Ecos del Evangelio

7 junio, 2019 / Carmelitas
Experiencia de Pentecostés

 

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos”

 

¿Cómo he sentido esta misión de Jesús en mi vida?

 

Entiendo que, como los apóstoles después de Pentecostés, no me puedo quedar escondida, pasiva o a la expectativa ante la realidad que vivo, puedo comprender que testigo representa dar fe de Jesús con mis actos, con mis acciones.

 

¿Pero cómo comprender la acción del Espíritu Santo sin conocerlo? En algún encuentro, escuché hablar del Gran Desconocido, que se entiende como la relación del Padre con el Hijo, pero que es más, representa también el vínculo entre los cristianos; escuché hablar de la fuerza que produce cuando con fe se invoca y se confía en la promesa de: “donde dos o más estén reunidos en mi nombre…”

 

Es una invitación enorme, exigente, fuerte, pero a la vez tan dulce, tan abierta a la confianza y a la fe, que poco a poco, a manera de ejercicio, la pongo en práctica; cuando se cree en la presencia del Espíritu en los demás, el ambiente y la atmósfera de familia es palpable, siempre y cuando también, como Jesús, esté dispuesta a morir a mi YO, para dejar ser al OTRO, y entonces sí, pueda hacer un vacío en mí para escuchar al otro, para recibirlo, para se siente la fuerza del Espíritu que me permite salir de mí para pensar en el prójimo.

 

Este ejercicio es de todos los días, de cada instante, alienta mis mañanas, me ayuda plenamente a confrontar mis deberes y responsabilidades, los conflictos, los desacuerdos, los malos entendidos y a la vez también a reconocer a Dios en los regalos, en pequeñas frases extraídas del Evangelio que trato de vivir cada día, en detalles que percibo en la naturaleza, en los niños, en las personas que encuentro, en mi esposo, mi familia, los amigos, viendo a cada uno como un don para mí, que tienen algo que decirme y de cuales siempre puedo aprender.

 

Un regalo grande es el compartir esta experiencia con mi pareja, pues veo el reflejo de lo que deseo vivir en él, qué mejor ejercicio que aprender a morir a mí misma para darme cuenta de lo que necesita, de lo que le apremia, de lo que le alegra, lo que le genera dificultad, también de morir a mí misma para estar abierta a recibir de él lo que me desea compartir. Repito que es un regalo grande porque él comprende y vive esta experiencia de donación, de manera que es más fácil para mí aprenderlo y vivirlo también.

 

Con estas experiencias me es más fácil reconocer al Espíritu Santo que invoco de forma coloquial, al que le planteo mis aspiraciones, los retos que afronto, las dudas que me llegan pero al que también le agradezco su luz y entendimiento.

 

Entiendo entonces que mi misión, como apóstol, es ir al encuentro del otro, y no necesariamente con actos heroicos, sino con acciones cotidianas. ¿Cuál es el mayor reto que presento? Hacer silencio en mí, para entonces poder escucharle y poder actuar.

 

 

María del Rocío Gabriela Ayala Zapata
IRC Junio 2019

 

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