Ecos del Evangelio

20 noviembre, 2020 / Carmelitas
DOMINGO XXXIV T.O. CICLO A 2020 JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

NO BASTA CONOCER A CRISTO.

HAY QUE RECONOCERLO.

 

 

Hoy finalizamos el año litúrgico con la fiesta de Jesucristo, nuestro Rey y Señor. Y el próximo domingo comenzaremos un nuevo Adviento, como preparación a la Natividad del Señor.

Con esta fiesta de hoy, confesamos: que JESÚS ES LA SÍNTESIS DE NUESTRA FE; es la manifestación plena del Reino de Dios que consiste en el amor y entrega a los hombres. La fiesta de hoy -es pues- la exaltación del reinado del amor sobre todas las cosas.

 

Hoy es el día en el que se nos invita a hacernos a nosotros mismos un juicio por adelantado, un juicio confrontando nuestra vida con la Palabra de Dios que hemos ido escuchando a lo largo del año. O lo que es lo mismo: confrontar nuestra vida con el proceder de Cristo. Porque de lo que no hay ninguna duda, es que nos pedirán cuentas sobre nuestro amor servicial al prójimo, empezando por los que conviven con nosotros. Esa es la única manera de amar a Dios, en el prójimo. No nos engañemos, no hay otra manera.

 

La parábola del juicio final nos invita a mirar la historia humana desde su final.

 

Ese momento, en que todos y cada uno, nos encontraremos en completa desnudez con nosotros mismos y con nuestras obras.

Ese momento, donde ya no habrá posibilidad de dobleces, ni engaños, ni apariencias, ni rectificaciones.

Ese momento, en el que no hará falta un largo proceso judicial: cada uno llevará consigo sus obras; y esas obras serán el dictamen final.

 

 

El examen pues, va a ser sobre el amor. La parábola traduce en seis actitudes que concretan lo que significa amar. Y fijaros en un detalle: asombra que no se haga ni una sola alusión a conductas específicamente religiosas o cultuales en el juicio que nos espera. Cada uno es declarado justo o es rechazado, según haya servido a los demás o se haya evadido en el servicio al prójimo, comenzando por los que tenemos al lado .No sea que queramos amar a todo el mundo, y seamos una pesadilla, un infierno para los de cerca.

 

La oración y el culto no sirven para nada, si no se llevan a la práctica, una idea machaconamente repetida por los evangelistas: lo esencial de la vida cristiana no es decir, y ni siquiera confesar a Jesús de palabra, sino confesarlo poniendo en practica el amor concreto a los hambrientos y sedientos, a los forasteros, a los desnudos, a los enfermos, a los presos, a los necesitados, Así se cumple la voluntad de Dios. Así es como nuestra vida está en constante vigilancia=amando como Cristo. Como veis el Reino de Cristo, no tiene nada que ver con la fuerza, ni con el dinero, ni con el prestigio, ni con la vanagloria, ni el boato.

 

Amigos, tenemos que entender el transfondo de la cuestión, y debemos ser sinceros con nosotros mismos.

Si no tratamos y convivimos con Cristo, es decir, con su Palabra.
Si no nos alimentamos con su Cuerpo.
Si no testimoniamos con la vida lo mas importante de todo que es Cristo. Cada minuto que pasa, estamos alejándonos de lo definitivo, y eterno que Cristo nos ofrece.

 

La cuestión de fondo, es preguntarse que significa para nosotros Cristo, o lo que es lo mismo, nuestra fe en Él, también y sobre todo, en esta situación, porque nuestra manera de obrar nos lo dirá. Por eso hemos de tener claro que:

*Que el problema, no es de confinamiento, sino de falta de convencimiento.
*Que el problema, no es de cobardía o de valentía, sino de sintonía con Cristo.
*Que el problema, no es de prudencia, sino de coherencia.
*Que el problema, no es la pandemia, sino la astenia.
*Que el problema, es que la Eucaristía quizá la considero como algo accesorio y no necesario.
*Que el problema, es que Cristo acabó crucificado y nosotros, mirando para otro lado.
*Que el problema está, en que he de dejar de engañarme y he de aclararme y sincerarme conmigo mismo.

 

Por tanto, no podemos hacernos falsas ilusiones: no se trata de buenas intenciones, de buenas palabras y sonrisitas. Se trata de hechos, de obras. Solamente vale lo que cada uno ha hecho y lo que cada uno hace, y no, lo que ha pensado, o creído, o dicho, sino lo que hago con mi vida y con la de los demás. Se trata de cómo vivo mi fe, en esta situación concreta que vivimos.

 

Porque el ser cristiano o no serlo, viene tanto, por lo que se haga mal, como por lo que se ha dejado de hacer. ¡Ay el pecado de omisión! El egoísta, el que vive para sí mismo, no tiene lugar en la eternidad. Todo lo que dejamos de hacer en favor de los demás es lo que más nos aleja de Jesús. Por tanto, como veis no se trata solo de no robar, ni de no matar, sino de servir, pero servir por amor. Un camino posible para todos, pero también un camino difícil para todos.

 

Hace años, oí una definición de amor a un muchacho, que me ayudó y clarificó en mi vida de creyente, dijo: El amor es ese estado en el que cuando no tienes a la persona amada, la echas tanto en falta, que nada en este mundo te satisface. Y cuando la tienes todo te sobra, todo queda relativizado. Éste es el tipo de amor del que habla Jesús: un ansia por fundirte con Dios que se confunde con el hermano necesitado. El amor sincero al prójimo es lo único que demuestra si mi amor es verdadero, o si es un simple interés y apariencia.

 

Hay que saber ir, del Cristo de la Eucaristía, al Cristo del prójimo. La Eucaristía nos hace amar más al prójimo y servirle de un modo concreto. Si es que se participa, porque hay quien se la salta tan alegremente, o asiste a ella por que hay que cumplir un precepto. ¡Claro, cómo se va a saber amar al estilo de Cristo, si simplemente se cumple un precepto o si ni siquiera se asiste!

No basta que el Evangelio pase por nuestro cerebro y juicio racional. No basta afirmar que ahora vemos más claro que antes. Mis reflexiones que comparto con vosotros, no son clases de religión, ni gimnasia metafísica. Son simplemente una llamada, para que cada uno se mire a sí mismo y se dé la respuesta a si mismo, desde la sinceridad.

 

Hay que entenderlo amigos: Cristo, no abandonó la tierra el día de la Ascensión. Permanece aquí abajo. Simplemente se ha escondido. Se ha disfrazado. Ha adoptado un aspecto cotidiano. No basta conocer a Cristo. Hay que reconocerlo.

 

Lo imaginamos en las nubes, y nos cruzamos con Él en el camino. Estamos siempre a la espera de lo sublime, de lo extraordinario, y Él se pone la ropa de cada día. Simple y siempre a nuestro alcance. A Él solo se reconoce con el amor que ofrecemos sin segundas intenciones, sin pedir nada a cambio. La presencia real de Cristo está en el sacramento de la Eucaristía, y como consecuencia en el sacramento del hermano.

 

No pocas personas en las confesiones se acusan de las «distracciones durante la oración». ¿Y por que no pensamos también en las distracciones que se tienen a lo largo del camino, cuando nos rozamos con Cristo, y no nos damos cuenta? Un día se nos abrirán los ojos y descubriremos con sorpresa, que el amor es la única verdad, y que Dios, reina allí donde hay hombres y mujeres capaces de amar y preocuparse por los demás.

 

No le deis vueltas. Este Rey tiene una corona de espinas. Y las espinas, aceptadas como corona, no tienen más explicación que una. La misma que los clavos. La misma que la cruz: ¡El amor!

 

 

Dame ojos nuevos para verte, para reconocerte en todos los rostros que se cruzan en mi camino.
Dame ojos nuevos, los ojos de antes ya no me sirven.
Dame ojos nuevos, tengo necesidad de ojos nuevos para reconocerte, porque tú tienes la costumbre, de viajar de incógnito y de parecer siempre… otro…

Y no me dejes caer en la distracción. Más líbrame del descuido. AMEN.

 

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