Ecos del Evangelio

24 noviembre, 2018 / Carmelitas
DOMINGO XXXIV T. O. CICLO B 2018

JESUCRISTO

REY DEL UNIVERSO

 

 

Hoy concluimos el año litúrgico, y la Iglesia nos invita a concentrar toda nuestra mente y nuestro corazón en quien es el centro de nuestra fe, el principio y el fin de todo, Jesucristo el Señor y Rey del universo.

 

Frecuentemente se han traducido las palabras de Jesucristo Rey en categorías de nuestro mundo. A Cristo se le ha ido representado en imágenes, con cetro y corona, sobre un trono. Sin embargo, el evangelio, que da fe de su condición real, lo describe sin más cetro que una caña, sin más corona que la de espinas, y su exaltación al trono es al trono de la cruz.

 

Esa imagen de Cristo Rey, tan distinta de la del evangelio, que preside casas y altares, ha sido fruto de distorsionar la persona de Jesús y su evangelio.

 

Por eso, en la fiesta de Cristo Rey, se nos invita a dejar imagineria e intenciones de no poca jerarquía que para justificar y mantener su privilegios y sillones se han inventado un Cristo rey que nunca existió, y debemos volver al evangelio.

 

Lo que es indudable es que CRISTO ES REY. Lo dijo Él mismo de forma contundente: SOY REY. Pero se apresuró a afirmar que su reino no era de este mundo. Quería dejar claro que su Reino, cuya existencia confesaba abiertamente, no tenía nada que ver con el poder, la fuerza, el boato, las ideologías mundanas y la violencia. Nada de lo que configura el imperio de los que reinan en el mundo tiene que ver ni por asomo con el reino de Jesucristo. Y ya va siendo hora de corregir tales atropellos y engaños.

 

Está claro que un Rey que nació en un pesebre, que pasó treinta años de su vida en el más absoluto de los anonimatos, que se lanzó a los polvorientos caminos de su tierra sin tener donde reclinar su cabeza, que tuvo como todo tesoro una túnica que le fue arrebatada, que se dejó prender, que restañó la oreja cortada violentamente por un discípulo suyo que cometió un error inaceptable porque no entendía el reinado de Cristo. Está claro, que no es un Rey a la mundana usanza.

 

Hay pues, dos cosas claras: que Jesucristo es Rey y que no es como los reyes de este mundo. Y los cristianos, los que por definición formamos parte de ese reino y seguimos a ese Rey, hemos crecido durante generaciones, porque así nos lo ha enseñando la Iglesia, con la imagen de Cristo como un rey de lo que pululan por el mundo, pero que nada tiene que ver con el evangelio.

 

Es lógico-por tanto- que hayamos querido que su Reino se perciba en el mundo con unas claras connotaciones de poder y hasta lo hemos conseguido, en algunas épocas, esmeradamente. Y digo que es lógico porque somos humanos y no nos escapamos de lo que es, posiblemente, la pasión dominante de los hombres, también los eclesiásticos: el poder, un poder que se impone con métodos harto expeditivos.

 

Y sigue Jesucristo hablando de su misión real: he nacido, dice, para ser «testigo de la verdad», advirtiendo que sólo los que sean de la verdad escucharán su Voz. No me extraña que Pilato se quedase de una pieza.

 

Porque veía en Cristo a un Hombre además de extraordinario, fuera de la común: era un Rey sin poder y su única arma era la verdad. La respuesta de Jesús debió ir directamente al corazón de Pilato porque, aunque el Evangelio de hoy no lo dice, su reacción fue fulminante: Y, ¿qué es la verdad?
¿Qué es la verdad? Interesantísima pregunta para orientar la vida de cualquier hombre y sobre todo de cualquier cristiano. Es posible que la pregunta nos la hayamos formulado alguna vez y que alguna vez nos la hayan formulado.

 

Pues la respuesta es muy sencilla: La verdad es curar a los enfermos; comprender a los que caen; consolar a los afligidos; compartir lo que tenemos y lo que somos con los que no tienen y ni siquiera son; elegir el último puesto pudiendo tener el primero; no ir revestido de filacterias ni esperar que nos reverencien por las calles; tener el corazón lleno de paz y limpios los ojos. La verdad es amar al otro como nos amamos a nosotros mismos, arrancar de nosotros la avaricia, la lujuria, la soberbia. La verdad es la sencillez, que no la vulgaridad, la rectitud de intención, la firmeza sin imposición.

 

Aunque muchos se hagan el remolón .Todos sabemos qué es la verdad y qué no es la verdad; todos sabemos que no es verdad afirmar que lo importante es vivir «a tope», caiga quien caiga (cayendo muchas veces nosotros mismos como primeras víctimas de ese estilo). Todos sabemos que no es la verdad sojuzgar al que no tiene e impedirle que salga de su pobreza económica o social. Todos sabemos que no es la verdad imponernos fanáticamente con la fuerza. Todos sabemos que no es la verdad abusar de los débiles o despreciar a los que no saben. Todos sabemos que no está la verdad en la guerra, el dolor y la muerte que causamos a los demás por afianzarnos en unas posturas determinadas.

 

Todos sabemos lo que es la verdad pero muchos se resisten a dejar esas posturas que no son la verdad y lo saben .La cuestión está en si nosotros, vamos en pos de la verdad, que no es otra que la persona de Cristo.

 

Así le va al mundo que, aunque camina siempre hacia adelante, está todavía lejos de la VERDAD que trajo al mundo JESUCRISTO. Quizá si los cristianos, con todos nuestros fallos, nos acercásemos a esa VERDAD sublime que supone encontrarse con el Cristo del evangelio, el mundo daría un salto cuantitativo y cualitativo en algo por lo que todas las personas de buena voluntad estamos interesados: que los hombres puedan vivir en el mundo, en cualquier parte del mundo, sin miedo a ser alguna vez aplastados.

 

Amigos, a los que dicen seguir a Cristo, hoy el mismo Cristo les dice: Os equivocáis los que queréis que mi Reino avance a golpe de violencia, o de condenaciones, o andáis discutiéndome el derecho a vivir con los más pobres, y de morir como los más desgraciados. Os equivocáis los que buscáis sentarse a mi derecha, cuando aquí lo que importa es ser el último. Os equivocáis los que pretendéis que este Reino sea para unos cuantos que se consideran perfectos y puros, olvidando que yo vine para que todos tengan vida. Os equivocáis quienes buscáis el Reino por caminos de prestigio, o pretendéis comprarlo con el dinero, el poder y la vanagloria. Os equivocáis los que llegáis a él cargados de recomendaciones, pero vacíos de buenas obras. Os equivocáis los que olvidáis que, en mi Reino, la última palabra de la justicia es el perdón, y el mayor título de gloria es el servicio.

 

Pero también os equivocáis los que pretendéis que yo reine sólo un día cada semana; Os equivocáis los queréis impedirme que salga de los templos para meterme en las fábricas y en los estadios, en las reuniones de los políticos y en los prostíbulos. Os equivocáis los que intentáis, por cualquier medio, aguar el vino de mi Palabra para quitarle fuerza, para acomodarla a la mediocridad, a lo políticamente correcto, o a los derroteros por los que va vuestra sociedad.

 

Sí. Yo soy el Señor, y no hay otro. El único y absoluto. Pero clavado en una cruz , y precisamente desde ella, reinando sobre el mundo.

 

Y nos sigue diciendo, por si aun no lo hemos entendido: Ser cristiano, ser discípulo mío, “reconocerme como Rey”, no consiste en la SOLA proclamación verbal, ni en la alabanza, ni en el cumplimiento de normas, ni en la aceptación de fórmulas, ni en tener buenos sentimientos religiosos. Ser cristiano, discípulo o partidario mío, es “vivir y luchar por la causa que Yo luche”. Vivir, luchar (y morir), por mi causa, es decir, por el amor, la fraternidad, la justicia, la libertad, la igualdad, la reconciliación, la potencia de la presencia de Dios, la respuesta a su invitación amorosa.

 

¿Estás dispuesto a ACEPTAR a Jesús como Rey? Empieza a desprenderte de aquello que te impide ser miembro de su ejército de amor: la cobardía, la falta de criterio, la ambición o la comodidad.

 

¿Estás dispuesto a HONRAR a Jesús como Rey? Sirve como Él sirvió; ama como el amó; entrégate como Él se entregó; perdona como Él perdonó….no es poesía. Es el poder bien entendido: nuestro poderío es servicio.

 

¿Estás dispuesto a FESTEJAR a Jesús como Rey? Intenta descubrirlo en aquellos prójimos que, tal vez a tu lado, son castigados por la indiferencia, la soledad o el abandono. En estos tiempos de crisis más que nunca.

 

¿Estás dispuesto a PROCLAMAR la realeza de Cristo? Hazlo, sin temor ni temblor, con tu testimonio y sin desertar de aquellos lugares de decisión donde se cuecen los destinos del mundo, de la familia, de la educación, de la Iglesia.

 

Comprendamos bien la lección y no nos equivoquemos: Cristo es el rey de nuestros corazones. Quiere reinar no en un trono, sino en nuestros corazones.

 

– Su defensa es el AMOR.

– Su poder es el SERVICIO.

– Su corona es la VERDAD.

– Su trono es una CRUZ.

– Su castillo es la VIDA INTERIOR.

– Su pregón es DIOS AMOR.

– Su ejército son todos aquellos que CREEN que la solución del mundo es AMARSE como Él nos amó y lo PONEN EN PRÁCTICA.

 

Amigos ese es nuestro Rey y el Rey del mundo, pero tal como el evangelio nos lo narra. Así que ahora toca desmontar, a cada uno, la idea que tiene de Cristo Rey si no coincide con la del evangelio. Entre otras cosas para no seguir engañándose ni engañando.

 

¿Lo entiende y enseña así la Iglesia? ¡Creo que del dicho al hecho todavía queda mucho trecho! Eso si, de nosotros depende, de cada uno. No esperemos que las élites eclesiásticas empiecen a convertirse, porque entonces, que Dios nos pille confesados.

 

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