Ecos del Evangelio

27 julio, 2017 / Carmelitas
El Señor es mi tesoro

DOMINGO XVII T.O. CICLO A 2017

No creo que la división de la sociedad en conservadores y progresistas refleje la realidad. Aparte de ser dos banderas externas para que el personal se aliste en uno u otro bando, en la praxis unos y otros coinciden en usos, modos y maneras. Y si en el conservadurismo puede haber un fondo de falta de conversión(siempre se hizo así), también el progresismo puede esconder la intención de aparentar convertirse pero a la hora de la verdad nada de nada.

No os engañéis, tanto unos como otros, adoran en la misma catedral los mismos becerros de oro: dinero, poder y placer.

El dinero, verdadera polución atmosférica que intoxica a la persona sin que se dé cuenta, pulpo de infinitos tentáculos que llegan a aprisionarlo todo.

El poder que corrompe: sacrifica, sin escrúpulos, personas, familias, derechos humanos, libertad y bien común. Funciona como un severo puño de hierro, aunque a veces use, para dulcificarse, mullidos guantes de esponja.

El placer, agazapado tras el eufemismo del bienestar, alcanza esta impresionante y preocupante cota: importa más “tener más placer” que “ser más persona”. (…)

Quizás os preguntéis que tiene que ver este comentario con el evangelio de hoy, con el Reino de Dios, y, sin embargo, al discípulo, al cristiano -no huido del mundo sino inmerso en el asfalto- se le pide que su escala de valores arranque del Reino de Dios, y que luche por “hacerse con lo que tiene verdadero valor”, que compre el tesoro, que encuentre la perla fina.

Esta es la gran tarea y debe ser el compromiso del cristianismo actual: convencer-no con palabras sino con obras- que lo verdaderamente importante es hacerse en la vida con el tesoro que es Cristo y su Reino. Esa tarea es imposible para el cristiano de hoy día si no se está previamente enamorado de Cristo.

Dios, Cristo, es el tesoro del hombre y el mejor que conoce nuestro corazón, mejor que nosotros mismos. El corazón errático del hombre, su voluntad, puede en estas circunstancia fijarse en cualquier cosa y agarrarse a ella como si ya hubiera encontrado. Pero no es esto.

El tesoro del hombre no es cualquier cosa. No es, desde luego, lo que uno atesora con su trabajo y guarda después en la caja fuerte. No es la riqueza, ni el éxito, ni el poder… No es nada que el hombre pueda alcanzar por sí mismo y sólo para sí mismo. Sino gracia… Porque es el mismo Dios.

El mismo Dios se ha hecho el encontradizo en el hombre y para el hombre, aquí, en medio de nosotros. Porque Jesucristo es el “lugar” de Dios. Y el hombre -el otro, el pobre, el hermano- es el “lugar” del encuentro con Jesucristo.

El que encuentra ese tesoro escondido está dispuesto a dejarlo todo por Dios, por Jesucristo, por el hombre. Y a dejarlo con inmensa alegría. No es que lo dé todo a cambio de lo que es inapreciable, sino que ordena todo lo que tiene y todo lo que es en atención a lo que vale de verdad. Y de esta suerte, él mismo queda libre de todo a lo que estaba sometido.

Este es un hombre agraciado por el Amor, un hombre libre para amar a los otros. Un hombre libre para dar la vida y lo que es menos que la vida, libre así para ganarla. Y todo tiene sentido para él, porque es un hombre que sabe ya dónde tiene el corazón. Por eso se llena de inmensa alegría.

Por el contrario se suele decir que lo que más vale es lo que más cuesta. Pero tal identificación es sólo prejuicio mercantilista. Porque en este mundo lo único que cuesta es el dinero. La mayoría dispensan mayor fe al dinero que a cualquier otra cosa. Y ese ídolo hace que la fe en Cristo y su mensaje quede relegada solo para ciertos eventos u ocasiones , si es que queda, porque muchos directamente la abandonan.

Con el dinero hemos puesto precio a cada cosa, y así, todo está perfectamente apreciado. Pero también y progresivamente va resultando todo depreciado, envilecido, despreciado. Por eso, lo que no tiene precio lo menospreciamos. No dudamos en sacrificar vidas humanas para mantener el orden, como no dudamos en polucionar el aire o contaminar las aguas con tal de expansionar la industrialización.

Lo que más vale, por paradójico que parezca, no es lo que más cuesta, sino lo que cuesta menos, lo que no cuesta nada, lo que es gratuito. Lo que más vale es la vida. Y todos la hemos recibido gratis, cuando no teníamos ni dos reales en el bolsillo.

¡Si pusiéramos igual empeño, a nivel público y privado, por conseguir la justicia, la igualdad, la fraternidad; por hacer posible la vida, la alegría, el gozo, la amistad! No queremos entender que todavía hay cosas que no se compran con dinero. Y precisamente eso es lo que más vale, porque no cuesta nada. ¡Es gratis. Es gracia!

Por eso os invito en este domingo a que reafirmemos nuestra fe en Jesús. A que le digamos: ¡Eres lo más valioso! ¡Lo demás al lado tuyo es bisutería!

Para ello os invito en el Día del Señor a que nos vean contentos y alegres de ser cristianos. Es decir; que se nos note. Que no nos disfracemos con el mismo traje de luces que visten los incrédulos, los agnósticos o los ateos. Si somos de la peña de Jesús ¿no os parece que hemos de vestir el traje de fiesta?

Que el Señor, en este domingo, nos haga limpiar más aún ese gran tesoro de nuestra fe. Que todos los domingos dejemos, en segundo lugar, esos pequeños caudales que todos tenemos (ocio, deporte, monte, playa, etc.) y vayamos en , en primer lugar, en busca del gran tesoro que es Cristo en la Eucaristía, en la oración, en el sacramento de la penitencia o en la caridad con los demás.

No se es seguidor de Cristo-por muy bautizado que se esté- si con excusas , justificaciones y compromisos- dejamos la celebración del Día del Señor para ultima hora si es que lo hacemos.

SI, EL SEÑOR EL MI TESORO

He caminado durante mucho tiempo.

Me he detenido en infinidad de escaparates.

He comparado precios y calidad.

Y, te confieso, Señor, que como Tú, no hay nada.

Me detuve en una gran hacienda y, no me aseguraron, ni un solo año más en mi vida.

Pero, al acercarme a un trozo de tu tierra he comprobado, que tu tesoro, es lo más grande….y me basta.

Ayúdame, Señor, a no buscar los tesoros del mundo y, en cambio ,mi Señor, enséñame a descubrir los que Tú desde el día de mi Bautismo me diste en el hondo de mi corazón.

Ayúdame Señor, porque, sin quererlo, soy demasiado ciego para dar con tu tesoro.

Mira que, como humano, abro los ojos ante el encanto del diamante, el topacio o la simple plata. Pero, te confieso Señor, que, poniéndolo todo encima de mi mesa no hay tesoro como el tuyo:

¿Quién me dará la vida?

¿Quién me dará un futuro?

¿Quién me dará amor sin medida?

¿Las riquezas o tu rico amor?

¿La apariencia o la fe?

Eres mi tesoro, Señor, y, te confieso, que me bastas.

Eres mi tesoro, Señor, y desde que te descubrí he aprendido, entre otras cosas,

lo siguiente: merece la pena vender parte de mi tiempo, de mis afanes y de mis jornadas, de mis ilusiones y de mi temperamento, para no perderte en mi trayecto.

Mis ojos, muchas veces no te ven, porque andan distraídos ,porque prefieren verse seducidos por el gran capital que el mundo oferta .

Mis manos, muchas veces disfrutan mucho más, cuando acarician los lingotes del oro del bienestar de lo que cuenta y vale en la sociedad del prestigio o del dinero del buen nombre y buena vida…sin mínimo esfuerzo.

¡Demasiado bien sé dónde se encuentra tu tesoro!

En el silencio, que tanto hiere porque tanto me dice.

En la humildad, donde la pequeñez tanto me asusta.

En la sinceridad, que me convierte en diana de tantos dardos.

En la fe que es llave para poder amarte y descubrirte.

En el amor que es bono seguro que cotiza en el cielo.

En la humildad, para no convertirme en algo vulgar y solitario

Necesito , en definitiva ponerte en el lugar que te corresponde: en el centro de mi vida, y en la vida de los demás pero Tú sabes, que sin tú ayuda no puedo.

 

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