Ecos del Evangelio

6 noviembre, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XXXII T.O. CICLO B 2021

 

El resumen de la Palabra de Dios de hoy, podría ser: “EL RUIDO NO HACE EL BIEN Y EL BIEN NO HACE RUIDO”. En el programa de vida de Cristo, no tiene cabida eso de “mucho ruido y pocas nueces”, es mas, Cristo lo aborrece. Hoy Cristo, nos da una lección de como ha de ser la relación que hemos de tener los hombres y mujeres de fe con respecto a Dios y entre nosotros.

Si el domingo pasado, Jesús nos hablaba de un amor excelente y bien combinado (Dios y hombre).

 

Hoy, el Señor, nos sugiere una forma práctica de llevarlo a cabo: huir de la autocomplacencia y dar valor al cómo se da y, no tanto, al cuánto se da. Y es que, muchas veces, damos tanto bombo y platillo al “cuánto” que olvidamos el “cómo” lo ofrecemos.

Hay personas, arrogantes y vanidosas, que presumen de realizar grandes cosas por los demás. ¿Cuál es su premio?, la triste y miserable arrogancia.

 

Existen otras que, lejos de preocuparse por defender la justicia o los derechos de los más débiles, se contentan con dar alguna limosna para tranquilizar la conciencia ¿Cuál es su premio, la apariencia farisaica. Pero, afortunadamente hay otras, que hacen lo que pueden, y a veces más de lo que pueden. No presumen ni de ser mejores, ni tampoco peores que los demás. ¿Cuál es su premio? las obras que su buen corazón les dicta.

Miremos a Jesús en este día. ¿En dónde clavó sus ojos? ¿En quién se fijó? ¿A quién criticó? ¿A quién ensalzó? Ni más ni menos aplaudió a una mujer que -de lo poco- hizo un mucho: dio lo que tenía con todo su corazón. Una mujer que, más allá de dar desde la abundancia, ofrecía desde la escasez.

 

Desde su pobreza lo daba todo. Y lo daba todo, porque en Dios estaba su esperanza. Porque Dios era su verdad y su grandeza. Otros, por el contrario, estaban tan centrados en sí mismos que, en la cantidad y en la apariencia, pensaban que tenían asegurada su victoria sobre el corazón de Dios.

El evangelio de este día, es la exaltación del mínimo detalle.

¡Cuántas veces no valoramos lo insignificante, y resulta ser lo más valioso y oxigenante para el corazón!

¡En cuántas ocasiones nos dejamos llevar por lo que deslumbra! ¡En cuántos momentos pensamos que, si lo que se da no es grande y costoso, no sirve de nada o no tiene gran valor!

*No podemos dejar de pasar de largo el testimonio de aquellas personas que, todos los días, depositan su moneda en el arca de nuestra felicidad (padres, hermanos, sacerdotes, catequistas, hombres y mujeres de bien)

*No podemos olvidar a los que echan su pequeña aportación en diversos lugares de misión en nombre de Jesús de Nazaret (los misioneros, grupos de Cáritas, voluntariados de enfermos, acogida)

*Hoy, como el Señor, fijémonos en el testimonio de todos aquellos que -sin protagonismo- depositan su tiempo, para que Cristo sea conocido, amado y tenido en cuenta. (¿Es que eso no es moneda valiosa?).

 

En definitiva, podemos ser como la viuda (dejarnos observar y encontrar por Dios). O como los escribas, (pensar que estamos muy cerca de Dios, cuando en realidad nos encontramos lejísimos de su pensamiento y de su voluntad).

 

Es viable salir al paso de las necesidades de los más pobres desmigajando un poco el gran pan de nuestra riqueza. Pero, lo meritorio, es cuando sin tener demasiado, se comparte hasta lo que no se tiene. Y además el ser humano no solo necesita pan material sino también el pan del amor. El ser humano anda mendigando amor. Ofrezcámoslo. No lo olvidemos nunca: la calidad de nuestra generosidad, no está en la cantidad, sino en el sacrificio que supone lo que damos.

 

 

Caminaban dos peregrinos por el desierto. Y, en medio del sofocante calor, uno de ellos -habiendo quedado sin agua- le pidió al otro (que también la necesitaba para seguir caminando) su cantimplora. Cuando llegaron al final de su peregrinación, el primero le dijo al segundo: “dame por favor, esa fuerza interior, que te ha empujado a darme el agua que tú necesitabas”.

 

Esto es lo que, el Señor, nos pide en nuestro itinerario cristiano.

Esa capacidad que nos convierte tremendamente generosos y no egoístas.

Esa intuición que nos hace estar presentes ahí donde la humanidad nos necesita y no mirándonos al propio ombligo.

Esa satisfacción de decir “he hecho aquello que tenía que hacer y punto”. Sin orgullo, ni llevando cuentas de lo mucho que hemos hecho por los demás. Entre otras cosas porque, si lo hemos llevado a cabo, es porque hemos podido. Porque Dios nos ha bendecido con la abundancia.

 

 

Tengamos claro, que cuando nuestras manos se abren son manos del Señor, cuando se cierran, son manos de uno mismo.

Tengamos claro, que nuestros ojos cuando calculan lo que dan, son ojos humanos, cuando miran hacia un lado y otro, y buscan saciar una y otra vez necesidades, esos son ojos del Señor.

Tengamos claro, que nuestro corazón, cuando no pone su atención en lo material es corazón que busca a Dios, cuando se siente preso entre las rejas de lo efímero, es que no sabe vivir en la libertad de los hijos de Dios.

 

 

Hoy y aquí, las dos mujeres que aparecen en las páginas de la Escritura no son jóvenes, ni guapas, ni dan con la medida anatómica exacta, ni han alcanzado un título de «miss», ni dan el tono, ni se lo pasan bien, ni son brillantes.

Son dos mujeres que han llegado como una flecha hasta el corazón de Dios.
Son dos mujeres que merecen en la Biblia, los honores de una primera página a todo color.

 

Son dos mujeres poco decorativas, posiblemente arrugadas, envejecidas, agobiadas por tantos y tantos problemas como su vida difícil les deparaba.
Son dos mujeres que han atravesado el tiempo para llegar hasta nosotros y golpearnos con su ejemplo espléndido. No importa que no sepamos su nombre, ni el color de sus ojos. Lo verdaderamente interesante es que esas dos mujeres fueron, por un momento, protagonistas de una historia vivida con Dios y cumplieron perfectamente su papel en esa historia.

Son dos historias preciosas y estimulantes, con una clara lección:

Para conseguir que el corazón de Dios se sienta «tocado», no hace falta ser importante, ni saber mucho, ni ser «letrado», ni impactar con el brillo de amplios ropajes, ni… nada de todo eso por lo que mucha gente se desvive.

Para llegar al corazón de Dios, sólo hace falta poner la vida «en su bandeja» y esperar confiadamente el milagro de que Él hará que no se acabe nunca la esperanza, la ilusión, la inquietud, esa especial harina y ese aceite sobrenatural que se necesita para caminar por la vida cristiana, aunque, a veces, nos sintamos tan angustiados y solos como debieron sentirse las dos viudas de la Escritura.

 

Hoy es como si nos dijera Cristo a cada uno. Mira, puede que no te sientas capaz de hacer grandes obras por Dios. No te preocupes. Él no busca tus cosas, sino a ti. Toma, pues, tu corazón, ponlo en cada una de tus pequeñas obras, en los pequeños detalles de tu pequeña vida, y ofréceselo. Vale poco, lo sé. Como poco valen un pedazo de pan y una copa de vino, pobres frutos del humano esfuerzo. Pero tú verás -si los ofreces- lo que hace Dios con ellos. Tú verás, si te ofreces, lo que Dios es capaz de hacer contigo.

 

Acabo compartiendo con vosotros con una sentencia que leí en el frontis de la casa de Lope de Vega, en Madrid y que dice: «Parva propia, magna; magna aliena, parva». Que significa: “Lo pequeño, siendo propio, es grande / Lo grande, siendo ajeno, es pequeño”. O como decía al comienzo: «EL RUIDO NO HACE EL BIEN Y EL BIEN NO HACE RUIDO”.

 

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