Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
El corazón misericordioso no condena, sencillamente acoge y humaniza

El Evangelio de este domingo nos pone en el banquillo del juicio, para juzgar o para ser juzgados, al menos es lo que pretenden los escribas y fariseos cuando colocan en medio a la mujer pecadora; exhibiendo su gran pecado, su impureza y su suciedad delante del pueblo. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio. Sin embargo, Jesús no entra en el juego, no se hace un juez más, por el contrario, cuestiona al tribunal de turno y lo hace abandonar.

En muchas ocasiones, nosotros tomamos ésta postura farisaica cuando estamos delante de alguien que, según nuestro criterio, está trasgrediendo la ley o no cumple con lo que está establecido. Con facilidad juzgamos y acusamos con intransigencia a nuestros hermanos, los apartamos y los exponemos al escarnio público. Nos refugiamos en la fachada de la ley para encubrir la falta de caridad y el vacío de Dios que tenemos en nuestro interior. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?.

Jesús nos descubre, mediante la pedagogía más sencilla, la manera de cuestionar nuestra propia actitud de jueces delante del pecado de nuestros hermanos, ¿y tú estás libre de pecado?

Si soy capaz de responder con honestidad a esta pregunta sabré situarme en el lugar del otro; una vez, me reconozco pecador estoy en condiciones de aceptar el pecado de mi hermano, sin escandalizarme. Reconocer mis limitaciones me hace solidario con la fragilidad del otro.

EL amor expresado en cada gesto de Jesús llena de sentido la vida de la mujer, quien ahora se siente renovada, perdonada y amada. Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Cuando dejamos que el amor de Dios se manifieste a través de nuestra mirada, nuestras palabra y nuestra acogida, creamos verdaderos espacios de encuentro, de perdón y de renovación. Cuando renunciamos a ser los jueces de nuestro prójimo y nos convertimos en verdaderos portadores de esperanza y de vida.

Hna. Duby

 

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Carmelitas de San José

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