Ecos del Evangelio

3 marzo, 2017 / Carmelitas
El hombre solo debe adorar a Dios, a Él sólo debe servir a través del servicio a los más pobres y necesitados.

DOMINGO I DE CUARESMA CICLO A 2017

Siempre, cada uno de nosotros, en cualquier edad de su vida, está en camino, hace camino. Pero, sorprendentemente, no siempre avanzamos: a veces retrocedemos. Porque el camino de cada uno de nosotros -pequeños jóvenes y mayores- debería llevarnos cada vez más a tener una mayor madurez de amor en nuestra vida, una mayor profundidad de verdad en nuestro pensar y obrar… Y, como comprobamos, no siempre es así: con frecuencia, en vez de avanzar, retrocedemos, o -por lo menos- nos quedamos parados, como si ya tuviéramos en nosotros bastante amor, bastante verdad, bastante bondad y generosidad.

El tiempo de Cuaresma que iniciamos es una invitación a revisar cómo va nuestro camino. Es, sobre todo, una invitación -una invitación de Dios, evidentemente- a llenarnos de esperanza en la posibilidad que todos debemos de avanzar más y mejor por nuestro camino de cada día, para vivir más abiertos a la verdad, más penetrados de amor, más transparentes a la bondad. Es decir, más abiertos al Padre, más cercanos a Jesús, más confiados en el Espíritu Santo.

A veces se ridiculiza la Cuaresma -quizá porque en otros tiempos se entendió mal lo que significaba- y se la presenta como si fuera sólo un tiempo de privaciones y sacrificios más o menos impuestos y sin sentido. Como si fuera un tiempo de muerte. Y es -y debe ser- todo lo contrario: un tiempo de vida, de renovación, de esperanza, precisamente porque es para nosotros -para los creyentes en Jesús- el tiempo de preparación hacia la gran fiesta de la Pascua, celebración de la gran victoria sobre la muerte, la gran victoria sobre todo lo que hay en nosotros de mal, de falta de vida auténtica.

Si durante estas semanas sabemos privarnos de esto o de aquello, no lo hacemos porque sí, sino porque creemos que nos ayudará en nuestro camino de renovación, de mejora. Por ejemplo: si decidimos ayunar un poco de la televisión, no lo hacemos porque pensemos que es malo verla sino porque necesitamos algún espacio más de silencio, de tranquilidad, de oración, de lectura del Evangelio…, en nuestro camino de preparación hacia la Pascua.

Hemos escuchado en la misa de este primer domingo de Cuaresma dos narraciones de tentaciones. Dos narraciones tejidas de lenguaje simbólico, es decir, que no se han de interpretar literalmente. Pero dos narraciones llenas de contenido.

En la primera, los protagonistas son Adán y Eva. En ellos estamos simbolizados todos nosotros (significativamente el texto que hemos escuchado hablaba de “el hombre” y de “la mujer”). Simboliza lo que decía al comienzo: todo hombre, toda mujer, está en camino, hace camino, pero no siempre avanza, en ocasiones retrocede (o si queréis, equivoca el camino).

Dios nos ha dado el gran don de la libertad y por eso siempre tenemos la posibilidad -la tentación- de no avanzar, de elegir un camino equivocado. Dios nos ha comunicado su “aliento de vida” al que podemos ser fieles y tener en nosotros cada vez más vida, pero también podemos ceder a la tentación de alejarnos de su vida -quizá con el pretexto de buscarnos nuestra vida- y así entra algo o mucho de muerte en nosotros.

La segunda narración nos hablaba -también con un lenguaje lleno de símbolos- de las tentaciones de Jesús. Es posible que nosotros tendamos a olvidar que Jesús, como hombre que también era, debía necesariamente pasar por la tentación, no sólo en este momento del inicio de su misión pública, sino en toda su vida (hasta el umbral de su muerte, en el huerto de Getsemaní, hasta en la misma cruz cuando se sintió abandonado por su Padre).

Debió convivir con la tentación, ya que como todo hombre hubo de hacer su camino; incluso podríamos decir que fue más tentado que nadie, ya que su camino fue el más difícil, el que fue más allá, el que tuvo más verdad y amor y bondad y generosidad.

Según la narración de Mateo, a Jesús se le ofrece abundancia para Él (podría convertir las piedras en pan); triunfo para Él (ser sostenido por ángeles al tirarse del alero del Templo); poder para Él (“te daré todos los reinos del mundo”).

Jesús no quiso convertir las piedras en pan para Él, pero luego multiplicó unos panes para alimentar a los demás. Jesús no quiso bajar gloriosamente del alero del templo, como no quiso bajar de la cruz, porque su camino fue compartir su vida con los sencillos, con los pobres, con los pecadores. Jesús no quiso arrodillarse ante ningún ídolo, ante ningún poder de este mundo, pero sí se arrodilló antes sus doce discípulos para lavarles los pies. Así Jesús, fiel y obediente a la voluntad del Padre, avanzó por su camino y nos dejó camino abierto para que también nosotros le sigamos.

Estamos en un momento decisivo para la fe. Al igual que a Jesús, también a nosotros constantemente, desde muchos aleros del mundo, se nos invita a desertar. Al abandono. A la duda. A seguir a Cristo compatibilizándolo con lo que sea (por eso hay tantos cristianos que no se diferencian de los que no lo son. Se nos enseña todo un mar de libertades, cuando en realidad, luego todo aquello se convierte en un fango de esclavitud.

No hay día, y todos somos testigos de ello, en que no asome una tentación por algo, de alguien y con algo. ¡Tentados a todo, menos a lo más importante! ¿Por qué será, que en cambio, no somos tentados a permanecer firmes en nuestro amor a Dios? ¿Dónde está nuestro amor primero? ¿Dónde han dejado muchos a Dios?

Y es así. Dios, siendo el centro de todo; del universo, de la tierra, y del mismo hombre, es sometido una y otra vez al intento sistemático de alejarlo del mundo. Muchos, si pudieran, lo llevarían precisamente… a un desierto. A un paraje donde, por falta del alimento de sus adoradores, cayese en el olvido o en las garras de la misma muerte. ¡Pero no!

Dios ha elegido la respuesta a tanta ingratitud. Y el Dios, que desde nuestros primeros padres nos regaló el don de la vida, inventa la mayor locura: mi Hijo vencerá al odio, a la muerte, a la incredulidad, a la mentira y a todo lo que se interponga entre el hombre y yo.

Las tentaciones de Jesús son las tentaciones de cualquier hombre normal. Y la respuesta de Jesús es clara:

-Alimentarse sólo de las cosas de la tierra no lleva a la felicidad. El hombre no se puede contentar con la materialidad de la vida. Si lo hace tendrá siempre hambre insaciable y caminará siempre cojo, o se derrumbará como muchas veces pasa con frecuencia.

-El hombre no está hecho para poner a Dios a prueba. Lo que importa es vivir en comunión con Dios. Eso sí. Como un hijo. En confianza absoluta. Cuando el hombre se mide con Dios, lo único que hace es tomar distancia de Dios.

-El hombre no está hecho para adorar a nadie que no sea Dios. Los ídolos y los demás hombres, hombres e ídolos son. El hombre solo debe adorar a Dios, a Él sólo debe servir a través del servicio a los más pobres y necesitados. Cuando estas cosas no se dan, lo único que pasa es que el hombre pone en juego su propia identidad.

La gran tentación del diablo es siempre la misma, la que ya dirigió al primer hombre en el paraíso: “serás como Dios”. Y no hay manera de ser como Dios que no pase por imitar lo que ha hecho Jesús de Nazaret: arrodillarse delante de los hermanos para lavar los pies de los discípulos. Esa es la única manera de llegar a ser como Dios. Convertirse es comprender esto. Y sin conversión ni hay Pascua, ni hay crecimiento en el seguimiento de Cristo.

En una palabra: Jesús nos recuerda que cuando decimos que creemos en Dios, eso solo es verdad, cuando se hace su voluntad, como rezamos en el Padrenuestro. Y por eso precisamente no se puede invocar el nombre de Dios, como soporte de mezquinos proyectos y de pequeñas codicias terrenas, aunque enmascaradas “con buen fin”, y disfrazadas con motivaciones religiosas.

Jesús nació vivió y murió para cumplir la voluntad de Dios, para que aprendamos que, si situamos a Dios en el centro de nuestra vida, nunca nos faltará nada. Pero si, por el contrario, lo colocamos en la retaguardia de nuestra vida perderemos, no solamente el primer partido de nuestra existencia sino que, además, pondremos en peligro aquel otro segundo de la eternidad.

Este tiempo de Cuaresma es para reconocer que:

*Sin saber cómo ni por qué, hemos dicho “si” a lo que nos degrada. Nos prometen ser más felices lejos de Cristo y vemos cuan desdichados son los que de Cristo se apartan.

*Nos señalan que, con pan, vino y dulce no tendremos necesidad de más sustento pero, con el tiempo aprendemos que, el dulce empalaga, el vino embriaga demasiado y el pan se endurece sobre la mesa. Sólo Cristo, conserva la frescura, es algo siempre nuevo y, en su Eucaristía, permanentemente tierno.

*Conocerle de verdad merece la pena. Servirle en medio de la lucha de cada día es un gozo, porque al final el nos ayuda a salir victoriosos de tantas dudas como siembran en nuestro interior.

*La Cuaresma- en definitiva, como nos dice el Papa- es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. No la desaprovechemos un año más.

 

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