Ecos del Evangelio

30 diciembre, 2016 / Carmelitas
FELIZ AÑO SI SABES …

SANTA MARIA MADRE DE DIOS CICLO A 2017

Celebramos en esta fiesta la asombrosa cercanía de lo humano y lo divino, tal como se dio en esta mujer sencilla: María; no tanto en su vientre, sino en su espíritu. No es la carne y la sangre lo que importa, sino la mente y el corazón.

Dios se entrañó en María, pero María quedó totalmente entrañada o impregnada o preñada de Dios. A la vez que la madre alimentaba al hijo que llevaba en las entrañas, estaba siendo ella alimentada por el Espíritu del propio Hijo. María preparaba al hijo un vestido de carne, pero el hijo le bordaba a ella un vestido de divinidad.

Lo importante, pues, del misterio de la maternidad divina, mirándolo desde el lado de la madre, es que se produce una simbiosis entre Dios y ella; simbiosis progresiva que no dura sólo nueve meses sino toda su vida. María no fue madre de Dios por los meses de gestación y lactancia, sino que se fue haciendo madre de Dios según se iba ella alimentando de la palabra y del Espíritu de su hijo.

Como todos los misterios de María, también éste es motivo de esperanza para nosotros. Ella es anuncio de otras posibles maternidades divinas. La maternidad divina de María no es gracia exclusiva para ella. También nosotros podemos llegar a ser «Madre de Dios». Lo dijo el mismo Jesús: «Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen».

Podemos ser «Madre de Dios», si escuchamos y acogemos su palabra, si la entrañamos en nosotros, si la hacemos crecer y la vivimos, si ofrecemos los frutos que vaya produciendo. Es toda una gestación y alumbramiento de la palabra. Podemos llegar a ser «Madre de Dios», si acogemos su Espíritu y nos dejamos impregnar por él, si llegamos a sintonizar con sus deseos y mociones, si nos comunicamos íntimamente con él. Podemos llegar a ser «Madre de Dios», si ponemos nuestra voluntad y todo nuestro ser a su disposición y servicio.

El Señor que decidió hacerse hombre entre los hombres, quiso hacerlo a nuestro estilo, naciendo de mujer, como subraya S. Pablo, para elevar a una criatura al rango de Madre de Dios. Por eso, por habernos dado como fruto de su vientre a Jesús, Hijo de Dios, todos los hombres hemos sido encumbrados con la categoría de hijos de Dios por María. De suerte que ella es también Madre nuestra. Y es reina de la paz, porque la paz es el Hijo de sus entrañas y paz es su maternidad sobre el género humano.

Reina de la paz es la última de las advocaciones con que la festejamos, tras el rosario, en una inacabable letanía de invocaciones. La paz, como la creación entera, es gracia de Dios que se nos ha confiado para que la gestionemos, la realicemos y la disfrutemos. De ahí nuestra responsabilidad.

Durante miles de años, el hombre ha ido cobrando conciencia de su poder, recibido del creador. La ciencia y la técnica, obra de nuestras manos por la gracia de Dios, nos ha posibilitado enormemente esta tarea. Cada día mejora nuestro conocimiento del mundo y de las posibilidades que encierra para nosotros.

Podríamos haber diseñado un mundo y una sociedad feliz, en paz, pero nos ha faltado buena voluntad. Y el resultado es nuestra frustración. No hay paz, porque estamos en deuda con una naturaleza que hemos explotado y maltratado absurdamente. No hay paz, porque nos hemos repartido desigualmente y por la fuerza de las guerras una tierra recibida en herencia para todos. No hay paz, porque intentamos construir nuestro bienestar particular a costa de los otros y explotando a nuestros semejantes. No hay paz, porque en vez de compartir nuestra abundancia, especulamos con la escasez para justificarnos frente al hambre y la miseria de los demás. No hay paz, ni la vemos cercana, a pesar de estar delante de nuestras narices, porque hemos perdido la inocencia y hemos renunciado a la buena voluntad. No hay paz porque hemos pervertido el sentido de la vida, el mayor don de Dios, convirtiéndola en muerte física o psicológica para muchos.

-Paz a los hombres de buena voluntad. No somos inocentes, porque hemos manchado nuestras manos y nuestra mente con toda suerte de injusticias. Pero Jesús nos ha franqueado el camino que conduce a la justicia y a la paz. En Jesús hemos sido reconciliados con Dios, alcanzando el perdón por nuestra injusticia. Por Jesús es posible la reconciliación entre todos los hombres de todos los pueblos. Pero hay que cambiar la mala voluntad, que padecemos y fomentamos, en buena voluntad, en voluntad de hacer el bien y practicar la justicia.

¡Año nuevo, vida nueva! Slogan repetido hasta la saciedad en estos días. Pero sabemos tristemente, que la mayoría de las veces no se corresponde con realidad. ¡Vida Nueva! ¡Si fuera verdad!…

Señor, en medio del bullicio de estas fiestas y al comienzo de un nuevo año, quiero encontrarme contigo despacio y con calma. Son pocas las veces que lo hago. Tú sabes que ya no acierto a rezar. He olvidado aquellas oraciones que me enseñaron de niño y no he aprendido a hablar contigo de otra manera más viva y concreta.

Señor, en realidad, ya no sé muy bien si creo en Ti. Han pasado tantas cosas estos años. Ha cambiado tanto la vida y he envejecido tanto por dentro. Yo quisiera sentirme más vivo y más cercano. Me ayudaría a creer. Pero me resulta todo tan difícil.

Señor, pero yo te necesito. A veces me siento muy mal dentro de mí. Van pasando los años y siento el desgaste de la vida. Por fuera todo parece funcionar bien: el trabajo, la familia, los hijos. Cualquiera me envidiaría. Pero yo no me siento bien.

Ya ha pasado un año más. Pero comenzamos con los mismos problemas, las mismas preocupaciones, los mismos trabajos. Y así, ¿hasta cuándo? Cuánto desearía poder renovar mi vida desde dentro. Encontrar en mí una alegría nueva, una fuerza diferente para vivir cada día. Cambiar, ser mejor conmigo mismo y con todos.

Estoy ya demasiado acostumbrado a un estilo de vida. Ni yo mismo creo demasiado en mi transformación. Por otra parte, Tú sabes cómo me dejo arrastrar por la agitación de cada día. Tal vez por eso no me encuentro casi nunca contigo. Tú estás dentro de mí y yo ando casi siempre fuera de mí mismo. Tú estás conmigo y yo ando perdido en mil cosas.

Si al menos te sintiera como mi mejor Amigo. A veces pienso que eso lo cambiaría todo. Señor, graba bien en mi corazón que Tú hacia mí sólo puedes sentir amor y ternura. Recuérdame desde dentro que Tú me aceptas tal como soy, con mi mediocridad y mi pecado, y que me quieres incluso aunque no cambie.

Señor, se me va pasando la vida y, a veces, pienso que mi gran pecado es no terminar de creer en Ti y en tu amor. Por eso, este día yo no te pido cosas. Sólo que despiertes mi fe lo suficiente para creer que Tú estás siempre cerca y me acompañas. Que a lo largo de este nuevo año no me aleje mucho de Ti. Que sepa encontrarte en mis sufrimientos y mis alegrías. Entonces tal vez cambiaré y será un año nuevo.

En esta fiesta de María y comienzo de un nuevo año elevó al padre, por vosotros la preciosa oración de la primera lectura, porque se puede cambiar, sin duda.

“El Señor os bendiga y os proteja, ilumine su rostro sobre vosotros y os conceda su favor; el Señor se fije en vosotros y os conceda la paz”

¡FELIZ AÑO NUEVO!

Aunque tengas más barriga, pero te propones tener mas corazón.

Aunque tenga más arrugas, pero te propones amar mas y mejor.

Aunque tenga más años, pero te propones tener menos egoísmo.

¡FELIZ AÑO NUEVO!

Si luchas por los demás y piensas seguir haciéndolo. Si levantas a los que se encuentran caídos a tu lado. Si escuchas al que necesita explayarse con alguien. Si visitas al enfermo y al solitario. Si colaboras para remediar las injusticias. Si procuras una y mil veces ser bueno y portarte como un hombre o una mujer, aunque muchas veces constates que eres una calamidad. Si gastas trescientos sesenta y cinco días en ayudar al prójimo en lo que has podido…

¡FELIZ AÑO NUEVO!

Si miras el año nuevo como algo inédito, lleno de posibilidades repetidas e irrepetibles que nunca se han dado, como un paisaje que nunca hemos contemplado, como una tierra virgen aún no conquistada, en el que cada día caerá un rayo nuevo de sol… Si sabes andar con capacidad de sorpresa. Si comprendes de verdad que el hombre nunca es lo mismo, que el corazón no envejece si nosotros no lo entablillamos… Si te das cuenta de que cada segundo del futuro es un mensaje de Alguien que está más allá del tiempo, desde donde nos llama y hacia donde nos llama, aunque ya lo tenemos aquí cerca del corazón…

¡FELIZ AÑO NUEVO!

Si sientes que el amor y la alegría todavía están vivos en algún rincón de tu conciencia, haciendo felices a los demás… y así siendo feliz tú mismo… Si crees que Dios es bueno y que nos ama, o al menos te gustaría creerlo. Si crees que el hombre es bueno, en el fondo, o al menos te gustaría creerlo…

¡FELIZ AÑO NUEVO! Porque entonces, a pesar de las apariencias y del paso del tiempo ¡eres más joven!

Que en estos 365 días, en el que seguirás escribiendo el libro de tu vida, no te olvides de plasmar en él y en tu vida tres actitudes: amistad, paz y amor.

Que juntos podamos construir un mundo más humano, donde no haya odios, envidias, incomprensión… un mundo donde sólo encontremos solidaridad, comprensión y esperanza.

¡Felices años nuevos a todos vosotros, amigos, amados de Dios!

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies