Ecos del Evangelio

8 abril, 2017 / Carmelitas
El amor es más fuerte que la muerte

DOMINGO DE RAMOS CICLO A 2017

Hemos empezado nuestro encuentro de hoy recordando la aclamación alegre de la gente que, en Jerusalén, recibe con gozo a aquel profeta que llega de Galilea y proclama la Buena Nueva, la vida nueva, el amor inmenso y transformador de Dios.

Nosotros nos hemos unido a aquella aclamación de “Hosanna al Hijo de David” y hemos afirmado que el camino de Jesús nos atrae, nos llama hasta el fondo de nuestro corazón. Hemos afirmado que nosotros queremos seguir este camino, queremos seguir a Jesús, queremos estar con Él.

¿Seguro que queremos estar con Él? ¿Seremos capaces de vivir todos los misterios que se encierran en esta Semana y aplicarlos a nuestra vida? ¿Nos quedaremos tan sólo embelesados y subidos en las palmas bendecidas con las que decimos aclamar a Jesús?

Porque el haber bendecido las palmas no se puede quedar en un rito, o en unos minutos de fiesta. El haber querido venir a bendecir las palmas, significa un compromiso y muy serio con Cristo. De lo contrario, es volver a repetir lo que hizo aquella turba de gente de hace 2000años: alabarle y tenerlo como Rey, y a los pocos días, los mismos, los vemos gritando: “Crucifícalo, Crucifícalo”

No desfiguremos la pasión de Cristo, por favor.

Cinco días separan el domingo de ramos del jueves santo. Cinco días para recordar, rememorar y acompañar a Jesús de Nazaret en su pasión y muerte en Jerusalén -“la ciudad que asesina a los profetas”-, bajo el poder de Poncio Pilato.

Durante estos días saldrán a la calle las procesiones impresionantes de nuestra semana santa, con sus “pasos” y penitentes, y se prodigarán sermones apelando al sentimiento popular. Como si fuera el sufrimiento, el verdadero sentido de la cruz de Cristo, y el cristianismo la religión que invita a los hombres a bendecir el dolor.

Una interpretación masoquista de la cruz traiciona el significado profundo de la pasión y no ayuda en nada a los que sufren, ya que no les promete otra bienaventuranza ni les ofrece más consuelo que el de sus propias lágrimas. Por eso digo que no desfiguremos el mensaje de su pasión.

¿Por qué murió Jesús? Una primera aproximación al misterio que celebramos estos días, debería hacerse escuchando atentamente el evangelio, y descubriendo en el relato de la pasión las causas y motivos que llevaron a Jesús a dar la vida y a sus enemigos a quitarlo de en medio. Y por eso hay que aclarar varias cosas:

1º-Cristo no sufre por sufrir -“Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”. Cristo sufre por amor, Cristo padece y muere voluntariamente, por fidelidad a su misión -“pero hágase tu voluntad”– por coherencia con su mensaje. 3º-Cristo ha venido al mundo para ser testigo de la verdad y la verdad es que Dios ama a todos los hombres, y nosotros debemos amarnos como hermanos. 4 ºEl rechazo de esa verdad es la causa y el motivo por el que sus enemigos lo quitaron de en medio. Espero que quede claro

A Jesús lo acusaron de blasfemar ante el sanedrín, y de ser un sedicioso ante el gobernador romano. Pero detrás de esas acusaciones- una religiosa, la otra política- lo que había era un prolongado conflicto entre Jesús y los dirigentes de Israel: sumos sacerdotes y saduceos, escribas y fariseos, herodianos… y, también, los zelotes y demagogos de un exacerbado sentimiento nacionalista.

Jesús murió, por lo tanto, por enfrentarse a unos y no complacer a otros. Jesús murió por atacar el templo y lo que el templo representaba; por atacar a los señores del templo; por haber enseñado que vale más la misericordia que sus holocaustos; por haberles dicho que el hombre está por encima del sábado; por haber predicado una justicia mayor que la de los dirigentes, hasta el punto de que las prostitutas les adelantarían en el reinado de Dios. Y murió, también, por no responder a las aspiraciones de un mesianismo a ras de tierra y no consentir que lo aclamaran como rey de los judíos. Por eso, paradójicamente, murió como blasfemo y como sedicioso.

Jesús hizo su entrada triunfal en Jerusalén poco antes del desenlace, cuando sus enemigos se habían confabulado ya contra Él y habían decidido su muerte: “conviene que uno muera por todo el pueblo”. En aquella ocasión, en su entrada en Jerusalén, fue aclamado por las muchedumbres y pareció que los ideales mesiánicos revivían de pronto, pero la suerte estaba echada y todas las palabras de Jesús dieron paso al tremendo hecho de la cruz. Traicionado por uno de sus discípulos, no pasarían muchas horas sin que le abandonaran los demás.

Presa de sus enemigos, condenado por el sanedrín y entregado, después, al poder civil, Jesús comparece como una piltrafa, vestido de rey ante el pueblo: “He aquí al hombre”, y contra el hombre solo, la muchedumbre, es decir, un pueblo manipulado. Este pueblo, que le siguió entusiasmado en Galilea, que lo aclamó como Hijo de David en Jerusalén, pide ahora que caiga sobre Él la sangre de Jesús.

Pero la soledad de Jesús no acaba aquí, sino en la cruz. Ahí muere como un excomulgado, es decir, como un arrojado de la comunidad religiosa y fuera de los muros de la “ciudad santa”, y como un ajusticiado de la sociedad civil. Jesús muere alzado en una cruz frente a la Sinagoga y el Imperio, frente al poder.

En la cruz Jesús, tomando las palabras del salmista, dice: “¡Eli, Eli, lammá sabactani!”, es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Hasta este extremo llega la soledad de Jesús, hasta ese extremo su responsabilidad. Irónicamente, Jesús, el Hijo del Padre, muere en lugar de Barrabás, en lugar de un hombre cualquiera y de cualquier hombre. Abandonado del pueblo, muere por todo el pueblo según lo que había dicho Caifás.

Jesús, ajusticiado por el poder, muere contra el poder.

¿Cómo creer que la salvación del mundo está en la cruz? Aquellos que buscan la salvación en la sabiduría humana, los gentiles, verán en la cruz una locura, y los que buscan la salvación en la manifestación triunfalista de Dios, como los judíos, verán en la cruz una debilidad. Para unos y otros la cruz seguirá siendo piedra de tropiezo, escándalo insuperable. Y también lo será para nosotros, si pensamos que la salvación está en la legalidad, en el poder, en la ciencia o en la simple resignación y sufrimiento.

Si pensamos que la salvación está en la riqueza y no en la pobreza: que es desprendimiento y comunicación de todos los bienes, nos equivocamos de plano. Si no creemos que la cruz es una subversión en la jerarquía de valores convencionalmente admitida por los hombres, la misma subversión de valores que predica Jesús en las bienaventuranzas, nos equivocamos de plano. Por eso digo que no desfiguremos ni manipulemos la pasión de Cristo para tranquilizar la conciencia.

Amigos, el tres veces santo, desconcertó entonces y desconcierta ahora

Porque se presentó montado en un humilde asno cuando, como Dios que era, podría haber venido en brillante desfile real. Porque no hace alarde de su divinidad. Porque su gran majestad consiste en servir. Porque sabe que, a la vuelta de la esquina, se esconderán las palmas y los ramos y los cánticos por cobardía, enmudecerán. Porque, humildemente, entró en el mundo en la noche más silenciosa en Belén y, humildemente, quiere salvar al mundo entrando, pobre y sorprendentemente, en Jerusalén. Porque, una mula le dio aliento en la noche más fría de su nacimiento y de nuevo, un asno, le sirve como apoyo compañero y amigo en sus horas grandes y amargas.

El evangelio de la pasión y muerte de Jesús no se anuncia para que aumente el número de espectadores del drama de Jesús. No es una obra de teatro dramática para admirar estos días, sino la cruel realidad que sufrió Cristo para que nos hagamos sus discípulos y le sigamos con la cruz a cuestas, para que respondamos al amor de Dios amando a los hombres como a hijos de Dios.

La Pasión no es historia, es la verdad de cada día. Y sin acudir a sentimentalismos escolares, podemos vernos cada uno de nosotros: o traicionando y negando o ayudando a llevar la cruz; o abofeteando o limpiando el rostro de Jesús; o jugando distraídos a los dados o reconociendo a Jesús como Salvador.

Con su pasión, Cristo nos está dando un clarísimo mensaje: que hay un modo de vivir y de morir que no se perderá jamás en el vacío. Hay algo que es más fuerte que la misma muerte y es el amor.

Así pues, seamos honestos pues para con Jesús y no desfiguremos su pasión y por el contrario vivamos estos días santos, en los que rememoramos lo que Cristo llevó a termino para nuestra salvación. Sí, para nuestra salvación, no lo olvidemos.

 

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