Ecos del Evangelio

10 octubre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXVIII T.O. CICLO A 2020

«Todo está preparado para el festín, venid”

 

Son cada vez más los que entre nosotros se confiesan increyentes, pero las razones de su increencia no son tanto fruto de una decisión responsable, sino mas bien el resultado de una vida sin valores y privada de interioridad.

 

En la vida de muchos contemporáneos, faltan las condiciones mínimas para tomar una postura seria y responsable ante la fe o la increencia. Porque están engañados y manipulados, ciegos y sordos ante lo esencial.

 

Se vive un estilo de vida donde ni siquiera aparece la necesidad de dar un sentido último a la existencia. Y cuando uno vive buscando sólo un bienestar material cada vez mayor; interesado únicamente en «tener dinero» y «adquirir símbolos de prestigio» a costa de lo que sea; preocupado siempre por ser «algo y escalar mas alto», y no por ser «alguien», la persona no tiene capacidad para escuchar las llamadas más profundas que se esconden en su propio corazón. Se convierte en un autómata, en un infeliz. ¡Y por desgracia cuántas personas andan por ese camino sin rumbo, perdidas!

 

La parábola de Jesús vuelve a recordar a todos que en el fondo de la vida hay una invitación a buscar la libertad, la verdad y la plenitud por otros caminos (este es el banquete a que nos invita Dios). Y la mayor equivocación es desoír la llamada de Dios, con la excusa de que hay que atender a las «tierras y a los negocios» ¿Y cuándo nos llegue la hermana muerte? Pues se darán cuenta muchos, de que el único y más importante negocio, que es Dios, lo han dejado de lado.

 

Podemos seguir huyendo de nosotros mismos, perdiéndonos en mil formas de evasión, tratando de olvidarse de Dios, evitando cuidadosamente tomar en serio la vida, pero la invitación de Dios no cesa. En el fondo de muchas posturas de increencia, se esconde un miedo al cambio, que se tendría que producir en sus vidas si tomaran en serio a Dios. Sin duda, hay una gran verdad en aquella inolvidable invocación de San Juan de la Cruz: “Señor, Dios mío, tú no eres extraño a quien no se extraña contigo”.

 

¡Recoged a la gente de las plazas para llenar la sala de bodas! Dios no está dispuesto a cancelar su banquete. La parábola está hecha de provocación y escándalo. Dios no es una idea o una doctrina, haber cuando se enteran tantos sesudos que aun quedan en la religión. Para Jesús, Dios es una realidad de vida, de verdad y amor, y eso es lo que hay que trasmitir, por favor. Como los trovadores de la Edad Media que cantaban las hazañas de los caballeros, Jesús recorre la tierra de Israel para cantar la gesta de Dios. «El Reino de Dios es como lo que sucede en esta historia que os cuento…»

 

Dios es como un rey que ha preparado las bodas de su hijo y el rey ha mandado decir: «Todo está preparado para el festín, venid”

 

Aquellos a quienes se esperaba: las viejas amistades, los amigos y los parientes, han hecho oídos sordos a la invitación. Y Dios se encuentra solo con su comida… ¿Apagará las lámparas y suprimirá el banquete? De ninguna manera. Dios hace acudir a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los cojos.

 

Nadie estará excluido de la fiesta, la mesa en la casa de Dios, está puesta para todo el mundo.

Amigos el tal Rey era el mismo Rey de la Cruz, el Rey de los humildes, de los pobres y los sencillos. Quienes rechazaban a los pobres, humildes, sencillos y marginados no podían sino rechazar a un Rey que venía a ponerlo todo patas arriba. Desde entonces, los invitados a la mesa serán los Zaqueo, los Mateo, las María Magdalena, el ciego de Siloé y el paralítico de Cafarnaún, el samaritano curado y la adúltera perdonada.

 

 

La 1ª conclusión: el Reino de Dios es incomprensible, y por lo tanto inaceptable si no se lo mira desde la perspectiva de un amor profundo y total, al modo de dos esposos que deciden unirse en amor para siempre, o de dos amigos que se profesan amistad sin egoísmo. Quien pretenda entrar en el Reino sin dejar de lado sus intereses personales, apariencias, ambiciones y egoísmos, que no intente entrar al banquete, porque pierde el tiempo. El traje de fiesta que se requiere, es compartir con Dios y con los hermanos la misma mesa, es decir todo lo que se es y se tiene.

 

Hoy, Dios continúa recorriendo las plazas. Sigue invitándonos a las bodas de su Hijo, a la mesa pascual, a la Eucaristía ¿os parece poco?… ¡Más vale encontrar un excusa adecuada para no acudir!… No porque nos pueda castigar, sino porque si no acudimos estamos tirando nuestra vida por un precipicio. A Dios lo que le importa es que tengamos un corazón nuevo, un corazón de carne y de amor. Ese es el traje que nos exige. Nos llama al banquete de la Iglesia santa que su Hijo fundó, en la que cada uno acepte diariamente ser santificado de los pies a la cabeza por el amor de Cristo.

 

¡Pero qué pocos son, por desgracia, los que tienen tal conciencia de su pobreza y reconocen que necesitan la conversión!

 

Los que no entienden tanta alegría por parte de Dios, no entienden nada, no conocen el auténtico secreto del Evangelio. Como no lo comprendieron ni lo aceptaron, los primeros convidados de la parábola, los sumos senadores y sacerdotes de Israel, los fariseos que murmuraban porque Jesús se sentaba a beber y comer con los pecadores. Con los que no entienden que se trata de amor, de entrega, de perdón, de misericordia, lo que hay que hacer es compadecerlos, rezar por ellos y estar siempre dispuestos a tenderles la mano.

 

En la Eucaristía hacemos lo que Jesús nos ordenó que hiciéramos en su memoria, y en ella anticipamos la gloria que nos ha prometido. Por eso es una fiesta. ¿Entendéis ahora por que convertir la Eucaristía en una simple obligación es aguar su carácter festivo y desfigurar por completo su sentido?

 

Cuando la Eucaristía se entiende como una obligación que hay que cumplir sopena de pecado, entonces el cristianismo aparece como la momificación de la vida y no como la salvación de la vida.

 

Si la Eucaristía es sólo cumplir un precepto y no nos exige el cambio interior del vestido, es hora de preguntarse a que se viene a la Eucaristía. La Eucaristía no es importante porque lo manda la Iglesia, sino que lo manda la Iglesia porque es importante, muy importante, trascendental, aunque muchos se la salten alegremente.

 

Eso es lo que planteó Ignacio de Loyola a Francisco Javier: « ¿Qué te importa ganar todo el mundo si…?» Es decir, ¿cómo puedes rechazar «el gran banquete» por otras aventuras más o menos subordinadas? Si hemos sido llamados gratis y por amor, algo debemos hacer para que ese amor no quede en bellas palabras, y emociones puntuales que pronto se las lleva el viento.

 

Y la conclusión final, que parece que no se entiende o quizás se entiende demasiado: no es abaratando el cristianismo, ni con diplomacias y boatos, como contribuimos a su universalidad, así sólo lo prostituimos. El celo por extender el Evangelio debe llevarnos, no a la fácil componenda, sino al cambio profundo de la sociedad. Sin eso, el Evangelio no deja de ser papel mojado.

 

Hoy es como si Jesús nos dijera: « ¡Ojo con los espejismos! ¡Ojo con las engañosas visiones de la vida y de la fe que no pocos predicadores os dan! ¡Ojo con aquel que quiera encerraros en unos esquemas y trajes espirituales! Porque el evangelio es amor, vivido desde la libertad y la madurez y no desde el infantilismo y el miedo.

 

El único traje de fiesta que Cristo nos pide para poder entrar en el banquete, es amar sin condiciones. ¿Que es difícil? Dejémonos guiar por Cristo y veremos que de difícil nada.

 

¡Al final, es lo de siempre, se trata de tomarse en serio en el Evangelio, porque de lo contrario es perder el tiempo lastimosamente!

 

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