Ecos del Evangelio

9 noviembre, 2019 / Carmelitas
DOMINGO XXXII T.O. CICLO C 2019

 

LA RESURRECCIÓN

 

 

El hombre moderno, que vive en medio de una cultura científica y técnica tan desarrollada, ha perdido el rumbo viviendo intensamente el tiempo presente como refugio o evasión del futuro y eludiendo la pregunta sobre el sentido de la vida humana. Le da miedo, aunque no lo diga, reflexionar sobre la muerte para evitar considerar la existencia hombre sobre la tierra como un absurdo.

 

Cuando una persona se muere, ¿que? Para el creyente la vida del hombre viene de Dios. Lo que significa que la vida humana no puede analizarse sin una referencia al Dios de la vida, aunque todo a nuestro alrededor nos hable de muerte y destrucción. Con otras palabras: la misma fe que enseña el origen divino del hombre, afirma el retorno a Dios.

 

La resurrección de los muertos es el centro de la fe cristiana, la columna vertebral del evangelio y de todo el Nuevo Testamento. ¿Si se suprimiera de sus libros las referencias a la resurrección, que quedaría del mensaje de Cristo? NADA «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados», nos dice Pablo.

 

Creer en un Dios Padre que nos ama totalmente y pensar que este amor se limita a nuestro paso por la tierra, es tener una lamentable imagen de Dios. Dios no puede amarnos sólo por un tiempo. Si nos hace partícipes de su vida, si establece una alianza de amor con nosotros, es porque la muerte no es el final de la vida humana.

 

Creemos en la resurrección, la esperamos, pero no podemos ni imaginarla. Somos un poco como el niño antes de nacer en el seno de su madre: ¿qué sabe de la vida que le espera?

 

Pero la vida que le espera es real, aunque él no pueda imaginarla.

 

Una vida que ya vive, de alguna manera, en el seno materno. También nosotros, ahora, podemos vivir ya la vida de Dios.

Una vida que se construye paso a paso, día a día: en nuestro modo de amar, de luchar por la libertad y la justicia…

Una vida que llegará a una plenitud que ahora no podemos ni imaginar.

 

 

Una vida que no podemos confundir con el vigor físico, con las energías juveniles. Por eso no podemos ser personas tristes, por más motivos de tristeza que pueda haber en nuestra vida; ni vivir sin esperanza, por más razones de desesperanza que tengamos.

 

 

Yo creo que para muchos, el problema no está en saber si creen o no en la resurrección, sino en saber si tienen ganas de resucitar. Porque para tener ganas de resucitar es necesario tener antes ganas de vivir, de nacer a una vida que deseemos prolongar durante toda la eternidad. ¿Y cómo desear eternizar una vida llena de sufrimientos, de conflictos, de soledad…? ¿Quién podría soportar una vida eterna así fuera de Dios?

 

 

Sólo Dios ama lo bastante como revelarnos una vida tan verdadera que deseemos detenernos en ella para siempre. La fe en la resurrección brota de un amor verdadero y eterno. Y eso es Dios, un amor verdadero y eterno. Por tanto nuestra fe en la resurrección depende estrechamente de nuestra capacidad de amar. Tengámoslo claro.

 

 

Como Jesús compartía con los fariseos y con el pueblo la fe en la resurrección de los muertos, los saduceos querían ponerlo en ridículo con un ejemplo grotesco, invocando la ley del levirato. Según esa ley, cuando una mujer queda viuda se había de casar con el hermano del marido para darle descendencia. Los saduceos se acercan a Jesús sin palabras aduladoras, con ironía y con la autosuficiencia propia de los sabihondos, y le proponen el caso que hemos escuchado en el evangelio: la mujer con siete maridos «¿De cuál de ellos será la mujer?»

 

Y Jesús les contesta con un doble razonamiento.

 

1º Razonamiento: Cortando de raíz toda la base de su argumentación: afirmando la vida futura, que no es continuación de la actual. Les hace ver que después de la resurrección los cuerpos no tienen la finalidad transitoria que tienen aquí. La vida que perdura no es una prolongación de la vida biológica. La vida de los resucitados será tan distinta y tan nueva, que es mejor evitar comparaciones con la presente. De ahí que Jesús responda con imágenes ambiguas: «Son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan de la resurrección».

 

2º Razonamiento:«Dios no es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos» y les responde con el pasaje de la zarza ardiendo. Muchos andan preocupados por la realidad de la resurrección, o no creen en ella, porque no aciertan a imaginar el modo en que resucitaremos. Las imágenes infantiloides que hemos recibido en la catequesis aún no se han borrado en nosotros y nos crean graves conflictos para admitir la resurrección. La resurrección no es la reanimación de un cadáver; es un salto cualitativo, una nueva existencia en la que entra toda la persona. Jesús habla de resurrección, NO de inmortalidad. Habla de vida nueva, de realidad transformada. No de inmortalidad sujeta a las contrariedades y contratiempo propias del espacio y del tiempo.

 

 

Dice el libro del Apocalipsis: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado… Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» Empleando muchas imágenes para acercarse prudentemente a lo que quiere decir. Volver a esta vida y prolongarla no tendría demasiado sentido.

 

Atención ahora, porque por lo menos una vez en la vida lo escuchéis si no lo habéis escuchado aun: Los evangelios nos hablan varias veces de que Jesús resucitó muertos. Lo que hizo Jesús, fue devolverles a la vida que tenían, (es decir, reanimó el cadáver a esta misma vida, por lo que estas personas murieron dos veces), porque la resurrección no es una vuelta a esta vida, por eso estas personas que los evangelios dice que resucitaron lo que hicieron fueron volver a la vida terrenal.

 

La resurrección de Cristo y la que nos prometió no es volver a la vida que tenemos aquí. Además si uno va al texto original griego del evangelio, cuando habla de resurrección la palabra que utiliza es ANASTASIS que viene de (a-tanatos=sin muerte), y esa palabra solo la usa para aplicarla a la resurrección de Cristo, no a los casos de la hija de Jairo, o a Lázaro, o a otros casos. Con la vuelta a la vida de las personas que Cristo reanimó, lo nos quiso demostrar que Él tiene también el poder sobre la muerte.

 

Por tanto: Cristo no ha venido a líbranos de la muerte terrenal, Él también murió, sino de la eterna ¿Pero cómo desear eternizar una vida llena de sufrimientos, de conflictos, de soledad…? Ha venido a librarnos de la segunda y definitiva muerte, la eterna.

 

Dios es fiel y ama la vida, pero una vida en plenitud también para nosotros como la que Él tiene. Es inconcebible que haya creado al hombre sediento de vida ilimitada para abandonarle luego a la muerte. Por tanto todo esfuerzo por amar, por buscar la justicia y la paz…, no se pierde; todo lo contrario: se está eternizando desde el mismo momento en que lo realizamos. ¿Cómo? No lo sabemos. Lo que si sabemos es que no se pierde nada, todo tiene sentido en un camino que lleva a la vida total.

 

Por tanto, la mejor prueba de que creemos en la resurrección, es vivir cada día una vida realmente solidaria con los hombres, una vida que merezca realmente eternizarse, una vida que no nos cansaremos nunca de vivir. Dios puede hacer de nosotros eso que parece imposible: hacernos felices, darnos a conocer y ofrecernos una vida que deseemos prolongar por toda la eternidad. Y eso es lo que ha hecho.

 

¿Existe en nuestra vida tanto amor que sintamos la necesidad de resucitar para vivir eternamente con todos los que amamos? ¿Sí? Pues dediquémonos a amar porque estaremos resucitados ya aquí y ahora. El cuando y el como de la resurrección eterna dejémoslo a Dios, que para eso es Dios y nos ama más que nosotros a nosotros mismos.

 

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