Ecos del Evangelio

25 octubre, 2017 / Carmelitas
DOMINGO XXX T.O. CICLO A 2017

La convivencia se ha complicado hasta el infinito y a todos los niveles. Son demasiados los problemas que hay que resolver, demasiadas las demandas y reivindicaciones que hay que atender, demasiadas las cosas que hay que hacer a la vez… Por eso, sin renunciar a lo demás, hay que establecer un orden de prioridades: ¿qué es lo más importante, lo más urgente, lo principal?

Curiosamente, en tiempos de Jesús, los judíos andaban también muy angustiados por la cuestión de las prioridades entre centenares de prescripciones y centenares de prohibiciones derivadas de la interpretación de los diez mandamientos. Los entendidos discutían, la gente sencilla se sentía confusa, como nosotros ante tantas normas y requisitos sociales e incluso eclesiásticos. Se imponía entonces una cuestión: ¿qué es lo principal? Y de la calle y de las reuniones de entendidos, la cuestión se la plantearon a Jesús: Maestro ¿cuál es el mandamiento principal?. Y Jesús les contesta con un mandamiento pero con dos caras iguales.

-Primero: amar a Dios.

Jesús responde sabiamente. Responde primero a lo que le preguntan, de acuerdo con la formulación de la Ley y con el sentir común. El primer mandamiento es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”. Fijaros que no dice que sea el principal o que sea lo principal, sino que es el primero. Así constaba en la Ley de Moisés.

El amor a Dios es lo primero. En este sentido, dentro del contexto de la fe, no hay duda, ni cambio posible. Tampoco nosotros encontraríamos una respuesta más correcta. Pero la cuestión se complica cuando de la teoría, lo que dice la Ley, bajamos a la práctica, lo que tenemos que hacer según la Ley.

 Pero ¿cómo amar a Dios? Si obras son amores y no buenas razones, ¿cómo demostrar, qué obras hay que hacer para expresar el amor a Dios? ¿Las obras del culto? Pero Jesús, en repetidas ocasiones, antepuso el amor al prójimo a las acciones cultuales de su tiempo; pensemos en la parábola del buen samaritano o en las discusiones sobre guardar el sábado. Por otra parte, ¿de qué Dios se trata? ¿Del Dios al que nadie ha visto ni puede ver, o de ese diosecillo que no es más que el resultado de nuestros prejuicios o el ídolo de nuestros intereses?

-Segundo: amar al prójimo.

La respuesta de Jesús era sabia, porque no sólo respondió de modo desconcertante a lo que le preguntaban, sino que respondió a la vez a los que  no se atrevían a preguntar: El segundo es semejante al primero. Nadie, salvo Jesús, se hubiera atrevido a fundir en uno los dos preceptos de la Ley.

– Desde Cristo en adelante, nadie puede arrogarse que ama a Dios, si no ama al prójimo. “El que no ama al prójimo, a quien ve, dice san Juan, no ama a Dios, a quien no ve”. Ahora ya no se puede poner a Dios como pretexto para desentenderse del prójimo. Jesús ha resuelto definitivamente la dicotomía Dios y el hombre. Porque Jesús es Dios hecho hombre. Por eso el amor a Dios y al prójimo no son más que las dos caras de una misma moneda

Que el ser humano anda mendigando amor, no es cosa nueva. Poseemos muchas cosas pero muchas veces echamos en falta una mano amiga, un corazón en comunión con el nuestro, unos ojos que nos regalen una mirada, unos oídos abiertos a nuestros problemas.

¿Qué ocurre? ¿Por qué el hombre va  deambulando de puerta en puerta, en busca de la felicidad, y no encuentra un poco de sosiego y de paz para sí mismo? Porque se ha olvidado de Dios. Y la respuesta es Dios.

El amor, gratuito y limpio, ha sido dejado de lado. Confundimos amor sin límites, con amistad fraguada de intereses; amor gratuito con placer al instante; amor que busca la felicidad del otro, con egoísmo personal.

¿Dónde encontrar el equilibrio? Las lecturas de hoy nos dan algunas pistas:

*Abandonar los ídolos que nos hacen postrarnos ante ellos y que son causa de nuestra confusión y de nuestro relativismo. El ídolo del “todo vale” que nos hace pensar que, cualquier fin, justifica los medios para alcanzar un estado de felicidad.

*Servir a Dios añorando la vuelta de Jesús y, por lo tanto, siendo prolongación de las palabras, hechos y actitudes de Jesús: amar como Él amó (sin distinción ni fronteras) y buscando siempre la armonía entre el amor a Dios y el amor al prójimo.

La cuestión está en preguntarnos si amamos a los demás como Dios manda, como el evangelio exige….o los amamos a nuestro modo y capricho? ¿Es un amor a la carta el que ofrecemos a los demás, o un amor cristiano y sacrificado el que brindamos?

Al escuchar el evangelio de este día recuerdo una anécdota fruto de una tertulia. “Para mí el evangelio es no hacer mal a nadie”, me comentaban. A lo que apostillé ¿Y qué es no hacer mal a nadie? ¿Pasar de largo? ¿Cerrar los ojos, y “ojos que no ven corazón que no siente”? ¿Dejar que ciertas situaciones de pecado y de injusticia sigan igual y no atreverse a intervenir para no importunar a nadie?

Hoy es el Señor quien nos pregunta ¿Qué mandamiento es el principal de la Ley?

¿Qué respondemos? ¿Que lo esencial es hacer el bien y nada más? ¿Que con rezar y acordarnos de Él es suficiente? ¿Que con estar bautizados o invertir media hora en una celebración ya le damos gloria? ¿Desde cuándo, el amor a Dios o al prójimo, lo damos con cuentagotas? ¿Acaso, Dios, que se rebajó tanto por nosotros no merece mucho más que eso? ¿Acaso los prójimos que nos rodean, que son como nosotros imagen y semejanza de Dios, no valen nuestro cariño por eso precisamente?

No nos podemos instalar, como cristianos, en el puro altruismo (para eso no hace falta estar bautizado). El descubrimiento del amor de Dios nos lleva necesariamente a descubrirnos y multiplicarnos en detalles hacia los demás.

Es bueno recordar que la diferencia entre el amor humano y divino. El amor humano, frecuentemente, cuando surgen dificultades o falta de respuestas, pronto se cansa o se agota. El amor divino, es diferente: siempre se abre, no conoce límite ni intereses, no se brinda respondiendo a colores ideológicos. El amor celeste, porque viene de Dios, es motor y fuerza del amor cristiano.

 

Si Dios nos quiere, tal y cómo somos, ¿por qué no vamos a querer nosotros a los demás tal y cual son? No busquemos a quién amar. Simplemente amemos a aquellos que estén junto a nosotros. Para ello tendremos que abandonar, como dice San Pablo, viejos ídolos, prejuicios, imágenes y un sinfín de condicionantes que nos impiden querer….como Dios nos espera de nuestro corazón cristiano.

¿CUÁL ES MI PRINCIPAL MANDAMIENTO, JESÚS?

¿Amar, aun a riesgo de perder o  no ser amado,  o buscar amar  para saciar mi egoísmo personal?

¿Amar, respetando y queriendo lo del otro o, por el contrario, buscar un amor a la carta con contraprestaciones y con diversos colores de placer?

¿CUÁL ES MI PRINCIPAL MANDAMIENTO, JESÚS?

Tengo, tanto miedo, de que mi amor no sea  como el tuyo, Señor.

De no amar a Dios como tu, Cristo lo amas.

De no servirle como tu Cristo, lo hiciste.

De no buscarle por los caminos por lo que tu Señor me invitas a seguirte.

Digo amar a Dios….y  muchas veces me amo a mi mismo.

Digo entregarme a Dios…y me busco a mí mismo.

Digo soñar con Dios….y pienso en mi propio paraíso

¿CUAL ES MI PRINCIPAL MANDAMIENTO, JESÚS?

Ayúdame, Señor, a descubrirlo.

A que, el único y trascendente, sea brindar a Dios  mi existencia y mi adoración, mis ilusiones y mis esperanzas, mi compromiso y mis anhelos de fraternidad.

Ayúdame, Señor, a que tus mandamientos sean los míos.

Que no sean sólo ley, sino convencimiento.

Que no sean letra impresa, sino corazón abierto.

Que te amé no por obligación y sí por necesidad de Ti.

EN DEFINITIVA:

El amor a Dios empuja a darse al hermano .Y en el hermano, es donde puedo también alcanzar el amor divino que sale a mi encuentro.

Esperemos que quede claro, porque después de veinte siglos ya es hora de que mucho clero y muchos cristianos dejen de marear la perdiz.

 

 

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