Ecos del Evangelio

8 septiembre, 2018 / Carmelitas
Effetá

DOMINGO XXIII T.O. CICLO B 2018

Hoy el Evangelio es una invitación a acercarnos a Jesucristo, con conciencia de cristianos sordomudos, a pedirle que su gracia nos cure y remedie nuestros males.

Partimos de una afirmación que, por rotunda, no deja de ser verdadera: muchos cristianos padecen de sordera ante Dios, y sordera de la peor, la de quien no quiere escuchar. Y lo lamentable es que esta sordera la padecen también muchos cristianos que acuden con frecuencia a Dios, a lo que ellos llaman “oración” y que quizá no es otra cosa que escucharse y buscarse a sí, centrarse en sus problemas y pretender ocupar la atención de Dios en la solución de los mismos.

Por deficiencia de formación o por abundancia egoísmo, muchos cristianos acuden a Dios no para escucharle, sino SOLO para que les escuche; no para conocer su voluntad, sino para que Él haga la suya; no para amarle, sino para continuar amándose a sí mismos. Utilizan a Dios o pretenden utilizarlo… y a eso lo llaman “oración”.

Debemos pedirle a Jesucristo hoy que remedie nuestra sordera, que nos enseñe a hacer de la verdadera oración, aquélla de la que Él era modelo. Porque orar como Cristo significa: conocer lo que Dios quiere de nosotros y recibir de Él no sólo su mensaje, sino la capacidad de hacerlo vida.

Los cristianos tenemos necesidad de convencernos de que la oración no consiste SOLO en pedir, aunque esta actitud sea signo de confianza y debemos hacerlo, sino también escuchar a Dios e ir descubriendo lo que Él quiere para nosotros.

Todos recordaremos aquella definición de oración, incompleta y como tal deformante, que aprendimos en algún catecismo: “Orar es elevar el alma a Dios y pedirle mercedes”. No es extraño que sea sordo para la Palabra de Dios aquél a quien se le ha enseñado primordialmente que debe tener miedo a Dios y que debe pedirle, como si de un mago más se tratase.

Es necesario educar en la escucha de Dios. Nos es necesario, primero de todo, saber escuchar y” concederle ” la palabra a Dios. Porque Dios-Padre a quien muchas veces no escuchamos, está constantemente hablándonos, nunca se cansa de lanzarnos mensajes aunque se tropiece con nuestra empecinada y voluntaria sordera.

Dios nos habla mediante su Hijo Jesucristo, cercano a nosotros. Dios nos habla en su Palabra Escrita por la que, durante siglos, ha estado comunicándose con nosotros y expresándonos su voluntad y amor. Dios nos habla por las personas que nos rodean y por sus circunstancias concretas, invitándonos por ellas al desprendimiento y a la generosidad, a la comprensión y a la humildad, al servicio y al diálogo, a la paciencia y al perdón.

 Dios nos habla también Dios por su Iglesia, en la que vive y mediante la cual continúa realizando en el mundo la misión que comenzó su Hijo Jesucristo y para la que hoy nos envía a nosotros. Dios nos habla finalmente por todos los acontecimiento, pasados, presentes o futuros, porque toda la historia del hombre -la hecha y la por hacer- es para el cristiano, desde Jesucristo, historia sagrada, historia de salvación.

¡Cuantas invitaciones distintas de Dios nos daríamos cuenta que recibimos, si con los ojos de la fe entráramos en comunión con Él, si aprendiéramos más a escuchar y ver con los ojos del corazón!

No es, pues, nuestro Dios un Dios silencioso y callado. Somos nosotros los que muchas veces, sordos a su voz, no le escuchamos. Sordera ésta, de la que Jesús quiere curarnos con su ejemplo, con su luz y con su gracia.

Esta sordera nuestra, como todas las sorderas, nos lleva a la segunda gran tarea de nuestra vida cristiana. Porque somos sordos ante Dios somos también incapaces de darle una respuesta cristiana y de anunciar a los hombres la salvación de Jesucristo, el Hijo de Dios.

 Por ser sordos para con su Palabra, muchos se han convertido en mudos impotentes para decir a los hombres la palabra que quieren y tienen derecho a escuchar de parte de Dios .Es decir no somos capaces de anunciar su mensaje.

 Porque no escuchamos a Dios en actitud de disponibilidad somos incapaces de anunciar al mundo su voluntad de justicia y su amor humano, somos incapaces de denunciar las situaciones que en el mundo contradicen los planes de Dios, todo lo que Él quiere desarraigar y para lo que nos envió a su propio Hijo. Y su Hijo nos ha enviado a nosotros.

“¿Dónde están los profetas que no sean sordos ni mudos?, se pregunta Cantalapiedra en una de sus canciones religiosas. Y nosotros podríamos responderle: sólo donde hay orantes puede haber profetas.

 Allí donde se escucha a Dios, se es capaz de hablar en su nombre, se es capaz de vivir su mensaje, se es capaz de denunciar cuanto retrasa o impide la venida de su Reino. Allí donde se escucha a Dios surgen los profetas.

 Allí donde se ora y donde el hombre supera su sordera, allí también queda curada su mudez que lo encerraba en sí mismo y que lo incapacitaba para vivir y anunciar la Salvación de Jesucristo.

Por eso hoy, para nosotros y para todos los cristianos, debemos pedirle a Jesucristo que repita su milagro, que “nos aparte de la gente a un lado”, que toque los oídos y las lenguas de nuestras almas, que realice el milagro de cambiar nuestros corazones y de superar nuestros egoísmos y que nos lleve a escucharle a Él y a escuchar al Padre para, como consecuencia, vivamos nuestra vocación de profetas y anunciar al mundo la Salvación.

 El emérito Papa Benedicto, desde el mismo día del inicio de su pontificado, nos alertaba del “intento de muchos de silenciar a Dios en el mundo”. Y también de la sordera que existe en nuestra vida cristiana y contemporánea.

Porque, lo malo, no es que existan instituciones, políticas y políticos, católicos y cristianos “duros de oído” para la voz de Dios. Lo malo es que esa sordera no es de nacimiento. El secularismo, el pragmatismo, la simple apariencia, la hostilidad hacia todo lo que “huela a iglesia” o “suene a Dios” ha logrado dinamitar la sensibilidad hacia la experiencia de Dios.

 Por otra parte, si el Señor, se presentase de repente en muchas de nuestras parroquias y comunidades cristianas se encontraría, además, con una enfermedad que debilita o que condiciona la transmisión del Evangelio: la existencia de muchos católicos mudos.

Los creyentes, en el contexto que nos toca vivir, o somos intrépidos a la hora de manifestar nuestras convicciones religiosas o, por el contrario, nuestra fe quedará relegada a un plano peligrosamente intimista. Y, no lo olvidemos, el Señor nos dijo: ¡ID POR EL MUNDO! Desde luego, no nos dijo: ¡ID Y SED MUDOS!

El movimiento se demuestra andando. Y, la pertenencia –entusiasta y real- a la iglesia católica, se ha de evidenciar en una disposición para anunciar el evangelio; para ser portadores y generadores de nuevos cristianos; para no permanecer mudos ante una realidad que intenta poner auriculares al hombre para que sólo escuche el dictado de los poderosos, de los gobernantes o de las presiones mediáticas.

La fe, con movimiento ascendente (hacia Dios) y descendente (hacia el hombre) también se demuestra andando.

Que el Señor, que sigue obrando grandes maravillas y extraordinarios milagros en medio de su iglesia y del medio del mundo, nos haga ser conscientes de que la sordera espiritual se cura con la escucha pausada y reflexionada de la Palabra de Dios.

Y que, por otra parte, nos haga comprender, que el permanecer mudos, no hace si no el ceder terreno para que otros, no precisamente en nombre de Dios, ganen terreno y sean altavoz de otros intereses muy distintos a los que proclama Jesucristo.

¿Sordos o mudos? De vez en cuando….de todo un poco. ¿O no es verdad? ¿Y por qué? Vamos a lo de siempre, porque tenemos miedo de complicarnos la vida por Cristo. O lo que es lo mismo: de ser verdaderos cristianos.

Porque el que no se complica la vida por Cristo, de cristiano tiene poco, aunque sea muy religioso, que no es lo mismo que creyente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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