Ecos del Evangelio

11 octubre, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XXVIII T.O. CICLO C 2019

 

 

 

Curioso que detrás de los dos milagros de la Palabra de Dios de hoy, se encuentren dos «extranjeros» un sirio y un samaritano. Ninguno de los dos pertenecía al pueblo elegido. Ninguno estaba al parecer en las mejores condiciones para encontrase con Dios. Sin embargo los dos, el sirio y el samaritano, supieron ver más allá de su curación física y se dieron cuenta de que habían descubierto a Dios, por eso mismo le dan gracias. Saquemos pues algunas lecciones:

 

1ª- Lección.

Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado, ni mucho menos. Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera conocerlo. Así que mucho ojito con conformarse únicamente con ser muy religioso, porque lo importante es ser creyente.

 

Fijaros que en el caso del evangelio, nueve de aquellos diez leprosos creían que Dios les debía el favor de curarles. Por eso son incapaces de volver agradecidos. Uno sólo, el extranjero -el samaritano, el rechazado de los judíos, el de inferior categoría, el indeseable-, es capaz de descubrir que el Señor ha obrado en él, le ha salvado. Y obra en consecuencia: vuelve a darle gracias.

 

2ª- Lección

Volver a Jesús y darle las gracias no es un simple gesto de buena educación. Volver agradecido a Jesús es reconocer que nuestra vida, en su totalidad, ha dado un giro porque en ella se ha producido un encuentro con Jesús y ese encuentro siempre transforma radicalmente a la persona. Quien ha reconocido a Jesús como el Señor, como el Salvador, ya no puede construir su vida sin contar con Él. Más aún: no puede construir su vida sin darle a Él el papel principal, el papel protagonista.

 

3ª- Lección.

Pero está claro que, para ser capaces de volver agradecidos a Jesús, hace falta reconocer, en primer lugar, que Él no nos debe nada, que su acción para con nosotros es totalmente gratuita. Sólo quien es capaz de descubrir este amor generoso y gratuito de Dios, puede volver a Él agradecido, puede convertirse en discípulo suyo, puede posponerlo todo para seguirle. Vivir la experiencia del leproso -o del pecador, o del angustiado, o del falto de esperanza, o del pobre…: vivir la experiencia de nuestro ser incompleto, deficiente y necesitado de plenitud- es entrar por el camino de la salvación.

 

Todos tenemos algo de leprosos…

 

-La lepra de la apatía. Los que viven alejados de todo optimismo. Que han arrojado la toalla porque el mundo les resulta duro de asumir y áspero para vivir en él.

 

-La lepra de la desilusión. Y vuelvo a repetir lo de tantas veces, y recordando los evangelios de estas semanas precedentes, ¿por qué teniendo tanto, el hombre vive en permanente ansiedad?

 

-La lepra de la incredulidad. Hombres y mujeres, amigos o desconocidos (incluso dentro de nuestras propias familias) que viven al margen de la fe, de la iglesia y que…tan sólo se acuerdan de que Jesús existe en momentos puntuales como el bautizo, la comunión, la confirmación, el matrimonio o la defunción.

 

 

Reconocernos tal cual somos, saber que necesitamos de un salvador y descubrirlo en Jesús, es vivir la experiencia más profunda y autentica humana ,que pueda tener el hombre. Por supuesto que el hombre está en su deber de «luchar por sus derechos». Los derechos del hombre son sagrados. Pero al mismo tiempo convendría reconocer que esos universales derechos del hombre arrancan de una gran «gratuidad». Dios nos creó gratuitamente: porque quiso. Y los dones con que nos adornó al crearnos, y por supuesto al redimirnos, son eso: dones, regalos.

 

Cuando se olvida este planteamiento inicial, es cuando borramos de nuestro comportamiento humano ese gesto tan bello de «dar gracias». Y ya lo sabéis: «es cosa de bien nacidos ser agradecidos». Y claro, si no pensamos que «Dios nos ha salvado», ¿cómo vamos a rezar de corazón esa oración del prefacio de la Misa: «En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar».

 

El Señor curó a diez leprosos. Eran por tanto, «diez agraciados», de los cuales sólo uno volvió para «dar gracias». Y parece que Jesús acusó el golpe: «¿No eran diez los curados?». Quevedo escribió: «Pocas veces, quien recibe lo que no merece, agradece lo que recibe»¡Y que verdad que es!

 

Y ésa es la pregunta de hoy: ¿Uno solo, de cada diez, entre los hombres, es el que suele reconocer que mil veces le ha sonreído la lotería en su propia vida encontrándose con Cristo? San Pablo decía sin titubeos: «Todo lo que tienes, lo has recibido. ¿Por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» Y añadía a cada paso: «Todo cuanto hagáis, que sea una acción de gracias, de palabra y de obra, por medio de Jesús, al Padre».

 

4ª-Lección. No hay peor cosa que el ir por la vida pensando que «a todo tenemos derecho». Primero, porque no es verdad. «Dios te creó sin ti», decía Agustín de Hipona. La Creación, la conservación, la Redención, la santificación, otorgadas por Dios al hombre, son obras gratuitas nacidas del puro amor.

 

Pero segundo: si creemos que tenemos derecho a todo, esperaremos que todo se nos dé «hecho y a nuestro gusto. Pues no. El mismo Agustín añade: «Dios no te salvará sin ti». Dios cuenta siempre, como «conditio sine qua non», con nuestra colaboración. Recordad a Pablo: «Hemos de poner lo que falta a la Pasión de Jesucristo».

 

Gilbert Chesterton decía con ironía amarga: una vez al año, agradecemos a los Reyes Magos los regalos que nos encontramos en los zapatos que hemos puesto en el balcón. Pero nos olvidamos de dar las gracias a Aquél que todas las mañanas nos da dos pies para meterlos en los zapatos.

 

Se cuenta que un alma recién llegada al cielo se encontró con San Pedro. San Pedro llevó al alma aun recorrido por el cielo. Ambos caminaron paso a paso por unos grandes talleres llenos con Ángeles. San Pedro se detuvo frente a la primera sección y dijo: «Esta es la sección de recibo. Aquí están todas las peticiones realizadas a Dios que mediante las oraciones recibidas.» El alma miró la sección y estaba llena de ángeles muy ocupados, clasificando peticiones escritas en voluminosas hojas de papel, de personas de todo el mundo. El alma y S. Pedro siguieron caminando hasta que llegaron a la siguiente sección y San Pedro le dijo: «Esta es la sección de empaque y entrega. Aquí, las gracias y bendiciones que la gente pide, son envueltas y enviadas a las personas que las solicitaron.» El alma vio lo muy ocupada estaba aquella sección. Había tantos ángeles trabajando en ella como tantas bendiciones estaban siendo enviadas a la tierra.

 

 

Finalmente, el alma y S. Pedro se detuvieron en la última sección, la más alejada y pequeña. Para la sorpresa del alma, sólo un ángel permanecía en ella ocioso haciendo muy poca cosa. «Esta es la sección del agradecimiento» dijo San Pedro al alma. «¿Cómo es que hay tan poco trabajo aquí?» Preguntó el alma. «Esto es lo peor.» Contestó San Pedro. «Después que las personas reciben las bendiciones y gracias que pidieron, muy pocas envían su agradecimiento.» «¿Cómo puede uno agradecer las bendiciones de Dios, le preguntó el alma?» «Es muy simple», contestó San Pedro, «Solo tienes que decir: «Gracias Señor»

 

Haber si queda claro pues: cristiano no es solo, ni mucho menos, el que pide gracias, o recibe gracias, sino el que da gracias. Por eso, la Eucaristía, que representa el acto más sublime del culto cristiano, significa, literalmente, «acción de gracias” ¿Es así para nosotros?

 

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