Ecos del Evangelio

8 octubre, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XXVIII T.O CICLO B 2021

 

Seguir a Jesucristo, es mucho más que vivir honestamente. Seguir a Jesucristo, es mucho más que cumplir una serie de normativas como hacemos con hacienda, que si no las cumples, te crujen y si las cumplimos ya respiramos tranquilos. Señor todo eso lo he cumplido”, le dice aquel joven. Pero su corazón no lo tenía en paz, aun siendo muy cumplidor. Por eso le pregunta a continuación, «que me falta Señor” Aclaremos pues que significa seguir a Cristo. Porque eso es lo que en el fondo quería saber aquel joven rico del evangelio. En ese “que me falta” está el quid de la cuestión.

 

 

Enseñanza del evangelio de hoy. Para seguir a Jesucristo es preciso liberarse de todo aquello que sea un obstáculo para sumergirse en el camino que propone Jesucristo. La propuesta que Cristo hace a sus seguidores, a cada uno de nosotros, es exigente, porque el camino del amor es exigente. Y la propuesta no es ninguna teoría, sino una llamada concreta para hacerla vida en nuestras vidas. La propuesta muestra muy claramente, dónde radica el obstáculo principal para seguirle: el estar apegado como una lapa al dinero, a los bienes y pertenencias, al conformismo, a la instalación, a la rutina, a las pertenencias y todo aquello que da seguridad.

 

 

Hay dos niveles entre los que quieren seguir a Cristo.

 

El primer nivel corresponde a los que se quedan en el cumplimiento de los mandamientos. Este cumplimiento es ya algo valioso, de manera que quien los siguen, es merecedor de que Jesús «se les quede mirando con cariño», como a aquel joven del evangelio.

Pero hay un segundo nivel, una propuesta nueva que Jesús hace a los que quieren ser verdaderos seguidores suyos. Los verdaderos cristianos, son aquellos que han descubierto de tal manera la fuerza, el tesoro inmenso que es el Reino de Dios, que son capaces de no anteponer nada a Cristo y a su mensaje. Esta segunda propuesta de Jesús es la que hace que quien la sigue sea un verdadero cristiano.

 

¡Para cumplir los mandamientos no hace falta hacerse cristiano! Fijaros que cuando después de la resurrección empieza la comunidad cristiana, se ve muy claramente que todos aquellos que se reúnen en nombre de Jesús, van mucho más allá del cumplimiento de los mandamientos. Aquella gente, narra los Hechos de los Apóstoles, tenían muy claro que representaban un nuevo estilo de ser en el mundo. Y por eso pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común, y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían. Eran conscientes de que tenían que ser en el mundo la imagen del Reino de Dios, el modelo de relacionarse con Dios y con el prójimo que Cristo vino a instaurar. Por eso tenían el estilo de vida que tenían.

 

El sentirse uno bueno, porque no roba ni mata, eso solo, no define al cristiano

 

El joven del Evangelio es lo que suele llamarse «un chico bueno». ¿Qué más se le puede pedir? Buenos modales, honrado, obediente, trabajador, pacífico, bien pensante y bien hablado… Más de un padre comentará: ¡un hijo así quisiera para mí! Pero ¿es eso un cristiano, un testigo de la vida eterna? Aún no se ha dado cuenta el cristianismo, que ser cumplidor no es suficiente para seguir a Cristo.

 

 

Jesús mira a aquel «chico bueno» con la mirada de amor que tiene para los pecadores: Judas, Pedro, Zaqueo, la adúltera…Sí, porque allí había un joven idólatra del dinero, necesitado de perdón y de luz. Personas necesitadas de que la luz del Evangelio de hoy les ilumine y los salve. Personas necesitadas del shock que supone el evangelio, para que despierten y abran los ojos a una realidad nueva.

 

Dios es para muchos, lo que era para el chico del evangelio: un objeto decorativo religioso, al cual acudía para que le diera el visto bueno y poder seguir instalado y tranquilo en su vida. Dios no era, ni es para la mayoría, el centro, el guía, el motor de sus vidas. Y la prueba es que, cuando Cristo le dice lo que le falta, se da media vuelta y se va, aunque triste, pero se va.

 

Aquel joven se fue pesaroso, triste, desengañado, pero por lo menos se enteró que para él, había algo más importante que Dios: sus bienes. Él que creía ser muy cumplidor, se encontró con Cristo, que le dijo con claridad lo que le faltaba para ser seguidor suyo. Si el Evangelio de hoy toca la conciencia de alguien porque se siente sacudido en sus cimientos cristianos, y le sirve para descubrir y repensar sobre que está edificando su vida, entonces, bendito sea Dios.

 

Aquel joven rico no era malo. Era bueno. Pero su corazón estaba ganado por las riquezas. Eso le pasó igualmente a aquel otro hacendado, que, después de una gran cosecha, se dijo: «Amigo, tienes bienes para muchos años; come, bebe y date buena vida». Eso mismo les pasó a aquellos tres invitados que rechazaron el convite del Señor, agarrándose a «unas yuntas de bueyes», una «finca» y una «esposa». Todos ellos pensaban que «sus riquezas» eran ya la dicha, la seguridad, el verdadero reino.

 

 

Después de 20 siglos se sigue confundiendo «las riquezas en minúsculas y mundanas» con «la Riqueza en mayúsculas y celestial, que ya podemos disfrutar en esta vida».

 

 

No es que un rico por el hecho de serlo, sea más malo que el pobre. Lo que pasa es que, el que se sabe rico, cree bastarse él solo. Y eso se llama orgullo.

 

Después, se prescinde de Dios, para confiar en sus riquezas. Y eso se llama idolatría.

 

Luego se olvida de los que «no son ricos». Y eso va contra «el amor.

 

Pero sumad y seguid, ya que la cosa no suele termina ahí: El que tiene cinco quiere tener diez, ya lo sabéis. Y eso se llama «avaricia».

 

Y el que nada en la abundancia, no se priva ya de nada. Y eso se llama lujuria, gula, pereza, etc., etc.

 

 

Por tanto y como conclusión:

Para alcanzar el Reino de Dios, no es cuestión de reunir una serie de requisitos, sino de ser exquisitos y transparentes en el trato con Jesús y, por lo tanto distanciarse y relativizar todo aquello que nos pueda restar fuerzas, coherencia e ilusión en el vivir como hijos de Dios.

 

Para alcanzar el Reino de Dios, no pensemos que funciona nuestra matemática y nuestro sistema de “oferta y demanda”. Los valores del Reino no se compran a golpe de talón bancario o de méritos. La posibilidad de disfrutar la eternidad, viene determinada por el buen uso que demos a nuestra riqueza; por el hacer partícipes de lo poco o mucho que tengamos, a los más pobres; por no llevar “doble contabilidad” entre lo que realizamos ante Dios y lo que escondemos ante los hermanos.

 

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Pidamos al Señor que, en nuestro seguimiento a su persona, lejos de enorgullecernos de lo que cumplimos bien y meticulosamente, nos interroguemos sobre aquellos aspectos que debiéramos de mejorar para ser totalmente suyos. ¿Lo intentamos? A lo mejor nos llevamos una sorpresa como se la llevó el joven rico, si confrontamos nuestra vida con el evangelio. O a lo mejor, no nos atrevemos a hacerle la pregunta a Cristo, porque ya sabemos la respuesta.

 

 

Termino, esta reflexión, con una frase de Santa Teresa de Jesús que resume muy bien todo lo dicho: «Juntos andemos Señor. Por donde fuisteis, tengo que ir. Por donde pasaste, tengo que pasar».

 

¿Es así en nosotros, o será así, a partir del evangelio de hoy? Ojalá que así sea.

 

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