Ecos del Evangelio

10 abril, 2020 / Carmelitas
HORA DE NONA

LA VIDA, ES PRÓLOGO DE LA MUERTE,
Y LA MUERTE PRÓLOGO DE LA VIDA DEFINITIVA

 

 

La muerte de Jesús no se puede comprender al margen de su vida pública. Murió como consecuencia lógica de su proceder, por su manera de vivir vivió de tal forma que se ganó la muerte. Vivió libre y predicando la verdad antes que nada y delante de quien sea, con humildad pero sin miedo. Sabía que se jugaba la vida y no temió perderla. Prefirió ser consecuente antes que cobarde. Vivió apasionadamente y murió de la misma forma. En Él todo fue pasión.

 

Y es que sin poner pasión, el evangelio no se puede predicar y menos vivir. Le perdió el respeto a la muerte y venció el miedo que impide vivir con arraigo el presente. Sólo se puede vivir con intensidad el momento presente cuando uno olvida los juicios, las historias, del pasado y deja de lado los prejuicios, las histerias y miedos del futuro. (El pasado es como la prensa de ayer: se lee y luego con ella hacemos un paquete para ser echado al cubo de lo que se recicla; de ella no se pierde nada, pero no la volvemos a leer, nos interesa en la medida en que es actualidad. Y el futuro es una novela por escribir, la iremos escribiendo poco a poco, página a página, es un quehacer, un porvenir que nos irá sorprendiendo en la medida en que lo vivamos. Lo que importa es el presente. Cuando la nostalgia del pasado ocupa el puesto de la esperanza del futuro la crisis del presente está servida.

 

Si tuviéramos otra altura de miras, también se alzaría nuestra vida de la pura materialidad y mundanidad y hasta esta situación de confinamiento que vivimos, la experimentaríamos como una oportunidad para crecer como personas y como creyentes. Nos hemos quedado bloqueados porque instalados en la rutina, también desde la fe, no sabemos reaccionar. Y vamos dando bandazos a partir de los instintos y las emociones para ir capeando en temporal, pero mucho me temo que no servirá a muchos, esta situación, para que replanteen sus vidas y se hagan las preguntas esenciales.

 

Para Jesús la muerte no fue el límite; sino el trampolín, el reto para la vida y la libertad. Ésta es la gran lección que el Maestro nos dejó: La vida es pura pasión. Sirve para ser invertida en favor de los demás; no es nuestra, no nos pertenece, somos nosotros los que le pertenecemos, por eso no nos la podemos apropiar y guardar para nosotros mismos. («Quien guarde su vida la perderá»)

La vida sirve para desvivirse en ella. La recobramos en la medida en que la perdemos, perderla es ganarla. Vivir es el juego del que pierde, gana. Quien interpreta así la vida crece en libertad y puede ser fiel en cada instante de su existencia; sabe que lo puede ganar todo y no teme perder nada.

 

La vida no se vende al mejor postor, sino al que apuesta por ella. Quien vende su vida pierde su historia; es como un polichinela en manos ajenas.

 

Tan sólo hay dos formas de ser y estar en este mundo: viviendo tú la vida o dejando que otros te la dicten y vivan. O eres autor y actor de tu propia existencia o serás un parásito, pasivo representante de la misma. (O vas de intérprete o de comparsa). Quien apuesta en este juego a favor de la vida no se vende al mejor postor.

 

El cristianismo no es una bella teoría, sino una «praxis», una forma concreta de vivir. Por otra parte, a Jesús lo juzgaron y condenaron los sumos sacerdotes, los senadores y los letrados, nosotros los cristianos no debemos juzgar a nadie y menos condenarlo, porque la verdad no se defiende condenando errores, sino viviendo en consecuencia con lo que se cree. Por tanto murió a causa de su manera de vivir. Y su manera de vivir fue el amor y la verdad que ponía en todo lo que decía y hacia de ahí el misterio de la cruz.

 

 

El misterio de la Cruz

 

 

«Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado». Es el grito desesperado de Cristo, verdadero hombre, desgarrado por la soledad. Es el mismo grito del hombre actual que reclama a Dios una palabra de aliento y que mira al Cielo sin encontrar la sonrisa de Dios, en situación como esta. Es la desesperación de la muerte, la agonía de la nada, la depresión del sinsentido, la angustia del sufrimiento. El grito de Cristo-sacerdote es el grito de Humanidad sufriente y desesperanzada, que camina sin destino, incrédula de la Providencia divina.

 

Una sociedad que -como la española- invierte 10.000 millones de dólares anuales en la prostitución y disfruta sin reparo moral alguno la esclavitud sexual de 300.000 mujeres. Una sociedad que vive de espaldas a la muerte y que contempla la vida como una amenaza. Una Humanidad dividida entre la opulencia y la miseria más indigna. Malos mimbres para construir una paz verdadera que -como recuerda la encíclica Pacem in terris– tiene su base en la libertad, la justicia, la verdad y el amor.

 

Nuestra sociedad devalúa el amor haciéndolo interino y descomprometido. Se convierte así en dos egoísmos encontrados, cuya explosión no tarda en llegar. Y la devaluación del amor genera soledad y ensimismamiento, cultura de la sospecha y rechazo a la vida.

 

La crisis de la natalidad en España es la muestra palpable de la angustia vital en la que vivimos los españoles. Una angustia que nos ha llevado a asumir con cierta tranquilidad que cada año 130.000 seres humanos pierdan la vida en el seno de sus propias madres. De esa VIRUS INFECTO=130.000 vidas, no se habla¡Que hipocresía y que miseria!

 

La tragedia de la muerte se traslada a la vida. Porque si la vida indefensa no merece la pena, ninguna vida merece la pena. Es el cuadro más sombrío de la cultura de la muerte denunciada por el Papa. Por eso, el grito de Cristo en la Cruz nos representa a todos. Es el grito de Dios por una Humanidad doliente ante el sentimiento de orfandad.

 

El mundo vive apagado bajo la sombra del Viernes Santo. Un día sin la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Un día ensombrecido por la ausencia de Dios…

 

El drama de nuestro tiempo es que nuestros contemporáneos han olvidado la alegría de la Resurrección, el gozo de la Esperanza, la sonrisa de un Dios que no abandona a sus criaturas. No estamos huérfanos. Dios sigue empeñado en ser nuestro Padre y en ofrecernos el perdón. Un empeño irracional y hasta estúpido para nuestra corta mirada, pero real: Dios se humilla a diario para ofrecernos la esperanza de volver a empezar de nuevo. Kilómetro cero y sin esperar nada a cambio. Sólo por Amor. ¿No es increíble?

 

Los cristianos necesitamos recuperar la alegría del perdón y de la reconciliación. Necesitamos vibrar con el regalo de un Dios que se abaja hasta la peor de las humillaciones. Ese es el Padre. Por eso, somos hermanos. La fraternidad no se explica sin una misma filiación. Ese es nuestro Dios: el que se desgasta por Amor a los hombres, aunque nos empeñemos en negarle con nuestros hechos y leyes. El que nos ama, traspasando los límites de lo ridículo, nos ofrece la Felicidad eterna aunque nosotros nos empeñemos en vivir de espaldas a Él.

 

Y es un Dios de vivos, no de muertos. Es un Dios de espíritus jóvenes, no de arrugados. Es un Dios de hombres libres, no de esclavos ni de superhombres. Es un Dios triunfante en la Gloria del Amor, no el fracasado del que hablaban los de Emaús. Ese es el Dios de la Resurrección que festejamos con solemnidad en la Vigilia del Sábado Santo. El único momento de la liturgia católica en la que se pronuncia aquello de «Feliz culpa que mereció tal Redentor». ¡Bendito pecado! ¡Bendita miseria! Bendita humillación que permitió rescatarnos de la limitación humana para regalarnos la infinitud de la Vida… ¡Festeja la Fiesta de la Vida! ¡Reconcilia tu miseria con Quien te amó desde el principio!

 

 

Pero los sucesos del viernes Santo continúan.

 

Cambian los clavos, otros son los verdugos; pero la víctima sigue siendo la misma: Cristo que es crucificado y agoniza en los pobres, oprimidos y pequeños. ¿Cómo denunciar hoy los verdugos? ¿Cómo alertar a la «turbamulta» que es, en su inconsciencia, seducida y manipulada por la destreza de las raposas de este mundo? ¿Cómo traducir, en la predicación, la primacía paulina de la sabiduría de la cruz?

 

Inicialmente es preciso ampliar nuestra comprensión de cruz y de muerte. Muerte no es solamente el último momento de la vida. Es la vida toda que va muriendo, limitándose, hasta sucumbir en un límite último. Por esto preguntar: ¿Cómo murió Cristo? equivale a preguntar: ¿Cómo vivió? ¿Cómo asumió los conflictos de la vida? ¿Cómo acogió el caminar de la vida que va hasta terminar de morir? Él asumió la muerte en el sentido de haber asumido todo lo que trae la vida: alegrías y tristezas, conflictos y enfrentamientos, por causa de su mensaje y de su vida.

 

Algo semejante vale para la cruz. Cruz no es solamente el madero. Es la realidad del odio, de la violencia y del crimen humano. Cruz es aquello que limita la vida (las cruces de la vida), que hace sufrir y dificulta el andar, por causa de la mala voluntad humana (cargar la cruz de cada día). ¿Cómo soportó Cristo la cruz? No buscó la cruz por la cruz. Buscó el espíritu que hacía evitar la producción de la cruz para sí y para los otros. Predicó y vivió el amor y las condiciones necesarias para que pueda haber amor. Quien ama y sirve, no crea cruces para los demás, por su egoísmo, por la mala calidad de la vida que genera. Anunció la buena nueva de la Vida y del Amor. Se entregó por ella. El mundo se cerró a Él, le creó cruces en su camino y finalmente lo levantó en el madero de la cruz.

 

La cruz fue consecuencia de un anuncio y el cumplimiento de la única revolución verdadera que se ha dado en el mundo. Él no huyó, no contemporizó, no dejó de anunciar y atestiguar, aunque esto lo llevara a tener que ser crucificado. Continuó amando, a pesar del odio. Asumió la cruz en señal de fidelidad para con Dios y para con los seres humanos. Fue crucificado por Dios (fidelidad a Dios) y crucificado por los seres humanos y para los seres humanos (por amor y fidelidad a los seres humanos).

 

¿CÓMO ANUNCIAR HOY DÍA SERIAMENTE LA CRUZ DE CRISTO?

 

 

1. Amigos, hay que empeñarse para que haya un mundo donde sea menos difícil el amor, la paz, la fraternidad, la apertura y la entrega a Dios. Esto implica denunciar situaciones que engendran odio, división y ateísmo en términos de estructuras, valores, prácticas e ideologías. Esto implica anunciar y realizar, en una praxis comprometida, amor, solidaridad, justicia en la familia, en las escuelas, en el sistema económico en las relaciones políticas. Esto implica apoyar y participar en la gestación de las infraestructuras económicas, sociales, ideológicas, psicológicas y religiosas que hacen posible la justicia y la fraternidad. Este compromiso lleva como consecuencia crisis, enfrentamientos, sufrimientos, cruces.

Aceptar la cruz que viene de este embate es cargar la cruz como el Señor la cargó en el sentido de soportar y sufrir por razón de la causa que perseguimos y de la vida que llevamos.

 

 

2. El sufrimiento que se padece en este empeño, la cruz que se tiene que cargar en este camino, es sufrimiento y martirio por Dios y por Su causa en el mundo. El mártir es mártir por causa de Dios. Por esto el que sufre y el crucificado por causa de la justicia de este mundo, es testigo de Dios. Rompe el sistema cerrado que se considera justo, fraterno y bueno. Es mártir por la justicia; como Jesús y como todos los que lo siguen, descubre el futuro, dejan abierta la historia para que ella crezca y produzca más justicia que la que existe, más amor que el que está vigente en la sociedad. Quien soporta la cruz y sufre en la lucha contra todo lo que quiera encerrar la libertad del hombre, carga la cruz y sufre con Jesús y como Jesús. Sufrir así es digno. Morir así es valeroso.

 

 

3. Cargar la cruz como Jesús la cargó significa, por tanto, solidarizarse con aquellos que son crucificados en este mundo: los que sufren violencia, son empobrecidos, deshumanizados, ofendidos en sus derechos. Defenderlos, atacar las prácticas en cuyo nombre son hechos no-personas, asumir la causa de su liberación, sufrir por causa de esto: he ahí lo que es cargar la cruz. La cruz de Jesús y su muerte fueron consecuencia de este compromiso por los desheredados de este mundo.

 

 

4. Tal sufrimiento y muerte por causa de los otros crucificados, implica soportar la inversión de los valores realizada por el sistema, contra el cual alguien se empeña. Por eso molestan a los cesares de turno. El sistema establecido dice: estos que asumen la causa de los pequeños e indefensos, son subversivos, traidores, enemigos de los seres humanos, no nos interesan porque perturban el orden establecido, y los eliminan.

 

Por el contrario, el que sufre y es mártir se opone al sistema y denuncia sus valores y prácticas porque quieren poner orden en el desorden, amor en el odio, perdón en el rencor Aquello que los mandatarios de este mundo llaman justo, fraterno, bueno, en realidad es injusto, discriminador y malo.

 

El mártir desenmascara el sistema. Por eso sufre la violencia de él. Sufre por causa de una justicia mayor, por causa de otro orden («Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los fariseos…»). Sufre sin odiar, soporta la cruz sin huir de ella. La carga por amor de la verdad y de los crucificados por quienes arriesgó la seguridad personal y la vida. Así hizo Jesús. Así deberá hacer cada seguidor suyo a lo largo de toda la historia. Sufre como «maldito», pero en verdad es bendito; muere como «abandonado», pero en realidad es acogido por Dios. Así, Dios confunde la sabiduría y la justicia de este mundo.

 

 

5. La cruz, por tanto, es símbolo de rechazo y de violación del sagrado derecho de Dios y de todo hombre. La cruz es producto del odio del hombre, pero es la señal de victoria de Dios. La cruz no hay que aceptarla, por si misma, sino por lo que representa: porque rompe la espiral de la violencia con el amor. Aceptar la cruz por amor es ser mayor que la cruz; vivir así es ser más fuerte que la muerte.

 

 

6. Predicar la cruz con seriedad puede significar una invitación a un acto extremo de amor y de confianza y de entrega de uno mismo. Pero la cruz sin amor es una drama incomprensible e inaceptable .La cruz sin amor no tiene sentido. La cruz si no se acepta por amor, es anticristiana, es simplemente un acto de masoquismo.

Pero Jesús que pasó por el drama de la cruz a causa del amor, transformó la tragedia en victoria. Jesucristo, que pasó por todo esto, transfiguró el dolor y la condenación a muerte, haciéndolos un acto de libertad y de amor que se entrega a sí mismo, un acceso posible a Dios y una nueva aproximación a aquellos que lo rechazaban: perdonó y se entregó confiadamente a Alguien mayor.

El perdón es la forma mas autentica pero la mas dolorosa del amor. Es entregarse con confianza en las manos de Dios para ofrecer la libertad al ser humano. Tanto el perdón como la confianza constituyen las formas por las cuales no dejamos que el odio y la desesperación se queden con la última palabra. Es el gesto supremo de la grandeza del ser humano.

Morir así confiado y entregado por amor es lo que llega y significa la resurrección he ahí, por lo que el cristiano, no ve en la cruz solo fracaso y muerte sino amor y Vida.

 

 

7. Y que queréis que os diga. Morir así es vivir. Dentro de esta muerte de cruz hay una vida que no puede ser absorbida. Ella, la vida está oculta dentro de la muerte. No viene después de la muerte. Está dentro de la vida de amor, de solidaridad y de coraje de soportar y de morir. Con la muerte se revela ella en su poderío y en su gloria. Es esto lo que expresa san Juan cuando dice que la elevación de Jesús en la cruz es glorificación, que la «hora» es tanto la hora de la pasión como la hora de la glorificación. Existe, por lo tanto, una unidad entre pasión y resurrección, entre vida y muerte. Vivir y ser crucificado así por causa de la justicia y por causa de Dios, eso vivir.

Por eso el mensaje de la pasión viene siempre unido con el mensaje de la resurrección. Quienes murieron rebelados contra el sistemas mundanos y rehusaron entrar en los «esquemas de este mundo» (Rm 12, 2), ésos son los resucitados. La insurrección por causa de Dios y del prójimo, es resurrección. La muerte puede parecer sin sentido, pero ella es la que tiene futuro y aguarda el sentido de la historia.

 

 

8. Predicar la cruz hoy, es pues predicar el seguimiento de Jesús. No es pasividad ante el dolor ni magnificación de lo negativo. Es el anuncio de que es posible, comprometerse para hacer cada vez más imposible que unos seres humanos continúen crucificando a otros seres humanos. Esta lucha implica asumir la cruz y cargarla con valor y también ser crucificado con valor. Vivir así es vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una Vida que la cruz no puede crucificar. La cruz sólo la revela todavía más victoriosa. Predicar la cruz significa: seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es per-seguir su camino, pro-seguir su causa y con-seguir su victoria. Vivir la cruz de Nuestro Señor Jesucristo implica un estilo de vida no un cumplimiento de normas. La cruz resume pues todo un estilo de vida.

 

Por una parte la cruz es el símbolo del misterio de la libertad humana rebelde: es producto de la venganza y del odio a hasta la eliminación del otro. Es aquello que el ser humano puede llegar a ser cuando rehúsa a Dios. Es, pues, símbolo del ser humano caído, del no-ser-humano. Es símbolo del crimen.

 

Pero por otra parte, es símbolo del misterio de la libertad humana en su poder: cuando es soportada dentro de un compromiso de amor entonces es símbolo de otro tipo de vida: de una vida centrada en la libertad. Es símbolo de la vida del profeta, del mártir, de la persona del Reino de Dios. Es, pues, símbolo del hombre y la mujer nuevos y vivientes. Es símbolo de amor.

 

Cada cruz contiene una denuncia y un llamamiento. Denuncia el cerrarse de lo humano sobre sí mismo hasta el punto de crucificar a Dios. Es un llamamiento a un amor capaz de soportarlo todo, hasta el punto de que el Padre entrega a su propio Hijo a la muerte por sus enemigos.
Como dijo y vivió Pablo:

«Atribulados en todo, mas no aplastados;
perplejos mas no desesperados;
perseguidos más no abandonados;
derribados mas no aniquilados.
Como desconocidos, aunque bien conocidos;
como quienes están condenados a la muerte, pero vivos;
como tristes, pero siempre alegres;
como pobres, aunque enriquecemos a muchos;
como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos»
(2 Cor 4.8-9; 6.9-10).

 

 

Esta praxis revela lo que se oculta en el drama de la cruz y de la muerte: el Sentido último y la Vida. Esperemos que esta cruz que estamos viviendo sirva como preludio para que muchos puedan resucitar a una vida en la que pongan a Cristo como lo que es: LA ÚNICA VIDA AUTÉNTICA

 

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