Ecos del Evangelio

12 agosto, 2016 / Carmelitas
Frente a Jesús no se puede ser neutral

Son bastantes los cristianos que, muy arraigados en una situación social cómoda, rutinaria y en el “siempre se hizo así”, tienen la tendencia de considerar el cristianismo como una religión que debe preocuparse de mantener la ley y el orden a través del cumplimento de unas normas. Por eso, resulta tan extraño escuchar en boca de Jesús, dichos, que invitan no al inmovilismo y conservadurismo, sino a la transformación profunda y radical de la persona y de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo… ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Sí, este es el Jesús del evangelio. No lo edulcoremos tanto. Jesús vino a traer un fuego destinado a destruir tanta impureza, mentira, manipulación, apariencia, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a los hombres. El verdadero seguidor de Cristo: El creyente en Jesús no es un hombre fatalista que se resigna ante la situación, buscando, por encima de todo, la tranquilidad y la falsa paz. No es un inmovilista que justifica el actual orden de cosas, sino que trabaja animosamente, y con esfuerzo por un mundo mejor. Pero tampoco es un rebelde que, movido por el resentimiento, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado. El verdadero cristiano, debe ser una persona que viva y actúe movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio total de la humanidad. No solo en unos maquillajes, que lo que hacen es dejar las cosas cada vez peor. El verdadero cristiano lleva la «revolución del amor» en su corazón. Una revolución que no es «golpe de estado», para cambiar de gobierno, insurrección, ni relevo político, sino el establecimiento de un hombre y un orden nuevos. Hay que abrir los ojos y ver que el orden que, con frecuencia se defiende, es un autentico desorden. Porque no hemos logrado todavía dar de comer a todos los pobres, ni garantizar los derechos mas básicos y elementales a toda persona, ni siquiera hemos logrado eliminar las guerras o destruir las indignidades a las que se ven sometidas muchas personas. Necesitamos una revolución más profunda que las revoluciones económicas y sociales. Necesitamos una revolución que transforme las conciencias de los hombres y de los pueblos. Y esa revolución solo la podemos llevar a cabo con el evangelio de Cristo. Que no se engañen muchos de los que se dicen cristianos. Herber Marcuse escribía que: necesitamos un mundo «en el que la competencia, la lucha de los individuos unos contra otros, el engaño, la mentira institucionalizada, la crueldad y la masacre física o psicológica ya no tengan razón de ser». Quien se sienta seguidor de Jesús, debe vivir buscando ardientemente que el fuego encendido por Jesús arda cada vez más en este mundo. Pero, antes que nada, debe exigirse a sí mismo una transformación radical en sus pensamientos y actitudes. Estoy diciendo que esta verdadera revolución solo la pueden llevar a cabo cristianos auténticos, es decir, que sean profetas. Aceptar con todas las consecuencias la misión de ser profeta y portavoz de Dios es una gozosa carga, pero no exenta de incomprensiones y de riesgos. Porque mantener la fidelidad a Dios ha sido siempre difícil, y mas en los tiempos que nos ha tocado vivir. El profeta de todos los tiempos ha sufrido persecuciones arrinconamiento y exclusiones, incluso de los más cercanos. Le pasó a Jeremías, porque hablaba claro, por eso quisieron hundirle en el lodo del aljibe, para ahogar su palabra. Y le pasó a Jesús, que soportó la cruz y la oposición de los pecadores, renunciando al gozo inmediato. Es un aviso para los cristianos en los momentos de lucha o desánimo. Aceptar a Jesús nos lleva a ser presencia contestataria en medio de la sociedad y muchas veces incluso dentro de la propia familia o comunidad instalada en la rutina. El seguimiento verdadero de Cristo puede suponer para el cristiano motivo de sufrimientos, de conflictos, separaciones, enemistades. Cuando se medita la frase de Jesús en el evangelio de este domingo “Yo he venido a prender fuego en el mundo”, se comprende que hay que anunciar el Evangelio con calor y pasión, sin tibiezas. Con palabras tibias contribuimos a mantener medianías y situaciones difusas. Hay fuegos y fuegos: fuegos que matan y fuegos que hacen revivir; fuegos que destruyen y fuegos que calientan; fuegos que queman y fuegos que renuevan. “No he venido a traer paz sino división, y ojala estuviera el mundo ardiendo”. Ardiendo, por supuesto, por el fuego de la justicia, de la paz, del amor de Dios, de la fraternidad, del perdón, del bienestar general y no particular, etc., etc. ¿Qué nos asusta el conflicto y la división? Pues claro. Pero el reinado de Dios no se lleva a cabo sin oposición. El reino de Dios tiene mucho que ver y mucho que denunciar dentro de las estructuras del mundo; de la injusticia; de la pobreza; de la paz o de la guerra; del hambre o del confort; de la vida o de las muertes. Y, por ello mismo, porque hay muchos intereses creados, el cristiano autentico siempre padecerá presiones para que “esa opción por el reino de Dios” sea mucho más suave ,más descafeinada, políticamente correcta, incluso más bizcochable ¿O es que no es lo que les está ocurriendo a muchos cristianos? Es bueno recordar la división que, Jesús, creó en los primeros cristianos. Hasta el mismo San Francisco de Asís tuvo que luchar en contra de su propio padre. Nuestra situación es muy distinta. Yo diría que escandalosamente distinta. Muchos quieren una religión sin conflictos: una predicación pietista que no les escueza en la mente; una evangelización sin escollos; un sacerdocio sin cruz; una iglesia sin martirologio.¿Por qué hay tanto cristiano tan olvidadizo?Jesús predicaba, por una parte, el amor, la entrega, la ternura…, pero, al mismo tiempo, la libertad, autenticidad y fraternidad que convertía el amor en fuego, y la entrega en división. Dicho de otra manera: Jesús trae la paz, da la paz, pero no a cualquier precio. Ponerse a su lado supondrá una opción, una decisión, y con frecuencia romper con la vida anterior o con lazos sociales y formalidades que estorban. Frente a Jesús no se puede ser neutral. Ante Él es preciso tomar partido a favor o en contra; el que no opta a su favor decididamente estará en contra suya y a favor del mundo injusto en que vivimos. Los verdaderos profetas son siempre causa de conflictos, de enfrentamientos, de persecuciones, de divisiones. La razón es la misma que encontramos en Jesús y muy sencilla de explicar: cualquier persona que trabaja por la verdad debe enfrentarse con los que viven en la mentira; el que lucha por la justicia entra en conflicto con los que medran en la injusticia; el que anuncia las exigencias del amor se encuentra con la oposición de quienes escogieron el camino del egoísmo…Por eso el camino de Jesús desembocó en la cruz, no podía acabar de otra manera. Y lo mismo que Jesús, el de cualquiera que lo siga de verdad. «Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe», el padre Maximiliano Kolbe trabajó en Polonia para prestar refugio a los perseguidos, también a los judíos. El P. Kolbe ocupó el puesto de aquel buen padre de familia polaco, Franciszek Gajowniczek, recordando lo que había dicho el maestro que «nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos». «Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe», la madre Teresa de Calcuta y sus religiosas, con su pobre sarí hindú, estuvieron y están entregando su vida al servicio de los más pobres y despreciables de los hombres. «Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe», Edith Stein entregó su vida en la cámara de gas de Auschwitz y salió al encuentro de la luz, que buscó en sus experiencias místicas, y que finalmente se convirtió en una luz que ya no tenía sombras ni penumbras. «Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe», los jesuitas martirizados en el Salvador denunciaron la brutal injusticia que padecía aquél pueblo, a pesar de que les acusaron -como a Jeremías- de desmoralizar al pueblo y de no buscar su bien sino su desgracia. «Fijos los ojos en el que inicia y completa nuestra fe», el padre Franz Rheinisch se negó a prestar el juramento de fidelidad a Hitler y puso su conciencia por encima de la voluntad de sus superiores. «Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe», tantos hombres y mujeres desconocidos han intentado e intentan vivir su vida en la entrega humilde, en la generosidad, en la bondad, en la acogida de cualquier persona sin mirar si es de su raza lengua o ideología. La auténtica experiencia religiosa puede aportar paz espiritual y equilibrio emocional, pero el evangelio no es una noticia tranquilizante y menos una droga. Es inútil «descafeinar» la religión. Lo importante no es «disponer» de Dios a nuestro antojo, sino responder fielmente con la vida a su mensaje. Acabo con una pregunta: ¿no sería nuestra vida y nuestro comportamiento también muy distintos, si tuviéramos fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe que es Jesucristo?. Pues nunca es tarde si la dicha es tan buena, aunque no exenta de dificultades y zancadillas. Pero lo que queda claro es que al cristianismo actual le falta el fuego del amor que Cristo trajo y le sobra rutina, compadreo y formalismos.

 

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