremos –o «abandonar al Dios que le seducía, sí, pero que le llevaba al sufrimiento», o «seguirle decididamente»–, al fin, se entregaba y decía: «Pero la Palabra era fuego ardiendo en mis entrañas, intentaba contenerla, y no podía» Sí ¿Qué nos dirían?

 

La parábola de hoy, dura y esclarecedora, está dirigida a los dirigentes religiosos, muy cumplidores, pero también a los cristianos, que dicen seguir a Cristo, y siguen instalados un año y otro, y dando largas y excusas para trabajar por y con Cristo. Pues atención, que el evangelio no es una distracción, ni admite juegos.

 

Y viene la sentencia de la parábola: La viña les será arrebatada a aquellos labradores malvados y corruptos para dársela a otros capaces de entender el mensaje del dueño y que dieran frutos abundantes y deseables. Aquellos jefes religiosos de Israel y sus adeptos, mataron efectivamente al Hijo. No podían soportarlo. Creyeron que así silenciarían para siempre aquella voz que les hacía sentirse profundamente incómodos, que les ponía delante de sus ojos la corrupción en la que vivían, y la dejación y la falsedad de muchos que les seguían.

 

Si conseguían callarlo podrían de nuevo vivir tranquilos, disfrutar de su privilegiada posición y continuar con sus adeptos en una fe falsa e hipócrita.

 

Pero se equivocaron. Resultó que aquella Voz quedó resonando en el ambiente y todavía no se ha callado. Y no se ha callado, no porque el hombre en general y no pocos cristianos y dirigentes religiosos no sigan esforzándose en silenciarla, porque les sigue molestando para sus planes particulares, sino porque gracias a Dios no faltan profetas, que denuncian los tinglados y la fe hueca y vacía de no pocos, y lo mas triste es que hasta presumen y se enorgullecen de ella. ¡Pues que continúen matando mensajeros, pero aquella VOZ maravillosa que a mi me sedujo y por la cual lo dejé todo, no la callará nadie, gracias a Dios!

 

Si, una de las mayores preocupaciones de nuestro mundo, continúa siendo matar al Hijo en sus mensajeros; borrar de la faz de la tierra la imagen de Dios. Y con esto que se consigue, ¿QUÉ SE COLOCA EN SU LUGAR?

 

En su lugar se coloca al hombre, como ser todopoderoso, capaz de producir la revolución técnica más espectacular que han conocido los siglos, una revolución que le lleva inexorablemente al progreso y a la satisfacción general, pero que le deja vacío.

 

En su lugar se colocan unos líderes que lo saben todo y tienen en sus manos fórmulas mágicas, pero para llevárselo crudo y tener al pueblo engañado y manipulado, aunque muchas veces con la aprobación de los que los votan que prefieren continuar con la venda en los ojos.

 

En su lugar se coloca el autoritarismo con las correspondientes normas y requisitos que asfixian, porque así se dice, se pueden hacer muchas cosas en favor de los hombres. ¡Risa me da!

 

En su lugar se coloca el dinero, ese dios cruel que exige devotos incondicionales y que los encuentra a montones, y ante cuyo altar se inmolan diariamente la justicia, la solidaridad y, no digamos, la caridad fraterna.

 

En su lugar se coloca el placer, entendido como un absoluto, al que hay que doblegarse con independencia de quién caiga y cómo caiga.

 

Si, se ha matado al Hijo y nos encontramos con un mundo «liberado», en el que miles de hombres y mujeres mueren de hambre; miles de niños no alcanzan la edad adulta porque otros miles de hombres que han nacido en países civilizados, se permiten el lujo de no abdicar ni un milímetro de sus privilegiadas posiciones. Y es natural que lo hagan, porque si ellos son sus propios dioses, no hay muchas razones válidas para que desciendan de su pedestal.

 

Si, se ha matado al Hijo y nos encontramos con miles de personas aniquiladas por la droga, una realidad escalofriante, porque detrás de la droga están millones y millones, manejados por gente que, como tienen dinero, tienen poder y pasan indiferentes por encima del dolor y la muerte de los demás.

 

Si, se ha matado al Hijo, y nos encontramos con corrupción de menores, con corrupción de los que deberían dar ejemplo, pero les importan un pepino los ciudadanos. Nos encontramos con mujeres explotadas, porque el placer no parece tener ya unos límites sensatos.

 

Si se ha matado al Hijo, y nos encontramos con el auge de las echadoras de cartas, los astrólogos y los magos, a los que acude la gente para ver cómo va a influir en ellos la conjunción de los astros. Lamentable herencia la que está recogiendo el mundo que se afana en matar al Hijo.

 

Mientras que se defienda y se viva un cristianismo tranquilo, cómodo, egoísta, individualista, clasista…se está traicionando el evangelio. La parábola sigue siendo actual, escandalosa, directa, acusadora. No tratemos de «aguarla ni suavizarla». Tengamos claro que Dios no se deja monopolizar ni secuestrar por nadie, ni siquiera por los responsables de su Iglesia, que se consideran sus representantes.

 

El mundo necesita más que nunca a Cristo. Pero, ¿encontrará entre los creyentes a esos otros cristos capaces de hacer al hombre más responsable, más libre, más maduro y más humano? Pues hay una manera inequívoca de conseguirlo, y es seguir el evangelio. Así de simple y así de sencillo.

 

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