Ecos del Evangelio

28 octubre, 2017 / Carmelitas
Hemos sido creadas para amar

La Palabra de Dios que nos propone el evangelista San Mateo en este domingo en el cap.22, 34-40, está marcada por un clima de discusión por parte de los interlocutores de Jesús, que intentan ponerle en dificultad en cuestiones cruciales, para poder acusarle. Estas disputas son presentadas a Jesús en calidad de “Maestro”. Ellos tienen conocimiento de quién es Jesús y le hacen la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?

Jesús aprovecha la ocasión para conducirlos a plantearse una cuestión aún más crucial: la toma de posición definitiva sobre su identidad y le respuesta al mandamiento más grande el “Shema”, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente” (cf Dt6, 4-9) (la oración que impulsa a todo judío a amar a Dios plenamente). Después añade “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18). Jesús deja claro que hay un solo amor con dos dimensiones, con Dios y con el prójimo.

Este amor al prójimo manifestado en acciones concretas es lo que se nos presenta en la primera lectura del libro del (Éx. 22, 20-26) que seamos sensibles al clamor los más vulnerables. Es una llamada a que ejerzamos la caridad cristiana, la señal por la que nos debemos distinguir l@s seguidor@s de Jesús. Pero el mensaje del fragmento va más allá si nuestra actitud es la tentación de la indiferencia (como nos recuerda el papa Francisco en su mensaje para la cuaresma 2015), Dios actuará con misericordia y sigue actuando compasivamente a través de su Hijo.

En la segunda lectura, San Pablo nos deja escrito el testimonio de la comandad de Tesalónica que es ejemplo de amor a Dios y al prójimo para los creyentes.

La Palabra ilumina nuestra mente para que comprendamos con más claridad este Amor desbordante del Padre manifestado en su Hijo y dinamizado por su Espíritu Santo que habita en nuestros corazones y nos capacita para amar. Así lo experimentó Santa Teresa de Jesús, y así lo trasmite aludiendo a la oración proyectada en amor al prójimo. “No todas las imaginaciones son hábiles de su natural para (pensar meditar) más todas las almas lo son (hábiles) para amar” (cf. F5, 2). En otro momento recuerda que para perseverar en la oración, “no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho” (M4. 1) y vuelve a enfatizar “Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas” (M1, 17).

También nos puede ayudar a profundizar en el mensaje de la Palabra de este domingo la reflexión del Papa Benedicto XVI

“Antes que un mandato -el amor no es un mandato- es un don, una realidad que Dios nos hace conocer y experimentar, de forma que, como una semilla, pueda germinar también dentro de nosotros y desarrollarse en nuestra vida. Si el amor de Dios ha echado raíces profundas en una persona, ésta es capaz de amar también a quien no lo merece, como precisamente hace Dios respecto a nosotros. El padre y la madre no aman a sus hijos sólo cuando lo merecen: les aman siempre, aunque naturalmente les señalan cuándo se equivocan. De Dios aprendemos a querer siempre y sólo el bien y jamás el mal. Aprendemos a mirar al otro no sólo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que parte del corazón y no se queda en la superficie; va más allá de las apariencias y logra percibir las esperanzas más profundas del otro: esperanzas de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor. Pero se da también el recorrido inverso: que abriéndome al otro tal como es, saliéndole al encuentro, haciéndome disponible, me abro también a conocer a Dios, a sentir que Él existe y es bueno. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables y se encuentran en relación recíproca. Jesús no inventó ni el uno ni el otro, sino que reveló que, en el fondo, son un único mandamiento, y lo hizo no sólo con la palabra, sino sobre todo con su testimonio: la persona misma de Jesús y todo su misterio encarnan la unidad del amor a Dios y al prójimo, como los dos brazos de la Cruz, vertical y horizontal”. (Benedicto XVI, 4 de noviembre de 2012).

¿Por nuestra dignidad y condición de hij@s de Dios, cómo me amo a sí misma y cómo amo a mis prójimos?

Hemos sido creados para amar. ¿Soy consciente de este don que consiste en amar a Dios con todo mí ser y que este amor se verifica en el amor a l@s herman@s, en acciones concretas de la vida cotidiana?

¿A qué acciones prácticas y efectivas me invita hoy el Señor a través de su Palabra?

Hna. Guadalupe Barba csj

 

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