Ecos del Evangelio

7 noviembre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXXII T.O. CICLO A

Estamos a punto de clausurar el año litúrgico, y la palabra de Dios nos invita a mirar no sólo hacia la conclusión de la historia y el retorno de Cristo, sino también -y no nos confundamos ni nos excusemos- hacia la venida constante de Cristo a nuestras vidas. Es por eso que tenemos que preguntarnos, que actitud tenemos ante Cristo, que constantemente llama a la puerta de nuestro corazón. Y por tanto, no solo se trata de mirar al momento de la muerte.

 

En la sociedad en que vivimos solo se espera hoy día aquello que se puede conseguir inmediatamente. ¿Nos damos cuenta de que eso es enterrarse en la desesperanza? ¡Qué equivocados que vamos! Nunca como ahora se tiene tanto, y nunca como ahora vemos lo fugaz y provisional de lo que tenemos.

 

Precisamente hoy, cuando nos acucia el deseo de una vida segura, experimentamos con mayor brutalidad la inseguridad de la vida. Para prueba, la situación que vivimos.

 

Montamos los más refinados procedimientos de vigilancia con el fin de no dejarnos sorprender. Se vigila la tasa de crecimiento de la población, los índices de producción, el grado de contaminación, el alza de los precios, los fraudes de los productos. Se controlan los medios de comunicación, se potencian las organizaciones de seguridad. Y pensamos que lo tenemos todo bajo control. ¡Que equivocados que vamos!

 

¿Porque llegamos a estos grados de equivocación garrafales?. Porque la sensatez brilla por su ausencia. Porque la sensatez sin esperanza es la sepultura ya en vida. Porque la sensatez sin esperanza nos sepulta en el miedo, en el pánico. Y el miedo no es buen consejero. Es verdad que el miedo guarda la viña. Pero el problema es si vale la pena guardar una viña que no pocos han convertido en erial (desierto), que es en lo que se están quedando muchas personas y comunidades.

 

«Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas», dijeron las mujeres necias a las prudentes. Las sensatas se negaron, y muy bien hecho. No es cuestión de lucir con el aceite del otro, sino que cada uno ha de brillar con luz propia que procede del evangelio y no con una retahíla de normas inútiles y de adoctrinamientos impuestos por parte de los mandatarios, que solo sirven para crear modelitos vacíos de amor, pero eso si ,contentos con cuatro palabritas pietistas.

 

Las mujeres necias son el prototipo de los que sólo saben figurar y salir en la foto mientras otros hacen el trabajo. Son los que llevan siempre las manos muy juntitas para parecer muy devotos y se olvidan que hay que tenerlas abiertas para acoger y dar la mano a mucha gente que lo necesita. Es decir, los que son pura apariencia, pura fachada y son auténticos antitestimonios que tanto daño hacen.

 

Hay personas que en el terreno de la fe no tienen ninguna responsabilidad, ni la quieren. Están esperando a que todo se lo den hecho convertido en fórmulas y en leyes. En lugar de andar preocupados por tener un criterio personal, por acumular su propio depósito, están siempre pendientes de lo que piensan los demás. Así, cambian de ideas, de conducta y de manera de pensar cuando la situación lo requiere, se adaptan a lo que les echen. Son los que tienen una chaqueta para cada ocasión. Pero la cabeza y la coherencia de vacaciones, no la necesitan.

 

«Dadnos de vuestro aceite». No, el aceite nos lo ha dado Dios a cada uno. El evangelio de hoy nos sugiere, entre otras cosas, que cada uno debe responder ante Dios con su propia vida, no con las prestaciones de la vida de los demás. No se trata de que luzca nuestra lámpara con el aceite de otro. Esto de vivir la fe a costa de los demás infundiendo miedos o cambiando de chaqueta según convenga. Eso es un atraco espiritual.

 

En la fe no se trata de que otros nos dejen sus méritos, como quien alquila un frac para ir a una ceremonia; ni de que seamos salvados con ritos, en los que no esté comprometida la realidad de la persona; ni de tener un carné que nos asegure un descuento en el billete para el encuentro con el Señor. La vida-ni la de fe tampoco- no se improvisa según convenga. La persona de fe tiene su trayectoria y la calidad de la vida dependiendo de su elaboración, de su compromiso, del camino realizado.

 

La «imagen de Dios» que tenemos que ir esculpiendo en nosotros para llegar a ser verdaderos creyentes, no es una simple caricatura. Sé, que constantemente asalta la tentación de fabricarse un Dios a nuestra imagen y semejanza y relacionarse con Él a través de una serie de maquillajes. Pero Dios aborrece las vidas farisaicas, blanqueadas y empolvadas con caras de comediantes.

 

La imagen de Dios, normalmente, se va consiguiendo con los rasgos que la vida va dejando a golpe de años, de experiencia, de sentimientos, de gozos y fatigas. Improvisar la «imagen de Dios» supone exponerse a quedarse como niños de fe y a que, cuando llamemos a la puerta para entrar, se nos diga: «os lo aseguro, no os conozco».

 

«Velar», en cambio, es preocuparse por tener la «alcuza» llena. No vela el que intenta aprovisionarse de aceite de prisa y corriendo, porque le está pillando el toro y las voces del esposo suenan cerca. En lugar de preocuparse tanto por morir bien, habría que afanarse primero por vivir según el evangelio, que es el mejor modo de prepararse a una muerte que sea vencida por la vida. Por eso, los pretenden tener una vida prestada, son unos ocupas de la fe. La vida no se compra. Y si no se vive la fe, o se quiere vivir solo a base de normas y requisitos, y celebraciones express, no se hace otra cosa sino demostrar que se está muerto.

 

¿Creéis vosotros que Jesucristo actuó sensatamente? ¿Creéis que su actuación en el mundo no fue una necedad? Si alguno de vuestros hijos, o algún conocido, empezara a meterse en los líos en que Jesús se metió, ¿qué le diríais?: «¿Pero qué haces? ¡Tú estás loco! ¿No ves que vas a terminar mal?» Y es verdad: Jesús terminó mal, terminó colgado en una cruz. Pero es verdad también, que si hubiera asentido y aceptado el egoísmo, la falsedad, la apariencia, la mentira de no pocos, entre ellos personas de Iglesia, ahora no estaríamos aquí reunidos celebrando la Eucaristía como memoria suya, como memoria de aquella locura suya…y como anticipo de nuestra resurrección.

 

¡MENOS MAL QUE LA INSENSATEZ DE JESÚS ERA DISTINTA DE LA DE LOS HOMBRES!

 

El mensaje es claro y urgente: Es una farsa seguir escuchando el Evangelio, sin esforzarse para convertirlo en vida, porque eso es construir un cristianismo sobre arena. No se puede seguir creyendo que la sola norma nos salva. Cristo no salva con decretos, sino con amor Y es una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y sin la verdad por bandera, sólo basada en requisitos y vestiditos y trajes muy monos: eso es esperar a Jesús con las «lámparas apagadas».

 

No, no me doy por vencido, y sigo soñando que un día la gran mayoría de los cristianos tengan un golpe de lucidez y se decidan a tomarse en serio lo que significa ser cristiano, porque nos va la vida, la definitiva, la eterna. No, no me doy por vencido y sigo soñando también, que la gran parte del clero se decida a predicar a Cristo que para eso los ordenaron y no para granjearse un cargo.

 

Quizás penséis, que también actúo insensatamente con esta manera de pensar, en el mundo que estamos. Pero tengo claro, que a mi me llamó Cristo para seguirle, y para eso, tengo que tomarme en serio el evangelio.

 

Y eso significa, anunciar el evangelio y denunciar lo que no lo es.

Y en eso estoy.

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies