Ecos del Evangelio

2 noviembre, 2016 / Carmelitas
El cielo nos espera

TODOS LOS DIFUNTOS 2 DE NOVIEMBRE CICLO C 2016

Nos reunimos hoy aquí en la iglesia para recordar y para rezar por nuestros difuntos y por todos los fieles difuntos. Lo hacemos con fe y con confianza, porque sabemos que Dios nos ama siempre y nos llena siempre de su amor. Por eso le podemos pedir, con el corazón lleno de paz, que tenga con Él para siempre a los familiares y amigos nuestros que han muerto, y también a todos los difuntos, conocidos y desconocidos, hombres y mujeres de cualquier lugar del mundo, hermanos nuestros.

Este recuerdo y esta plegaria la hacemos en la celebración de la Eucaristía. Jesús se hace presente hoy en medio nuestro con su palabra y con su Cuerpo y su Sangre, que son alimento de vida eterna. Y nosotros nos unimos a Él y renovamos nuestra fe y nuestra esperanza.

El día de nuestra muerte es incierto. Todos sabemos el día que nacimos, pero no sabemos el día que moriremos. Algunas personas mueren jóvenes, otras con edad avanzada, pero todos tenemos el deseo de vivir para siempre. Este deseo, Dios lo ha puesto en nuestro corazón.

Nuestra vida se puede comparar a la vida de los árboles, a los cuales en otoño le caen las hojas ya envejecidas. Parece como si la muerte les hubiera tragado; los frutos desaparecen. Pero después de un largo invierno, la primavera estalla y los llena de vida nueva y exuberante; la esperanza renace y la vida se rehace y se multiplica.

Para nosotros, Cristo es nuestra primavera, nuestra esperanza. Cuando el corazón de una persona amada deja de latir, parece el fin de aquel que ha muerto. Parece que la persona está condenada a la destrucción total, pero nuestra fe en Jesucristo nos dice que la vida de la persona no acaba con la muerte, sino que está destinada a vivir eternamente en la presencia del Señor.

¡ Que la primavera llegará!

Recordemos aquellas palabras de Jesucristo: Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mi aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre (Jn11,25-26).Y aquellas otras: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn14,6).

Nuestra fe en Jesucristo nos ilumina. Esa fe va iluminando la mente y el corazón y vamos encontrando la serenidad que dan la esperanza y la certeza del amor incondicional de Dios, que no nos fallará.

Jesús resucitado es la garantía que la muerte nos abrirá las puertas de la vida eterna con Dios, a todos los hermanos y hermanas. Será el momento del encuentro definitivo con la familia en la casa del Padre, donde viviremos plenamente la comunión de los Santos.

Sabemos que el Padre nos acogerá con los brazos abiertos y aunque, como el hijo pródigo, lleguemos a casa con los vestidos echados a perder y sucios, si nosotros aceptamos su abrazo, su amor nos revestirá de gracia y entraremos a su casa, que también es la nuestra. ¡Porque su misericordia es eterna!

Todos tenemos miedo a la muerte. Jesucristo también tuvo miedo y se muestra nervioso en Getsemaní. Jesús pide que pase ese cáliz Aquel hombre que había recorrido los caminos de Palestina haciendo el bien, curando enfermos, resucitando muertos y poniendo la vida en el corazón y en el cuerpo de las personas, delante de la muerte siente la necesidad de estar solo y a la vez de estar con los más íntimos.

La muerte siempre nos pilla a traición aunque la veamos venir, nos rompe, nos parte, nos lanza preguntas difíciles de responder. En ocasiones incluso nos invita al grito, a protestar contra Dios, a la rebelión… La muerte es “la piedra de toque” de la vida, nos deja absolutamente descolocados.

Hoy pues, es de bien nacidos recordar a los que se han ido. Fueron tantas las palabras que nos dijeron, las ilusiones, sonrisas, gestos y lecciones que nos transmitieron. Tanto si tenían setenta, cincuenta, ochenta o la edad que tuvieran. Incluso conservamos su fotos, y objetos, porque es imposible “si se es bien nacido” olvidarlos, ya sean padres/madres, maridos/esposas, hermanos, etc. ¡Porque el amor hacia ellos no pasa, si es verdadero!

Pero no lo olvidemos: “yo no he visto un camión de mudanzas detrás de ningún cortejo fúnebre”, no nos vamos a llevar nada. Lo que quedará de nosotros será la capacidad que hayamos tenido de amar, esa es la herencia que dejaremos. Al final, Dios nos mirará el corazón y verá si lo tenemos lleno de nombres y apellidos de personas a las que hemos querido.

La muerte nos abre la ventana definitiva a la resurrección. “Antes de nacer estábamos muy bien en el vientre de nuestra madre y algunos se resistían a salir, parecían preguntarse: ¿habrá alguien que me alimente, me acoja, me de cariño y calor cuando salga fuera?, pero tuvimos una madre o padre que nos acarició y nos dio de comer.

Lo mismo pasa con la muerte, nos resistimos e incluso tememos y nos hacemos preguntas, pero siempre al otro lado hay un Padre/Madre que nos acoge y que no es otro que Dios”. En eso consiste la resurrección, nosotros creemos, sabemos, esperamos, que a nuestros difuntos vamos a volver a encontrarlos. Fueron tantas las cosas que no les dijimos, las cosas que no dio tiempo a compartir, que tenemos que estar con ellos. Creemos en ello porque sabemos que Jesús fue el primero, lo sentimos vivo, sin creer en la resurrección, nos diría San Pablo, vana es nuestra fe.

Hoy digamos: padres y amigos, hermanos y vecinos, profesores y sacerdotes, compañeros de trabajo o abuelos, niños y jóvenes a los cuales la muerte os sorprendió y os alejó físicamente de nosotros: descansad, esperad. Desde aquí os acompañamos con nuestro cariño, con nuestra oración y con nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado. Qué bien lo expresaba Santa Mónica, la madre de San Agustín: “Depositad este cuerpo mío en cualquier sitio, sin que os de pena. Sólo os pido que dondequiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor”

¡OS DAMOS LAS GRACIAS, AUNQUE NO ESTEIS FISICAMENTE, PORQUE MUCHO NOS DISTEIS! Descansad, aquellos que –entrada la noche o de madrugada, nos dijisteis un ¡hasta pronto! ¡Hasta el cielo!

Reposad y que, sea nuestra oración, recompensa y tributo por lo mucho que nos distéis.

Si fuisteis padres ¿cómo olvidar vuestro consejo oportuno? Si fuisteis madres ¿cómo no daros las gracias por habernos llevado en vuestras entrañas?

Si fuisteis hermanos ¿cómo dejar a un lado confidencias y juegos, discusiones y anhelos?

¡POCO, SI, POCO OS DIMOS, PARA LO QUE MERECISTEIS!

La experiencia de aquellos que, aún siendo ancianos, no perdisteis nunca la juventud perenne de vuestras almas. El tesón de vuestra fe, religiosos y sacerdotes, para que, nuestra vida, despuntara siempre hacia Dios. La amistad y las confidencias, amigos y compañeros, que supisteis compartir con nosotros ilusiones y sueños. Porque…nos disteis tanto, no solamente deseamos vuestro descanso, sino que anhelamos el día definitivo del encuentro eterno. Rezamos para que, todo lo bueno que hicisteis, Dios lo acoja con cariño y ternura de Padre. Oramos para que, Aquel que nos dio la vida, lejos de olvidarse de vosotros y de los que vivimos aun muriendo, llegue la hora, para que un día suene la trompeta festiva, nos levante a todos del silencio que humilla y nos demos el abrazo definitivo y eterno.

¡ES IMPOSIBLE OLVIDAROS!

*En el corazón, vuestra imagen permanece viva.*En el alma, la fe nos dice que nos aguarda un mañana.*En la oración, os acompañamos en vuestro viaje * Y nuestros más vivos deseos de saber que, tarde o temprano, correremos igual carrera hacia la misma meta: ¡DIOS¡*Gracias…descansad y pedid por nosotros.

¡HOY ES UN DIA, EN QUE LOS QUE MARCHARON NOS HABLAN DE MANERA ESPECIAL Y NOS DICEN:

*Recordad los momentos que juntos pasamos pero, pedid a Dios, que nos haga coincidir en la eternidad.

*No os dejéis seducir por el olvido, por la ingratitud y el paso del tiempo. *Llenad los días de vida y de oración.

*Hoy, aun con los ojos cerrados, quisiéramos permanecer vivos en el latido de vuestros corazones.

*Pedid, a Dios, que mantenga despierto vuestro gusto por el camino del cielo.

*Guardad respeto a nuestra memoria y, si existe un palmo de tierra libre, dejad que descansen nuestros restos como testimonio de que, un día, ahí y entre vosotros estuvimos vivos.

*No lloréis si no son lágrimas de amor. No queremos lágrimas de cocodrilo, sino vuestro amor hasta que nos volvamos a ver.

*No adornéis nuestra última morada con flores si, a continuación, no van acompañadas de sinceras y profundas oraciones.

Porque la flor, aun teniendo aroma, desde este lado no se siente.

Porque, la flor, siendo adorno su belleza, hasta el cielo no alcanza.

Porque, la flor, de vez en cuando esconde o disimula alguna que otra espina, que, en vida, se hizo excesivamente punzante

SI TENÉIS FE, NOS DICEN…………………

Creed que, este compás de silencio, es antesala de una gran sinfonía celeste. Creed que, este compás que nosotros estamos, es pregón de otro que también vosotros daréis hoy, tarde, pronto o pasado mañana. Creed que, Dios, es más grande que la muerte. Creed que, Cristo, la venció y la sometió. Creed que, más allá de esta muerte que nos separa existe una inmensa plaza que, antes o después, a todos abraza: la eternidad.

SI TENÉIS FE….Demostrarla amando. Porque solo así nos uniremos el día que Dios quiera. Os esperamos. AMEN

 

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