Ecos del Evangelio

24 noviembre, 2017 / Carmelitas
Domingo XXXIV: T.O. CICLO A CRISTO REY DEL UNIVERSO

Con la fiesta de Jesucristo, Rey y Señor del universo, finalizamos el año litúrgico. Jesús es la síntesis de nuestra fe, es la manifestación plena del Reino de Dios hecho servicio a los hombres. Hoy se nos deja claro-por si no lo habíamos descubierto durante todo el año litúrgico- que seremos juzgados por la Palabra de Dios, pues deberemos confrontar nuestra vida con el testimonio de Cristo. Seremos juzgados según la medida de nuestro amor servicial al prójimo, que es la única manera de amar a Dios.

El pueblo de Dios pasó por la amarga experiencia de malos dirigentes, fracasos y destierro. Esta experiencia triste, que fue su propia historia, sirve al profeta Ezequiel para devolverles la esperanza y el ánimo para superar su presente. Dios, en persona, intervendrá y los guiará, cuidando al pueblo como el pastor cuida a su rebaño.

Pero Dios no es una barita mágica para los problemas del hombre. Dios no es la alternativa al desgobierno y a la injusticia social, a las desigualdades y situaciones de explotación y subdesarrollo. Tal pensamiento sería una coartada para justificar la irresponsabilidad de los hombres.

Utilizar a Dios para que supla nuestro pasotismo o desentendernos de las dificultades del presente, en la vana ilusión de que al final Dios arreglará las cosas, es algo contrario a la fe y al evangelio. El reinado de Dios, que un día tendrá colmado cumplimiento, es nuestra tarea, pues tenemos que hacer ya ahora la voluntad de Dios (que reine) en la tierra como se hace en el cielo.

El contrasentido más grave de la historia humana quizá sea el haber convertido a Jesús, rey desde la cruz, en un rey a la manera de este mundo, haciéndole funcionar como resorte contra los moros, los indios paganos y los revolucionarios liberales o comunistas. Quizá sea éste el mayor pecado.

En nombre de Cristo se puede morir, pero no se pueden justificar los crímenes. En el reino de Dios no cabe imposición ni odio ni, por tanto, victoria del hombre sobre el hombre. En las victorias humanas hay vencedores y vencidos; hay siempre imposición de unos sobre otros. En cambio, el reino de Dios es la victoria sobre la opresión y la muerte, y se inaugura con el perdón de Jesús desde la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

 

El evangelio de hoy define cómo es el Reino de Dios y cómo se entra en él: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino”. Lo que pasa es que nos cuesta entender que no es el poder el lugar de encuentro con Dios, sino que Dios se manifiesta en el semejante que llora, que sufre, que trabaja… Si olvidamos esta verdad tan elemental, corremos el riesgo de hacernos un cristianismo a nuestra medida e incluso de tomar las armas para defender la civilización cristiana como si ésta fuera ya el Reino de Dios, cuando en realidad, es un orden social muy discutible.

A nuestro alrededor hay gente que tiene hambre, que está desnuda y que es perseguida por causa de la justicia, de la libertad o de no pensar como los mandatarios imponen. Nuestro mundo-desgraciadamente- no es, pues, el reino inaugurado por Cristo, donde el sediento bebe, el hambriento se sacia, el preso rompe sus cadenas y el hombre se esfuerza por reconocer a los demás como hermanos. No, no lo es.

El examen que tendremos que pasar es muy claro y sencillo. ¿Qué nos dirá a nosotros Jesús: “Venid, benditos de mi Padre” o “Apartaos de mí, malditos?” Pues preguntémonos: ¿Damos de comer a los que pasan hambre, aquí y en los países del Tercer Mundo? ¿Acogemos a los forasteros? ¿Visitamos a los enfermos? ¿Visitamos a los presos y tenemos verdadera “compasión” (=”sufrir con”) por los delincuentes? Estos son los criterios.

 

“Todas las naciones” reunidas ante Jesús habrán creído, seguramente, que los criterios serían si uno había dado terrenos para edificar iglesias o si había escrito artículos defendiendo la fe católica o si había rezado mucho, y se encontrarán con que todas estas acciones, aunque importantes y buenas, no eran los criterios definitivos. Se habrán equivocado.

 

La pregunta de Dios a Caín, al empezar la historia: “¿Dónde está tu hermano?”, es la pregunta que sigue siendo central, y que sigue también provocando la misma sorpresa que provocó en Caín. Pero aquí JC explica el por que de la pregunta: no se puede distinguir entre los deberes para con Dios y los deberes para con los hombres, puesto que JC se identifica con cada hombre.

 

Me acuerdo que leí una vez una simpática narración procedente de la China: un mandarín tuvo una visión. Vio el infierno con demonios hambrientos y enflaquecidos que parecían esqueletos. Estaban sentados delante de un enorme plato con un sabroso arroz. En sus manos tenían unas enormes cucharas de unos dos metros de longitud.

Cada demonio intentaba coger la mayor cantidad posible de arroz. Sin embargo cada uno obstaculizaba al otro con su larga cuchara, sin que ninguno llegase a comer nada. El mandarín espantado apartó su mirada de aquella visión… Más tarde llegó al cielo. Allí vio el mismo gran plato con el arroz sabroso y las mismas largas cucharas. Pero los elegidos respiraban literalmente salud. Las enormes cucharas no les causaban ninguna dificultad. Es verdad que ninguno podía alimentarse con su instrumento. Pero cada uno alimentaba con la cuchara al otro». Salta a la vista la semejanza entre esta simpática narración y el relato del Evangelio de hoy.

«El infierno son los otros» decía J. P. Sartre. El infierno son los otros cuando cada uno se empeña en comer para sí mismo. Pero el cielo son los otros cuando cada hombre no se preocupa de sí mismo, sino de dar de comer a los hermanos. Ese es el cielo al que aspiramos, el Reino de Dios que comenzamos ya a construir.

Amigos,no podemos quedarnos en este día, en la simbología, ni en el concepto actual que la sociedad nos transmite sobre el término “rey”.

-A Jesús le sobran los papeles. Va a la situación concreta del hombre.
-A Jesús no le hace falta protocolo. No existe distancia entre aquello que dice y aquellos que le necesitan.

-A Jesús no le marcan palabras, pasos, ni discursos. Como rey, sabe que los suyos necesitan verle, tocarle, escucharle para secundarle en esa iniciativa de llevar a cabo un reino tan original y tan contracorriente.

-A Dios no le hace falta una clínica de prestigioso nombre para dar luz a un gran rey. Con un simple pesebre le bastará. Y, además, con el testimonio único y cierto de los pastores.

 

El reino de Cristo:

-No tiene fronteras, aduanas o ley de extranjería.

-No hay fosos que separan la fortaleza en la que Él vive, del pueblo que le busca.

-No ondea más bandera que la de hacer el bien.

-No existen otros escudos que no sean los del amor, la fe y la esperanza.

A punto de iniciar el Adviento gritemos a los cuatro vientos que, nuestra sociedad, nuestra familia, nuestra vida cristiana, necesita de un tiempo de paz, de alegría, de generosidad y de realismo. ¡Qué mejor que los parámetros que nos marca Jesús para dar con este tiempo! ¡Quién mejor, sino el Señor, para que nos indique los caminos que conducen a la justicia, al amor o a la paz!

¿Estás dispuesto a aceptar a Jesús como Rey? Empieza a desprenderte de aquello que te impide ser miembro de su ejército: la cobardía, la falta de criterio, la ambición o la comodidad.

¿Estás dispuesto a honrar a Jesús como Rey? Sirve como Él sirvió; ama como Él amó; entrégate como Él se entregó; perdona como Él perdonó….no es poesía. Es el poder bien entendido: nuestro poderío es servicio.

¿Estás dispuesto a festejar a Jesús como Rey? Intenta descubrirlo en aquellos prójimos que, tal vez a tu lado, son castigados por la indiferencia, la soledad o el abandono. En estos tiempos de crisis más que nunca.

¿Estás dispuesto a proclamar la realeza de Cristo? Hazlo, sin temor ni temblor, con tu testimonio y sin desertar de aquellos lugares de decisión donde se cuecen los destinos del mundo, de la familia, de la educación, de la Iglesia.

SI, MI UNICO REY ES CRISTO, ni quiero, ni necesito ninguna mas….

 

*Porque sin violencia, y con paciencia, espera mi retorno después de la traición.

*Porque, en el palacio donde habita, no existe más castigo que el temor de no verle, ni más vacío que mi pereza por no encontrarle.

*Porque nadie sabe gobernar como Tú, Jesús; tu nacimiento, fue felicidad para el mundo; tus palabras, fueron bálsamo para el pobre; tus gestos hicieron que muchos –por fin- no se sintieran definitivamente abandonados.

*Porque amaste hasta extenuarte en una cruz y, como Rey que sirve, desde ese trono de madera, perdonaste con palabras de misericordia.

*Porque, como gran Rey, venciste al gran enemigo, al gran adversario del hombre: a la muerte, a tu muerte, a nuestra muerte.

*Porque, ante tanto desaliento y dudas, nos animas a formar parte de tu pueblo.

 

¿Me aceptas, Señor?

 

*Soy mediocre, pero daré la cara por Ti, si Tú me ayudas.

*Tengo pocas fuerzas, pero todas serán tuyas, porque eres mi Único Rey.

*No estoy acostumbrado a luchar con las armas que Tú me propones: el amor, el perdón, la mansedumbre, la humildad, la pobreza de espíritu….,pero sé, mi Rey, que contigo al frente y de tu mano, podré llegar a ser un buen defensor de tu Reino.

 

Amén.

 

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