Ecos del Evangelio

24 octubre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXX T.O. CICLO A 2020

Un mensaje viejo y siempre nuevo:

El amor.

 

El evangelio que acabamos de escuchar, puede decirse que lo conocemos desde pequeños, de cuando aprendíamos a coro los mandamientos en el catecismo: «Estos diez mandamientos se encierran en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo».

 

Pero Jesús, nos habla del verdadero amor . De ese amor que Él vivió y que le llevó a la muerte. Porque la vida y la muerte de Jesús, tuvieron un objetivo principal: enseñarnos a amar. Porque sólo el amor de Cristo, que es el verdadero, nos aparta de nuestros planes, de nuestras costumbres, de nuestra comodidad, y nos conduce a la entrega de nosotros mismos. Porque sólo ese amor, nos hace estar presentes en el sufrimiento de los hombres, nuestros hermanos, dejando de lado nuestra agenda.

 

Saber amar CON Jesús y COMO Jesús, es nuestra vocación y el precepto fundamental del reino de Dios. Y todo lo demás es secundario. Decidme, pues ¿Qué sentido pueden tener una fe de palabras, unas prácticas religiosas como rutina sin repercusión en la vida…; unas devociones que se ciñen aun fecha determinada y que no contribuyen a arrancarnos de nuestro egoísmo y comodidad etc.?

 

Los fariseos y los saduceos ya habían sido puestos en su lugar por Jesús, con sus respuestas sobre el pago del tributo al César y la resurrección de los muertos. Ahora les toca a los letrados. Y la pregunta del letrado es similar a la que todos, en un momento u otro de nuestra existencia, nos debemos hacer: ¿Qué es, realmente, lo más importante en la vida?

 

Conocer el mandamiento máximo, compendio de todos los demás, era particularmente importante en el judaísmo, que contaba en los tiempos de Jesús con seiscientos trece mandamientos, derivados de la ley mosaica. Era difícil orientarse en aquel barullo de disposiciones insignificantes, mezcladas con normas importantes.

 

Después de veinte siglos de existencia, también los cristianos nos hemos atiborrado de leyes y prescripciones que nos impiden descubrir lo único que importa: el amor a Dios y al prójimo. Debemos revisar muchos de nuestros conceptos, porque con demasiada facilidad hemos divinizado prácticas e instituciones, en vez de ir a lo esencial: Cristo y su Evangelio.

 

El letrado fariseo pregunta a Jesús, ¿Cuál de los seiscientos trece preceptos de la ley es el más importante y unificador de todos los demás? Jesús enuncia dos mandamientos, cuando en realidad le han preguntado por uno.: amor a Dios (Dt 6,4-5) y al prójimo (Lv 19,18).

 

Hace más de dos mil años de este enunciado y hemos arrinconado el sentido de este mandamiento. Hemos perdido el significado, o no queremos recordar, lo que conlleva este doble pero único mandamiento. Nos preocupan más esa fe de fachada y rutinaria; el ayuno y la abstinencia; recibir unos sacramentos para el reportaje correspondiente; la emotividad de unos días entorno a una devoción y después hasta otro año. Todo eso es más fácil, que el examinarnos cómo cumplimos el precepto irrenunciable del amor. Colamos el mosquito y nos tragamos el camello. Hemos sido instruidos con un método que pone más interés en lo periférico que en lo profundo. Las formas, lo externo, nos dejan tranquilos. Estamos pendientes del aparentar.

 

¿Amamos a Dios porque creemos que no hay otro fuera de Él? ¿De verdad? ¿Ni el dinero ni el poder ni el placer ni nada de este mundo son dioses para nosotros? ¿Amamos al prójimo como a nosotros mismos, de la manera y forma que nos amamos a nosotros?

 

Pues atención, a la advertencia seria, para no llamarnos a engaños: «Quien diga que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso…» (1Jn 04, 20). No se puede pedir con más claridad: es imposible cumplir el primero sin el segundo. La comprobación de nuestro amor a Dios consiste en el amor al prójimo.

 

«Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas». Todos los demás preceptos son válidos en cuanto son expresión del amor a Dios en los demás. Si se suprimen estos dos mandamientos, todo se viene abajo. El Dios cristiano no quiere un culto intimista, quiere ser amado en el hombre. Y todo el culto, los ritos y las devociones o surgen de un amor así, o son falsos, apariencia, fachada, humo.

 

Si Dios nos quiere, tal y cómo somos, ¿Por qué no queremos nosotros a los demás tal y cual son? No busquemos a quién amar. Simplemente amemos aquello que esté junto a nosotros. Para ello tendremos que abandonar, como dice San Pablo, viejos ídolos, prejuicios, imágenes y un sinfín de condicionantes que nos impiden querer….como Dios nos espera de nuestro corazón cristiano.

 

Se puede decir aun mas claro: El que no haya descubierto esto no puede llamarse creyente cristiano. Quizá esté cerca de otra religión, pero no del cristianismo, porque el cristianismo es amor. La realización del amor de Dios en el amor al prójimo constituye el verdadero núcleo de la revolución de Jesús. Un amor que hay que vivirlo en las exigencias concretas del momento histórico.

 

La oración, el culto, la contemplación… -necesarias-, tienen valor cuando expresan y alimentan un amor auténtico; esto es, un servicio real al hombre. Es que amar a Dios y sólo a Él de una manera intimista, es engañarse con ilusiones falsas. Claro un amor así, no crea problemas: no molesta, no habla, no reprocha, no discute nuestras opiniones, ni se opone a nuestros planes…

 

Pero ahí tenemos la respuesta de Cristo: sólo se le ama a Él, cuando uno se pone al servicio incondicional del prójimo. Sí, ya lo se que no es fácil, pero esa es la máxima del cristianismo y creo que ya va siendo hora de tomarlo o dejarlo.

 

Si Cristo hubiese sido sólo un hombre religioso en el sentido que no pocos lo entienden: adorar a Dios y sentir lastima de los demás, no habría suscitado ninguna oposición. Lo que agitó los espíritus de aquellos muy cumplidores. Lo que no soportaban, es su afirmación de que había que destruir el templo, terminar con el culto hipócrita y vacío, abandonar la ley, y poner el amor en primer lugar, porque el verdadero templo de Dios es el hombre. El verdadero culto es el servicio a los hombres. La verdadera ley ordena que nos amemos los unos a los otros, y el primer mandamiento tiene que cumplirse en el segundo.

 

Pero o casualidad, el cristianismo creyó poner enseguida a Dios en su sitio, en el primer lugar, edificando templos, reinventando cultos, poniéndose apasionadamente al servicio de Dios y de su ley, como el sacerdote y el levita de la parábola, pero, que casualidad, ¡dejando desdeñosamente al hombre herido en la cuneta!

 

Pues hay que darle la vuelta al calcetín, nos guste o no. Y así, no hagáis trabajo alguno por el Reino de Dios, por «obligación», sino por amor. No deis limosna por «tranquilizar la conciencia», sino por amor. Hay que superar eso de ir a misa «porque está mandado», hay que ir por necesidad, por amor. No os privéis de tal acción «porque es pecado y el pecado es causa de condenación», sino porque el pecado no cabe dentro de las reglas del amor. etc. 

 

Por ahí, por ahí van los tiros. Por eso, hay que proveerse de grandes dosis de ese néctar maravilloso que es el evangelio y Cristo.
Con él, hay que rociarlo todo.

 

 

En el fondo de todo, el amor, eso es todo.

 

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