Ecos del Evangelio

11 noviembre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XXXII T.O CICLO B 2018

 

El valor de lo pequeño

 

El ejemplo de las dos viudas que nos narra hoy la palabra de Dios, avergonzaron entonces y avergüenzan hoy día a gente que se dice creyente, pero que solo lo es de palabra.

 

La pobre viuda del evangelio -por ejemplo- avergüenza a la gente de largas retahílas y de palabras brillantes, de gesticulaciones constantes y de apariencias. Y es que Jesús la pone como ejemplo porque quiere enseñarnos que con las ideas de grandeza, apariencia, vanagloria y simple pietismo no se va a ningún sitio. Mejor dicho, con esas actitudes, se pierde el tiempo y la alegría de seguir de verdad a Cristo.

 

Cristo, juzga por lo que hay en el corazón del ser humano, y por lo que ese corazón traduce en obras de amor, no por la lista de ritos, normas, honores y supuestos méritos en que se esfuerza una persona para ser muy piadoso porque piensa que con solo eso ya tiene la salvación ganada .Pues se equivoca de cabo a rabo.

 

La escena del evangelio no tiene desperdicio: Jesús, sentado enfrente del cepillo del templo observa: se acerca una viuda pobre a hacer su ofrenda, y de ahí les da una enseñanza a sus discípulos, ¡y que menuda enseñanza!

 

El lugar donde se echaban las limosnas en el templo estaba situado en el atrio de las mujeres. Alrededor del muro se habían colocado trece cepillos en forma de embudo al revés .Los oferentes no depositaban ellos mismos el dinero en los embudos, sino que los entregaban al sacerdote encargado, el cual lo depositaba en el cepillo que correspondiera al deseo del donante.

 

Esto explica el que Jesús podía advertir las ofrendas de los visitantes y la de la viuda. Ella indicó la cantidad y su destino al sacerdote, y Jesús pudo oírlo. La ofrenda consistió en dos de las monedas más pequeñas que estaban en circulación. Las dos únicas que tenía. ¿No debería haberse reservado una? No, porque era como ofrecer la propia vida, y la vida no se entrega a medias. Quien la entrega a medias no sabe amar.

 

El gesto de la viuda es sencillo, escondido…, como otros tantos gestos de hombres y de mujeres que nunca saldrán en los periódicos ni en la televisión. Confiaba en Dios al que amaba con todas sus fuerzas, más que en sí misma. Sabía, que dar solo lo que sobra es un engaño. Había comprendido que si el amor no es total, no es amor.

 

Los frutos que Jesús buscaba inútilmente en muchos de quienes le seguían, resulta que son ofrecidos por esta viuda pobre, que, no tuvo que consultar a los maestros del templo lo que debía hacer. Porque para amar con obras no hacen falta cálculos, ni consultar nadie, sino tener un corazón grande.

 

Y Jesús no quiere dejar pasar el gesto de la mujer, y llama a los discípulos. Jesús invita a sus discípulos a observar en profundidad, a no hacer valoraciones superficiales de hechos y personas. Es engañoso buscar la vida, la alegría, el amor…, al margen de la donación generosa de nosotros mismos.

 

Jesús mide el valor de las ofrendas al templo según el grado de entrega de uno mismo que llevan consigo. En los ricos, que han entregado grandes donativos, no existe entrega alguna de sí mismos. La pobre viuda ha entregado “todo lo que tenía para vivir”. Y Jesús se siente identificado con ella.

 

Jesús resalta a la viuda por su disponibilidad y total entrega a Dios: las ofrendas religiosas eran la expresión externa. Esta mujer que lo da todo, es un testimonio impresionante de fe en Dios como Absoluto. La ley no es para ella una cuestión de prestigio personal, sino una realidad vivida en el fondo del corazón y expresada eficazmente en el culto.

 

Dice un proverbio chino: “El que se pone a la búsqueda de Dios y vende todo lo que posee salvo el último dinero es sin duda un loco; es precisamente con el último dinero con el que se compra a Dios”. Y san Ambrosio: “Dios no se fija tanto en lo que damos, cuanto en lo que nos reservamos para nosotros”.

 

Amigos: el lugar del encuentro con Dios no pasa SOLO a través del culto, y menos de la institución, sino a través del corazón pobre, totalmente disponible y abierto a Dios. El culto celebra esta disponibilidad cuando la hay; si falta esa disponibilidad, el culto está vacío. Quien ama de verdad, entrega su persona; ¿cómo no va a entregar también de sus cosas, si son menos importantes que la persona?

 

Nuestra sociedad y nuestra Iglesia están montadas sobre otros criterios. No importa el amor con que se hagan las limosnas y donativos; lo que importa es que sean abundantes y cuantiosos. A lo mejor algunos dan mucho, pero tienen a rebosar y lo que dan es para tranquilizar la conciencia y que los vean. Otros en cambio, dan poco, pero dan más de lo que pueden, porque lo necesitan para vivir.

 

Jesús, en el evangelio de hoy, nos previene precisamente contra esa posible inversión de valores en la que podemos caer. Observando a los que pasaban junto a él, puso un ejemplo muy claro: la cruz y la cara.

 

Allá iban «los letrados, paseándose con su amplio ropaje, deseosos de que la gente les hiciera reverencias, ocupando los puestos de honor en la sinagoga y en los banquetes, echando dinero en cantidad en el cepillo del templo… ¡Cuidado con ellos!», dice Jesús.

 

Y allá «se acercó también una viuda pobre que echó dos reales». Pues oíd la sentencia de Jesús: «Ha echado más que nadie, pues los demás han dado de lo que les sobraba, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que necesitaba para vivir». Bastaría esa breve consideración de Jesús para dar por concluido el comentario.

 

Pero no quiero terminarlo sin hacer el decidido elogio de todos los pequeños seres que, en nuestro trabajo o nuestra diversión, sin darse importancia, van dejando «caer moneditas» en el cepillo de lo anónimo, pensando, además, que «lo suyo vale poco». Pero ¡ay, amigos! «El Padre, que ve en lo escondido» seguramente piensa que «ésos son los que dan más».

 

Pienso, por ejemplo en una persona concreta, de vocación: servidor de su parroquia. Lleva ya años en su silla de ruedas, pero no sufre por su incapacidad física y su quebranto, sino por no poder hacer ahora lo que antes hacía: velar por la calefacción de la iglesia, repartir sobres, arreglar grietas y fugas, o sea: amar a su parroquia. Pienso en feligreses que, con pudor, te dicen un día: «Yo no valgo para animar liturgias o catequesis; pero aquí están mis manos…». Y ahí andan, jugando a carpinteros, albañiles, herreros, y aventurando arte y decoración, si ustedes me apuran. Pienso, en fin en… Pero, no. Piensa tú mismo, que me escuchas en como actúas.

 

Amigos, el valor de lo pequeño es lo que hace grande a una persona:

 

*Es el cuidado y la paciencia que muestras en pequeñas cosas las que te llevan a los grandes logros.

*Hay que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana (…) No te prives de ellas en el día a día.

*Tan sencilla es la verdadera felicidad, que la mayor parte de las gentes no reparan en ella.

*A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos mar si le faltara una gota.

*Pon tu corazón, tu mente y tu alma en cada uno de tus actos más pequeños, ese es el secreto del éxito.

*La vida está compuesta de insignificancias; el año de instantes y las montañas de granos de arena. Por lo tanto no subestimes nada, por pequeño que te parezca.

*Si observas una persona feliz, la encontrarás construyendo un barco, escribiendo una sinfonía, educando a sus hijos, plantando dalias en su jardín; no la encontrarás buscando la felicidad como si fuera un collar de perlas.

*Por mucho que hagas no será más que una gota en un océano infinito, y ¿qué es un océano sino una multitud de gotas?

*Los pequeños actos que se ejecutan son mejores que todos aquellos grandes que se solo planean, y se quedan en planteamientos.

*Ver con claridad, actuar con prudencia y apreciar lo que tenemos es todo lo que se requiere para una buena vida. Los deseos interminables son eso, solo deseos.

*No desprecies lo que está cerca, mientras apuntas a lo que está lejos.

*Disfruta de las pequeñas cosas porque tal vez un día vuelvas la vista atrás y te des cuenta de que eran las grandes cosas.

*La vida se vuelve una fiesta cuando sabes disfrutar de las cosas normales de cada día.

*El mayor azote de la vida moderna es dar importancia a cosas que, en realidad, no la tienen.

*Si tu vida diaria parece insulsa, no le eches la culpa a nadie; cúlpate a ti mismo de no ser lo bastante poeta para reparar en las pequeñas maravillas.

*A veces, olvidamos fijarnos en aquello más común para ir en pos de lo extraño y llamativo, sin darnos cuenta de que en lo cotidiano podemos encontrar las respuestas más certeras.

*Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras.

*Anhelo realizar obras grandes y nobles, pero mi principal tarea y mi jubilo es realizar obras humildes como si fueran grandes y nobles.

*El mundo no se mueve únicamente por los poderosos y los héroes, sino también por la suma de los pequeños empujones de cada trabajador honesto.

*Disfruta de las pequeñas cosas que te regala la vida, no te las vaya a ocultar la sombra de esas que mucha gente considera las “importantes”.

*”Al pobre le faltan muchas cosas; al avaro todas”.

*”Cuando viajo sólo llevo una maleta muy pequeña. Todo lo importante va dentro de mí”.

 

¿Autenticidad de corazón o apariencia externa? Esa es la cuestión. Cristo nos lo ha dejado claro hoy en el evangelio. Cada cual debe examinarse

 

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