Ecos del Evangelio

7 enero, 2017 / Carmelitas
Eres mi Hijo Amado

EL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO A 2017

Con el bautismo empieza la vida pública de Jesús, pero es mucho más que una presentación en público, aunque esto también lo sea. La apertura de los cielos, la presencia del Espíritu de Dios sobre Jesús, y concretamente la proclamación especial de la filiación divina y amorosa de Dios, convierte el bautismo de Jesús en una acción totalmente singular.

Jesús con el bautismo asume así la condición humana con todas sus consecuencias y la asume porque Dios así lo ha dispuesto. Este va a ser el sentido de su vida, su trayectoria y el modo de llevar a cabo su misión. Esto va a ser causa de tentación para el pueblo de Israel y para el mismo Jesús. A continuación de esta escena en el Evangelio de Mateo se narran las tentaciones.

En esta escena del bautismo de Jesús queda marcado el estilo de la vida de Jesús. La ayuda de Dios no va a ser milagrosa y excepcional y Jesús empezará muy pronto a sentir en carne propia el zarpazo de la maldad y violencia humana hasta llevarle a la cruz. Es el camino querido por Dios y aceptado por Jesús. En los comienzos se adivina el final. Encarnación, solidaridad, humillación, cruz, son los jalones que marcan la ruta de este bautismo inicial.

Dios tal vez pudo escoger otros caminos, lo que está claro es que escogió éste para ayudar y salvar al hombre. Los discípulos, por su parte, deben seguir e imitar al maestro.

-“ESTE ES MI HIJO AMADO”. Escuchad a éste, seguid a éste, son las palabras del Padre, de Dios. Para un cristiano, de hoy y de todos los tiempos, esta es una indicación bien precisa para evitar andar por las ramas y no poner la fe en cosas accidentales o equivocadas. La esencia del cristianismo es la persona de Jesús y preceptos y prácticas pueden ser una justa consecuencia pero nunca el centro y esencia.

En una verdadera evangelización, de la que tanto se habla, el encuentro con la persona de Jesús es lo definitivo, inexcusable e imprescindible Lo mismo tenemos que decir de la homilía y de toda catequesis. No sirven solo cuatro palabras pietistas y enseñar unas oraciones que se olvidan al otro día de las primeras comuniones. Se trata de enseñar a encontrarse con la persona de Cristo Y, como esto no se hace, por eso la pastoral sacramental es un fracaso.

Nadie esperaba un Mesías procedente de una oscura aldea de Galilea. Nadie aguardaba a un Mesías que se sometiera a un bautismo de penitencia, participando en el movimiento de conversión de su pueblo. Sin embargo, en este pobre galileo es donde se hace presente la acción salvadora-liberadora de Dios, la acción definitiva y para todos. Y es en una profunda actitud de solidaridad con el pueblo pecador, y en búsqueda de un futuro mejor, como se revela esta acción.

Un joven que percibe la gran esperanza del pueblo sencillo, fruto de la gran esperanza que hallaba en las Escrituras; y que ve malparada por la traición de los poderosos y por la instalación de los clérigos, que usaban la religión para su lucro personal, mientras el pueblo estaba abandonado a su suerte. Y siente la llamada del Padre al ver un pueblo sin pastor (Mc 6,34). Y va a dedicar toda su vida a liberar a ese pueblo.

Jesús de Nazaret aparece aquí como el Mesías rey, sacerdote y profeta, las tres funciones más nobles de la sociedad antigua: rey, llamado a vivir en la libertad; sacerdote, llamado a vivir en comunión con Dios; profeta, llamado a conocer el sentido profundo de la historia, interpretándola según Dios.

Recibiendo el bautismo de agua, Jesús se hace solidario de los pecados del pueblo y de todos los hombres; y se hace solidario de todos los que luchan por un mundo mejor. Toma sobre sí el pecado del mundo y abre, a todos los que quieran seguir el ejemplo de su vida, el camino a la salvación-liberación de todo tipo de esclavitudes.

Jesús no viene desde fuera para decirnos lo que hay que hacer, sino que asume desde dentro, hace suyo, todo lo que es la vida de los hombres: el mal, el pecado, el dolor, la limitación… Y asumiéndolo, nos posibilita para vivir una vida distinta, purificada y liberada. Nos hace descubrir que los hombres llegamos a construirnos viviendo para los demás.

Jesús no hizo como si fuera pecador -no tenía pecado (Heb 4,15)-. Vino a vivir sin más una vida humana, para enseñarnos a amar en el sufrimiento, en la lucha contra la injusticia, en la humillación. Para enseñarnos a amar incluso cuando nos creemos que ya sabemos hacerlo

Jesús nace, en el bautismo, como enviado de Dios. Desde él se siente llamado a dedicar su vida entera a dar a conocer el amor del Padre a todos los hombres.

Hasta este momento, Jesús, con su vida sencilla, trabajando y rezando en medio de la gente de su pueblo, se había preparado para escuchar la llamada del Padre. Desde su bautismo, el Espíritu le conduce a anunciar a los hombres, a todos, con la Palabra y el ejemplo de su vida, la llegada del reino de Dios.

Y Jesús consume toda su vida “haciendo el bien y curando a los oprimidos” (He 10,38), único camino para ser hombre. Y lo hará desde dentro, desde la pobreza de la condición humana, sin valerse de ningún poder más allá del amor y del esfuerzo constante: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente la justicia, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra”

Y asumiendo totalmente nuestra condición humana, nos manifestará el camino de Dios, nos mostrará quién es Dios y hacia dónde quiere conducirnos. El Espíritu entró en Él hasta convertirlo en el Hombre nuevo, en el Hombre para los demás.

El bautismo de Jesús y la misión que inició después deben hacernos pensar en los sacramentos de la iniciación cristiana: nuestro bautismo y confirmación.

Nuestro bautismo es signo de nuestro compromiso de querer vivir según el camino que nos marcó Jesús, camino de justicia y libertad, de amor y paz.

Recordemos el bautismo que la gran mayoría de cristianos han recibido y, otros tantos hoy, lo siguen recibiendo. Lo hacen, al igual que la botadura de una embarcación, rodeados de flores y de focos, de luces y de fiesta. Mi pregunta es: ¿Y luego?… ¿Nos adentramos en la misión de todo cristiano o nos quedamos en la orilla de ese bautismo? Malo será que pongamos tanto énfasis en el momento del “chapuzón sacramental” que nos olvidemos del horizonte que nos exige y al que nos llama.

Porque, en realidad, el bautismo no se queda en el agua que cae sobre nuestras cabezas. Continúa y se consolida en el día siguiente cuando, sintiéndonos hijos de Dios, trabajamos para que su Reino sea una pronta realidad en nuestra tierra. Es como aquel puente que no se sabe si es bueno o malo, si está bien o si tiene carencias hasta que no se pone a prueba su resistencia.

Porque, en realidad, el bautismo que recibimos no acaba cuando somos inscritos en el libro de los elegidos y, en cambio, si empieza cuando nos comprometemos llevando con nuestras manos la luz de la fe a todos los que nos rodean y, por supuesto, creciendo interiormente en la de cada uno.

Esta es la gran decepción a la que asistimos, con cierta impotencia, sacerdotes y evangelizadores: un bautismo que se queda en el puerto de los que nunca quisieron emprender el camino, ni interesarse por la fe que en él y con él recibieron. Se quedaron encasquillados y contentos en un rito sin más consistencia que la excusa para un encuentro familiar, con unos padrinos sin más garantía que el cumplir con un papel testimonial y puntual.

Que este tiempo ordinario que iniciamos después de la Navidad sea una llamada a recuperar el brío y la autenticidad de nuestro bautismo: hemos sido bautizados no por exigencia de un guión social donde nos debatimos, sino como una llamada a ser hijos de Dios, a formar parte de su iglesia y a dar razón de El allá donde haga falta.

Nunca como hoy la iglesia, y Dios mismo, necesitan de bautizados entusiastas que sepan lo que se llevan entre manos; de que sean conscientes, que el Bautismo, implica un andar por los caminos de la vida con la mentalidad de Cristo.

Quien se sumerge en un río sale a la fuerza empapado por sus aguas. Quien se integra en la vida de Cristo sale por los caminos de la vida sabedor que hay un carné de identidad, ser cristiano, que no se puede guardar como se guarda un simple título.

 

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