Ecos del Evangelio

13 noviembre, 2021 / Carmelitas
DOMINGO XXXIII T. O. CICLO B 2021

 

Meditar en Esperanza…

 

 

Hoy es el penúltimo domingo del Tiempo Ordinario. Y los cristianos somos convocados a una meditación sobre el fin del mundo y el cumplimiento de la historia de la salvación. Y también a meditar serenamente sobre nuestro final personal, para saber vivir en presente. Meditar las realidades últimas, es signo de valentía espiritual y de esperanza.

• Las lecturas de este domingo, no son una palabra de amenaza, o de miedo. No son presagio de tremendismos, ni catastrofismos.

Las lecturas de este domingo, son una palabra de esperanza, de ilusión, de alegría, de motivación para trabajar por el Reino de Dios, que el propio Jesús nos asegura que no pasará.

• Las lecturas de este domingo, son para asegurarnos el triunfo final del Reino de Cristo. Pero que sea seguro el triunfo, no nos ahorra el luchar para conquistar ese triunfo. Por tanto la actitud de esconder cabeza debajo de las alas, es un signo de cobardía. Y Cristo a lo que nos invita, es a la responsabilidad y no a la cobardía.

 

Y a pesar de lo dicho, nos enfrentamos con que la lacra más extendida de muchos comportamientos religiosos no es el ateísmo, no es el rechazo de Dios, es algo peor y más corrosivo: la indiferencia religiosa. La indiferencia religiosa no niega a Dios, e incluso en ocasiones acude a Él, pero vive como si no existiera.

 

Los indiferentes ni se atreven, ni quieren prescindir de Dios «por si acaso»-, pero tampoco le dejan manifestarse en sus vidas.

• Dios es en sus vidas es el gran censurado, pues no se le da la oportunidad de decir su Palabra, ni de mostrar su misericordia.

• Dios es en sus vidas es el gran suplantado, porque el deseo religioso que llevan dentro no desemboca en Él, sino en aspiraciones adulteradas.

• Dios es en sus vidas es, el gran manipulado, hecho a imagen y semejanza de los antojos caprichosos del hombre «satisfecho» de nuestro tiempo.

• Vivir en la indiferencia religiosa es vivir en la mentira permanente, es vivir una doble vida y un sentimiento dual que divide y, a la postre, destruye. Pues ante este panorama, ahí está la sentencia de Cristo: “Mis palabras no pasarán”.

Pero, la pregunta es inevitable: ¿Qué nos espera después de tantos esfuerzos, luchas, ilusiones y sinsabores? ¿No tenemos los hombres otro objetivo sino producir cada vez más, distribuirnos cada vez mejor lo producido, y consumir más y más, hasta ser consumidos por nuestra propia caducidad? No tengáis duda, que este círculo vicioso acabará por ahogar al que viva en él.

 

 

EL HOMBRE NECESITA UNA ESPERANZA PARA VIVIR CON PLENITUD.

 

Una esperanza, que no sea «una envoltura para la resignación». Esa resignación que lleva a muchos a organizarse «una vida tolerable» para ir aguantando la aventura de cada día.

Una esperanza, que no debe confundirse nunca con una espera pasiva, que no es, sino «una forma disfrazada de desesperanza e impotencia».

Una esperanza, que no sea tampoco el arrojo ciego y falto de realismo de quien actúa a la desesperada, sin amor a la vida, y por tanto, sin miedo a destruir a otros.

El hombre necesita en su corazón una esperanza verdadera, que se mantenga viva aun en medio de esas otras pequeñas esperanzas con las que nos conformamos, pero con las que nos engañamos.

LOS CRISTIANOS ENCONTRAMOS ESA ESPERANZA VERDADERA EN JESUCRISTO y en sus palabras que «no pasarán».

 

Nuestra esperanza, se apoya en el hecho inconmovible de la resurrección de Jesús. A partir de las palabras del Resucitado, hemos de ver la vida presente en «estado de gestación», como algo que no nos ha entregado todavía su último secreto, como germen de una vida que alcanzará su plenitud final sólo en Dios.

 

Sí, pasarán nuestros apellidos y nuestros nombres. Para la tierra quedarán en el olvido, pero para la Iglesia (que cada día recuerda a vivos y difuntos en el altar) y para Dios, (que siempre cumple sus promesas) estaremos llameando permanentemente. Porque como reza el prefacio I de los difuntos: «la vida de los que en ti creemos Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una morada eterna en el cielo»

Con el Evangelio en la mano estamos llamados a pensar que, el presente, es semilla de un futuro en Dios. Lo de menos es saber el cuándo y el cómo. Lo importante, a todas luces, es comprender que el Señor no defrauda. Que millones de hombres y de mujeres marcharon al otro lado de este mundo con una convicción: “Cielo y tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”.

Ello nos debe motivar e ilusionar, para no olvidar las promesas del Señor, que sin ninguna duda se cumplirán. Ante ello, sólo cabe como respuesta: el optimismo, la constancia y el seguir apostando por un mundo y una vida desde Dios y con Dios. Sólo así podremos ver al Hijo del Hombre; hoy –en la realidad sufriente y contradictoria que nos sacude- y mañana, en esa eternidad que nos augura la Palabra de Dios.

Por tanto, todo esfuerzo basado en el amor incondicional y entregado, como el de Cristo, está llamado a fructificar. El broche de oro, el colofón a lo que somos, decimos y hacemos, está en ese final de los tiempos: nuestros ojos verán a Dios. Entonces comprobaremos el valor escondido de toda pequeña o gran acción emprendida, mantenida y defendida en esta tierra que habitamos. Y es que, Dios, cosecha como quiere, cuando quiere y donde quiere.

 

Y en este caminar no estamos solos…

Avanzamos guiados por la Palabra de Dios.
Fortalecidos por la Eucaristía.
Impresionados cuando, de lleno, nos ponemos frente a Dios por la oración.
• Y animados al saber que, cientos de miles de hermanos nuestros, creen, celebran, expresan y viven lo mismo que nosotros estamos creyendo, celebrando, expresando y viviendo en esta Eucaristía: la fe en Jesús muerto y resucitado.

 

Eso sí, mientras nos encaminamos a ese momento, que Jesús nos indica en el Evangelio, lo último que podemos hacer es aguardar pasivamente y cómodamente sentados en la tierra. Porque esa sería nuestra perdición.

Un cristiano de vivir como nómada, haciendo del mundo que nos rodea una tienda más confortable, más habitable donde, además de Dios, puedan incorporarse aquellas personas que, con un pequeño empujón, también podrían otear, vivir y preparar ese horizonte del que nosotros somos sabedores.

Nuestro mundo en estos momentos y en muchos lugares, se encuentra totalmente despojado de valores espirituales. Gran parte de la gente que nos rodea, se ha desposeído de una gran prenda que, durante siglos ha sido el abrigo de la estructura de sus personas: la fe cristiana.

Ojalá seamos capaces de no olvidar a todos aquellos que se creen que estando blindados y bien revestidos por el manto del mundo, no necesitan que alguien les recuerde, que cubiertos con la mano y de la mano del Señor, las cosas se viven y se ven de otra manera.

Y si queremos ayudar a toda esa gente que lo necesita, aunque sea inconsciente de ello, hay un remedio infalible aunque este olvidado. Y es, esa gran obra de Misericordia que es “vestir al desnudo” Sí, vestirlo de ropa y de pan,- y por ende- vestir de amor todo lo que está desnudo de amor”.

 

¡Esa será la piedra de toque de nuestra salvación y la de los demás!
Y, si no, al tiempo.

 

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