Ecos del Evangelio

24 octubre, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XXX T.O. CICLO C 2019

 

Es momento de… volver a comenzar desde abajo.

 

 

Continuamos hoy con el tema de la oración. Si la semana pasada se nos recordaba la importancia de la oración, esta semana a través de la conocida parábola del fariseo y el publicano, el Señor nos quiere hacer ver que oración es auténtica y cual es falsa. La fuerza de la parábola radica en la contraposición de dos actitudes religiosas que se daban en su tiempo y que se continúan dando. Pues bien, Jesús deja bien claro cual de las dos es la actitud correcta no solo ante Dios, sino ante los hombres.

 

El fariseo se presenta ante Dios muy seguro de sí mismo, colocando delante a modo de escudo o defensa, el cúmulo de sus buenas obras, de sus limosnas, ayunos y oraciones. Por eso da gracias a Dios: porque no es como las demás personas; porque se distingue por su supuesta santidad; porque ha conseguido en vida lo que otros no llegan ni a vislumbrar. Dios está por supuesto a su lado, porque él es fuerte, sabe controlarse, domina sus pasiones y no tiene nada que reprocharse.

 

Ni siquiera podemos decir que el fariseo NO fuera sincero. Él está convencido de lo que dice. Se siente santo y de ahí su orgullo. Era, por ejemplo, el orgullo de los judíos ante los paganos a quienes santamente despreciaban. La suya es una santidad que da distinción y categoría. Es la santidad de los que ya no tienen nada que aprender, de los que lograron la máscara perfecta, esa máscara con la que caminan por la calle pensando en Dios pero mirando al prójimo por encima del hombro y poniéndolo verde; máscara propia de gente reprimida e inmadura que oculta los sentimientos detrás de una religiosidad que sacrifica al hombre en función de las formas y de las estructuras.

 

Es que el fariseo es una persona convencida de lo que hace, tan convencida que jamás podrá cambiar, simplemente porque según él no tiene nada que cambiar. Se considera santo, por tanto, que no se le hable de conversión ni de cambio interior. Eso es para los pecadores. Él está más allá. Él es de Dios y sólo escucha lo que Dios le diga. Y como normalmente Dios no le dice nada, porque su Dios es un dios de barro, fabricado a imagen y semejanza suya, el círculo de la trampa queda perfectamente cerrado.

 

La parábola de hoy esconde, ciertamente, una paradoja. Los fariseos del tiempo de Jesús eran con toda seguridad hombres piadosos y fieles cumplidores de todo lo mandado por la ley de Dios. Lo que aquel fariseo decía en su oración era cierto: él no robaba, ni cometía adulterio, ni hacía injusticia a nadie. Al contrario: ayunaba dos veces por semana y daba el diezmo de sus bienes para el culto y para los pobres… ¿Por qué, entonces, Jesús los atacó y los llamó «hipócritas»?

 

Pues porque su religiosidad no alimentaba más que el orgullo de sentirse una casta privilegiada. Si el fariseo pudiera descubrir que en su actitud había pecado, pienso que haría lo imposible por arrancar de sí ese pecado; pero entonces dejaría de ser fariseo… Por eso Jesús acertó cuando los llamó «ciegos que guían a otros ciegos». Porque no veían que en nombre de esa santidad formalista herían a los demás, que lo que necesitaban era ayuda y no reproches. Porque la santidad que decía tener el fariseo lo llevaba a despreciar al publicano, a odiar al pagano, a envidiar al profeta Jesús que gustaba del contacto con el pueblo ignorante.

 

Pero aún hay más: la santidad farisea termina por destruir a la persona, transformándola en un robot religioso, en una máquina fría de cumplir órdenes y preceptos. Esa santidad mata la espontaneidad de la vida, el sentimiento, los impulsos,… para ofrecerle a Dios un cuerpo muerto, un montón de huesos estériles y anónimos.

 

Cuando hacemos esta descripción, de ninguna manera me refiero solo al fariseo del tiempo de Jesús. El fariseísmo es una forma de vivir lo religioso que responde a un esquema de vida que no ha muerto. No importa que esa religión farisaica deshumanice a la persona; no importa que le exija el gran sacrificio de su libertad, de su espontaneidad y de sus sentimientos; no importa, con tal de tenerlo todo controlado, aun a costa de la dignidad y los derechos de los demás y de seguir aparentando lo que no se es.

 

La oración del fariseo estará presente en nuestros templos hasta que no comprendamos que la persona vale más que el sábado y que la ley; que las formas religiosas no son el objetivo del hombre sino solamente un medio para que el hombre pueda asumir su vida con libertad y creatividad.

 

La santidad del fariseo es una santidad institucional, es el traje con que muchos aceptan vestirse, es la acomodación de la conducta a los esquemas preestablecidos. Pero no va más allá del traje. La persona farisea no cambia, no progresa, no crece, no mejora. Porque el vestido tiene más importancia que su corazón. Porque necesitan estar siempre muy bien vestidos y cubiertos con el manto de una justicia que no sale de ellos sino que se les impone desde fuera. Sus cuerpos sostienen la máscara religiosa, pero ellos como tales no son creyentes porque se relacionan con un dios que se han fabricado a su medida.

 

El otro personaje de la parábola es el publicano, que aprovecha su puesto oficial al servicio de Roma para enriquecerse con la extorsión de los pobres. No es un hombre que acostumbre a rezar mucho ni poco. Sabe lo que quiere y no se preocupa por lo demás.

 

Pero el día que decidió ir al templo para hacer su oración, comprendió que aquello tenía que significar un comienzo de vida nueva y un cambio radical. Descubrió su pequeñez, su pequeñez de hombre y, sinceramente arrepentido, pidió al Señor que le perdonara su pecado.

 

Cuando el fariseo y el publicano se retiraron del templo, el fariseo salió tal como había llegado; sólo reforzó su máscara. El publicano-, dice Jesús- salió justificado, porque se había colocado ante Dios tal como era y desde ese yo pequeño y pecador arrancó su humilde oración. Ciertamente que Jesús no justifica ni aprueba la conducta de los publicanos de su época ni de los de ahora, pero nos enseña que no puede haber auténtica oración, si ésta no procede de la humanidad del hombre, de su pobreza y de su pequeñez.
Mirad, estamos en un momento crucial del cristianismo y para ser cristiano hoy día hay que volver a comenzar desde abajo , y eso significa no tener miedo de hacernos las preguntas mas simples y elementales de nuestra vida, pero para que sean respondidas por nosotros mismos y desde la sinceridad de corazón.

 

 

Preguntas tan simples como éstas:

¿Quién soy?

¿Para qué vivo?

¿Qué representa para mí Jesucristo?

¿Asumo el Evangelio como forma de vida?

¿Qué me supone declararme cristiano? Y otras por el estilo…

 

 

Que es después de lo dicho lo que tenemos que tener claro, pues… 5 cosas….

 

1-Empezar por confiar en el amor de Dios, que todo lo puede y todo lo supera, (incluso nuestros errores más garrafales).

 

2-Reconocer desde la humildad sincera y honrada nuestra pequeñez, nuestra impotencia, nuestra nada, que sólo queda llena, precisamente, por ese amor de Dios.

 

3- Aceptar que por muy religioso que sea puede ser que no sea creyente.

 

4-Caer en la cuenta de que nuestra principal obligación es hacer todo el bien que podamos a los demás, ser reflejo del amor que Dios nos tiene, y que estamos completamente en manos de Dios.

 

5-Tener siempre muy presente que nuestra salvación (algo que a tantos les preocupa) no es obra ganada por méritos, a base de cumplimientos, sino don generoso del amor de Dios, de su misericordia infinita.

 

 

Grabemos a fuego en nuestro corazón estas cinco conclusiones y os aseguro que desaparecerá de nosotros cualquier atisbo de fariseísmo.

 

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