Ecos del Evangelio

2 abril, 2021 / Carmelitas
HORA DE NONA

«El día más oscuro para la fe, pero también, el más clarificador»

 

Comienzo, como si presente me hallare en el Calvario. Miramos en estas horas la cruz vacía, Jesús yacente, y miramos a María. Y junto a Ella, el joven discípulo que la acogerá en su casa. Juan Se abraza en su dolor a Juan. Y todo en el Calvario queda desierto porque pronto comienza el sabbat.

 

Gracias a José de Arimatea, amigo de Jesús, y a Nicodemo, pudieron entregar a la Virgen a Cristo. Lo abrazó en silencio, entre lágrimas. Lo tomó como cuando era niño, como cuando se hacía daño y corría hasta Ella para encontrar amparo. Lo besó, y soñó en silencio que volvía a la vida. El tiempo corría rápidamente y sabía que ese abrazo no podía ser eterno. Había que actuar con celeridad y llevar el cuerpo al sepulcro, no estrenado, que tenía José de Arimatea. Habían conseguido el permiso. Corría la tarde del viernes y los judíos se preparaban para la Pascua.

 

Llevasteis a Jesús hasta el sepulcro y corristeis la losa. ¡Qué silencio! Ese silencio de muerte. Ese silencio tuyo María, abrazando a Jesús. ¿Dios ha muerto? La palabra “muerte” nos abruma. No queremos pronunciarla. La muerte de Dios parece ser el final del mundo. El hijo de Dios, tu hijo, muerto. Ese silencio pesa en el alma como una losa, como la losa corrida sobre su cuerpo.

 

Se acabó la voz que pronunciaba palabras, que removían las conciencias y los corazones de la gente Ya no había nadie capaz de pronunciar tales palabras. Es un silencio oscuro el que invade los corazones de casi todos. Es una tarde-noche larga, casi eterna. ¿Dónde está la luz? ¿Dónde la esperanza?

 

Hay una comparación que puede ayudamos a comprender mejor el significado de la presencia de María al pie de la cruz: la comparación con Abrahán. Este comparación nos lo sugiere el propio ángel Gabriel en la Anunciación, cuando dice a María las mismas palabras que se le dijeron a Abrahán: «Para Dios nada hay imposible» (cf Gn 18,14; Lc 1,37). Pero surge sobre todo de los hechos. Dios prometió a Abrahán que tendría un hijo, aunque ya se le había pasado la edad y su mujer era estéril. Y Abrahán creyó.

 

También a María Dios le anuncia que va a tener un hijo, a pesar de que ella no convive con ningún hombre. Y María creyó.

Mas he aquí que Dios vuelve a intervenir en la vida de Abrahán, y esta vez para pedirle que le inmole precisamente aquel hijo que él mismo le había dado y del que le había dicho: «En Isaac tendrás una gran descendencia». Y Abrahán también esta vez obedeció. También en la vida de María, Dios intervino otra vez, pidiéndole que consintiese, e incluso que asistiese a la inmolación de su Hijo, del que había sido dicho que reinaría para siempre y que sería grande, y María obedeció.

 

Abrahán subió con Isaac al monte Moria y María subió tras de Jesús al monte Calvario. Pero a María se le pidió mucho más que a Abrahán. En el caso de Abrahán Dios se detuvo en el último momento y Abrahán recuperó vivo a su hijo. En el caso de María, no. Ella tuvo que pasar esa línea postrera y sin retorno que es la muerte. Recuperó a su Hijo, pero sólo después que lo bajaron de la cruz.

 

Como también María caminaba en la fe y no en la visión, esperaba que de un momento a otro cambiaría el curso de los acontecimientos, que se reconocería la inocencia de su Hijo. Esperó ante Pilato pero nada, Dios seguía adelante. Esperó hasta la cruz, hasta antes de que clavaran el primer clavo, pero nada ¿Acaso no le habían asegurado que aquel Hijo subiría al trono de David y que reinaría para siempre sobre la casa de Jacob? ¿Era, pues, aquél el trono de David: la cruz? María sí que «esperó contra toda esperanza» (Rm 4,18); esperó en Dios, por más que veía desvanecerse la última razón humana para esperar.

Pero saquemos ahora la consecuencia obligada de esa comparación. Si Abrahán mereció, por lo que hizo, ser llamado «padre de todos nosotros» (Rm 4,16) y «nuestro padre en la fe», ¿vacilaremos nosotros en llamar a María «madre de todos nosotros» y «nuestra madre en la fe», o «madre de la Iglesia»?

 

A Abrahán Dios le dijo: «Por haber obrado así, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo… Te hago padre de una multitud de pueblos» (Gn 22,16; 17,5). Eso mismo, pero con mucha mayor fuerza, le dice ahora a María: «Por haber obrado así, por no haberte reservado tu Hijo, tu Hijo único, te bendeciré… Te hago madre de una multitud de pueblos»

Si todos los creyentes de todas las confesiones tienen la convicción de que Abrahán no sólo ha sido constituido «ejemplo y patrono, sino también causa de bendición», ¿por qué no habrán de acoger y compartir con alegría todos los cristianos la convicción de que María ha sido constituida, con mayor razón, por Dios, causa y mediadora de bendición para todas las generaciones?

No solamente -insisto- María es «ejemplo», sino también «causa de salvación», como la llama, precisamente, san Ireneo. ¿Por qué no hemos de poder compartir la convicción de que no sólo iban dirigidas a Juan, sino a todos los discípulos, las palabras de Cristo moribundo: «Hijo, ahí tienes a tu madre»? María -dice el concilio—, al pie de la cruz, se convirtió para nosotros en «madre en el orden de la gracia» (Lumen Gentium, nº 61).

 

Por eso, como los judíos, en los momentos de prueba, se dirigían a Dios diciendo: «Acuérdate de nuestro padre Abrahán», así nosotros podemos ahora dirigirnos a él diciendo: «Acuérdate de nuestra Madre, María». Y lo mismo que ellos le decían a Dios: «Por Abrahán, tu amigo, no nos niegues tu misericordia» (Dn 3,25), así nosotros podemos decirle: «Por María, tu amiga, no nos niegues tu misericordia».

Llega una hora en la vida en la que se necesitan una fe y una esperanza como las de María, para vencer todo orgullo y aceptar los planes de Dios. Es esa hora, esa situación, en que nos parece que Dios no escucha ya nuestra oración, tenemos la impresión de que se está desdiciendo a sí mismo y a sus promesas, de que nos lleva de derrota en derrota, de que nos envuelve en su propia derrota y que el poder de las tinieblas parece triunfar en todos los frentes; cuando, como dice un salmo, parece que «se ha agotado su misericordia y que la cólera le cierra las entrañas» (Sal 77,10). Cuando te llegue a ti esa hora, acuérdate de la fe de María y exclama: «Padre, ya no te comprendo, ¡pero me fío de ti!»

Tal vez el Señor esté pidiendo precisamente ahora a alguno de nosotros que le sacrifique, como Abrahán, a su «Isaac», es decir la persona, o la cosa, o el proyecto, o la fundación, o el cargo que más quiere y que el mismo Señor un día le encomendó y por el que ha trabajado toda su vida…

 

Esta es la oportunidad que Dios te ofrece para demostrarle que lo quieres a él más que a todo lo demás, incluso más que a sus dones y que al trabajo que realizas por él. Dios puso a prueba a María en el Calvario para ver lo que ella llevaba en el corazón», y en el corazón de María encontró, intacto, y hasta más fuerte que nunca, el «sí», el «aquí está la esclava del Señor» del día de la Anunciación. ¡Ojalá que, en estos momentos, pueda encontrar también a nuestro corazón dispuesto a decirle «sí’’, «aquí estoy»!

María, como he dicho, en el Calvario se unió a su Hijo para adorar la voluntad sagrada del Padre. Con ello llevó a cabo, con toda perfección, su vocación de figura, modelo de la Iglesia. Y ahora nos espera allí a nosotros.
Se ha dicho de Cristo que «está en agonía hasta el fin del mundo y no debemos dejarlo solo en esta hora» (B. Pascal). Y si Cristo está en agonía y en la cruz hasta el fin del mundo, de una manera incomprensible para nosotros pero cierta, ¿dónde podrá estar María en esta hora sino con él, «junto a la cruz»?

Estamos comenzando el sábado del silencio de Dios, Y tu María, eres y permaneces la “Virgo fidelis sin atisbo de orgullo” y nos obtienes la “consolación de la mente”.¿Qué nos dices, Madre del Señor, desde el abismo de tu sufrimiento? ¿Qué sugieres a los discípulos desorientados?

 

Me parece que tú nos susurras una palabra, semejante a la que un día pronunció tu Hijo: “¡Si tuvierais fe como una semilla de mostaza…!” (Mt 17,20). ¿Qué quieres comunicarnos? Tú querrías que nosotros, partícipes de tu dolor, participáramos también de tu consolación. Tú sabes, en efecto, que Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que también nosotros podamos consolar a los que están en toda clase de aflicción con la consolación con la cual nosotros somos consolados por Dios” (2Cor 1,4).

 

Es la consolación que viene de la fe. Tú, María, en el Sábado santo eres y permaneces la “Virgo fidelis”, la Virgen creyente, tú llevas a cumplimiento la espiritualidad de Israel, alimentada de escucha y de confianza. Pero ¿cómo obra la consolación que viene de la fe. Es un don divino muy simple, que permite intuir como en una mirada única, la riqueza, la coherencia, la armonía, la cohesión y la belleza de la fe

Frente a la evidencia del sufrimiento y de la muerte, que tiende a aplastar el corazón, esta consolación se presenta como una gracia del Espíritu Santo que hace resplandecer la “gloria de Dios” que ilumina con la luz de la verdad hasta los ángulos más tenebrosos de la historia. Es la gracia de percibir la gloria de Dios detrás de los mayores sufrimientos.

 

Quien recibe la gracia de la “consolación que viene de la fe” siente que cada piedrecita del mosaico de su vida ilumina a las piedrecitas vecinas y se compone entre todas un mosaico en el que se ve detrás de todo a Dios. Entonces ya no se queda uno bloqueado en la oración, y es capaz de ver la relación y el encadenamiento de los hechos de la vida. Y uno advierte una luz que lo inunda, el corazón se dilata y la oración brota como de un fresco manantial.

 

Es la gracia que a Ti, María, te fue comunicada por las palabras del ángel Gabriel cuando resumía en tu presencia el destino del hijo de David (“Será grande y llamado Hijo del Altísimo… su reino no tendrá fin”, Lc 1,32-33). Es la gracia de contemplación del obrar de Dios, que Tú has cantado en el Magnificat (Lc 1,40-55). Es la gracia que nos lleva a meditar los hechos salvíficos que Tú, María, has practicado desde el principio. “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19); “Su madre conservaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,51).

 

Cada uno de nosotros, cuando recibe esta gracia, aunque sea sólo un indicio de ella, vive algo semejante a lo que vivieron los tres discípulos en el monte de la Transfiguración, contemplando a Jesús con Moisés y Elías, y oyéndolos hablar del “éxodo” de Jesús a Jerusalén (cf. Lc 9,21). Es una apertura de los ojos y del corazón que da un sentido profundo de satisfacción y de paz.(cuando uno llega a este estado, todo orgullo ha desaparecido)

 

Entonces, también las sombras y las tragedias de este mundo se revelan como atravesadas por la luz de amor, de compasión y de perdón que proviene del corazón del Padre. Se percibe algo de la verdad de las bienaventuranzas, el corazón se abre a la esperanza de justicia, a la visión de la victoria de los pobres y oprimidos de esta tierra.

 

Un santo que ha gozado de esta gracia de manera extraordinaria la describe así: “se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento… y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas… recibió una grande claridad en el entendimiento; (S. IGNACIO DE LOYOLA, Autobiografía, n. 30)

Nosotros sabemos María, que la fuerza del Espíritu, presente en ti desde el inicio, te ha sostenido en el momento de la oscuridad y de la derrota aparente de tu Jesús. Tú has recibido el don de poder confiarte hasta el fondo en el designio de Dios. Así, tú nos enseñas a creer también en las noches de la fe, a proclamar la primacía de Dios y a amarlo en sus silencios y en las derrotas aparentes. Intercede por nosotros, Madre, para que no nos falte jamás aquella consolación de la mente que sostiene nuestra fe y haz que de una semilla de mostaza brote un árbol capaz de ofrecer refugio a los pájaros del cielo (cf. Mt 13,31-32).

Tú, en el sábado de la desilusión eres la Madre de la esperanza y nos obtienes la “consolación del corazón”. ¿Qué nos dices aún, María, desde el silencio que te envuelve? Te escucho repetir, como un suspiro, la palabra de tu Hijo: “Con la perseverancia salvareis vuestras vidas” (Lc 21,29).

 

La palabra “perseverancia” puede traducirse también con “paciencia”. La paciencia y la perseverancia son las virtudes del que espera, de quien aún no ve y sin embargo continúa esperando. Son las virtudes que nos sostienen frente a los “burlones y sarcásticos, que gritaban: `¿Dónde está el que tanto prometió con su Venida?

Tú, María, has aprendido a aguardar y a esperar. Has aguardado con confianza el nacimiento de tu Hijo proclamado por el ángel, has perseverado creyendo en la palabra de Gabriel aún en los períodos largos en los que no pasaba nada, has esperado contra toda esperanza bajo la cruz y hasta el sepulcro, has vivido el Sábado santo infundiendo esperanza a los discípulos perdidos y desilusionados. Tú obtienes para ellos y para nosotros la consolación de la esperanza, la que se podría llamar “consolación del corazón”.

 

Cuando el Señor parece retrasarse en el cumplimiento de sus promesas, la “consolación que viene de la fe” nos permite resistir en la esperanza y no decaer en la guardia. Es una gracia que ayuda a vencer la impaciencia y la desilusión. Es la “esperanza viva” de que habla Pedro (cf. 1Pe 1,3), es la “esperanza contra toda esperanza” de que habla Pablo a propósito de Abraham (cf. Rom 4,18), el cual “no dudó de la promesa de Dios, por falta de fe, sino al contrario, fortalecido por esa fe, glorificó a Dios, plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete” (Rom 4,20-21).

 

Tú, Madre de los Dolores y también madre de la Esperanza, has tenido paciencia y paz en el sábado Santo y nos enseñas a mirar con paciencia y perseverancia aquello que vivimos en este sábado de la historia, cuando muchos, incluso cristianos, están tentados de no esperar y se aferran a lo puramente mundano. La impaciencia y el apuro característicos de nuestra cultura tecnológica hacen que nos resulte insoportable cualquier retraso en la manifestación del designio divino y de la victoria del Resucitado.

 

Nuestra poca fe al leer los signos de la presencia de Dios en la historia se traduce en impaciencia y fuga, exactamente como les ocurrió a los dos de Emaús que, aún puestos frente a algunas señales del Resucitado, no tuvieron la fuerza de esperar el desarrollo de los acontecimientos y se fueron de Jerusalén (cf. Lc 24,13 ss.).

 

Nosotros te pedimos, Madre de la esperanza y de la paciencia: ruega a tu Hijo que tenga misericordia de nosotros y nos venga a buscar en el camino de nuestras fugas e impaciencias, como lo ha hecho con los discípulos de Emaús. Ruega que una vez más su palabra nos haga arder el corazón (cf. Lc 24,32).

 

Intercede por nosotros para que vivamos en el tiempo con la esperanza de la eternidad, con la certeza de que el designio de Dios sobre el mundo se cumplirá en su momento y nosotros podremos contemplar con gozo la gloria del Resucitado, gloria que está ya presente, aunque de manera velada, en el misterio de la historia. Tú, en el sábado de la ausencia y de la soledad, eres y permaneces la Madre del amor y nos obtienes la “consolación de la vida”.

 

En este momento, María, me arriesgo a una última pregunta: ¿Qué sentido tiene tanto sufrimiento tuyo? ¿Cómo puedes permanecer mientras los amigos de tu Hijo huyen, se dispersan y se esconden? ¿Cómo logras dar sentido a la tragedia que estás viviendo? Me parece que tú nos respondes de nuevo con las palabras de tu Hijo: “Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24).

 

El sentido de tu sufrimiento, María, es por tanto la generación de un pueblo de creyentes. Tú el Sábado santo te nos presentas como madre amorosa que engendra sus hijos a partir de la cruz, intuyendo que ni tu sacrificio ni el de tu Hijo son vanos. Si Él nos ha amado y se ha dado a sí mismo por nosotros (cf. Gal 2,20), si el Padre no lo ha escatimado, sino que lo ha entregado por todos nosotros (cf. Rom 8,32).

 

Tú has unido tu corazón maternal a la infinita caridad de Dios, con la certeza de su fecundidad. De allí ha nacido un pueblo, “una multitud inmensa… de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7,9); el discípulo amado que te ha sido confiado al pie de la cruz (“Mujer, he ahí a tu hijo”, Jn 19,26) es el símbolo de esta multitud.

 

 

La consolación con la que Dios te ha sostenido el Sábado santo, en la ausencia de Jesús y en la dispersión de sus discípulos, es una fuerza interior de la cual debemos ser conscientes, pero cuya presencia y eficacia se mide por sus frutos, por la fecundidad espiritual. Y nosotros, aquí y ahora, María, somos los hijos de tu sufrimiento.

 

A veces hemos experimentado una fuerza que nos ha acompañado en momentos duros, incluso cuando no la sentíamos y nos parecía no poseerla.

 

Nos parece a veces estar abandonados de Dios y de los hombres, y sin embargo, releyendo luego los acontecimientos, nos damos cuenta de que el Señor continuaba caminando con nosotros, más aún, nos llevaba en sus brazos. Nos sucede un poco como a Moisés sobre el monte Horeb: sólo cuando ya había pasado (cf. Ex 33,19-22) pudo ver algo de la gloria de Dios, que tanto deseaba contemplar (“¡Muéstrame tu gloria!, Ex 33,18).

 

 

Tú conoces, María, por experiencia personal, cómo la oscuridad del Sábado santo puede penetrar hasta el fondo del alma aun en el compromiso total de la voluntad al designio de Dios. Tú nos obtienes siempre, María, este consuelo que sostiene el espíritu sin que tengamos conciencia, y nos darás, a su debido tiempo, la visión de los frutos, por no habernos arrepentido de haber seguido amando!

 

Tú, María, eres la Madre del dolor, tú eres la que no cesa de amar a Dios a pesar de su ausencia aparente, y la que no se cansa de amar a sus hijos, cuidándolos en el silencio de la espera. En tu sábado Santo, María, eres el ícono de la Iglesia del amor, sostenida por una fe más fuerte que la muerte y viva en la caridad que supera todo abandono. ¡María, consigue para nosotros el consuelo profundo que nos permita amar aún en la noche de la fe y de la esperanza y cuando nos parece que ya ni siquiera se ve el rostro del hermano!

 

Tú, María, nos enseñas que el apostolado, la proclamación del Evangelio, el servicio pastoral, el compromiso de educar en la fe, de engendrar un pueblo de creyentes, tiene un precio, se paga caro: es así que Jesús nos ha adquirido:

 

“Sabed que fuisteis rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1Pe 1,18-19¡Haz que nuestra pequeña semilla acepte morir para dar mucho fruto!.Una manera de morir ya en vida, pero muy positiva es morir al orgullo.

 

Pero esta tarde es también la mas adecuada para entregar a Cristo mi «condición orgullosa», para que él pueda destruirla para siempre. Cuando yo era niño, la víspera de ciertas solemnidades, existía en mi tierra la costumbre de encender en el campo, al caer la noche, grandes hogueras que se veían de una colina a otra, y cada familia llevaba su parte de leña o de sarmientos para alimentar el fuego, mientras se rezaba en torno a él el rosario.

 

Algo así tiene que ocurrir, espiritualmente, esta tarde, como preparación para la gran solemnidad de la Pascua. Cada uno de nosotros debería venir, en espíritu, a echar en la gran hoguera de la pasión de Cristo su carga de orgullo, de vanidad, de autosuficiencia, de presunción, de arrogancia.

 

Debemos imitar lo que hacen los elegidos en el cielo, en su liturgia de adoración del Cordero, sobre la que se modela la nuestra aquí en la tierra.
«Ellos -dice el Apocalipsis— avanzan procesionalmente y’ al llegar ante el que se sienta en el trono, se postran ante él y arrojan sus coronas ante el trono» (Ap 4,10), Ellos, las coronas verdaderas de su martirio; nosotros, las falsas coronas que nosotros mismos nos hemos puesto en la cabeza.

 

Tenemos que «clavar en la cruz todos los movimientos de la soberbia» (SAN AGUSTÍN, Sobre la doctrina cristiana, 2, 7, 9).

 

No debemos tener miedo a humillamos, a abdicar de nuestra soberbia y orgullo de hombres, o a caer por ello en estados morbosos de ánimo. La soberbia y el orgullo es un camino que lleva a la desesperación, ya que equivale a no aceptarnos como somos. La soberbia y el orgullo es una máscara que nos impide ser verdaderos hombres, antes incluso que creyentes.

 

Ser humildes es lo mas humano. Las palabras homo y humilitas provienen las dos de humus, que quiere decir tierra, suelo. Todo lo que en el hombre no es humildad es mentira. «Si alguno se figura ser algo, cuando no es nada, él mismo se engaña» (Ga 6,3).

 

Dicen que más del setenta por ciento del cuerpo humano está formado por agua, pero quizás mucho más del setenta por ciento del espíritu humano está formado de orgullo. Hasta el aire que respiramos está surcado, en todas las frecuencias, por ondas que transportan palabras y mensajes cargados de orgullo.

 

«¡Insensatos gálatas! -decía san Pablo—. ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!» (Ga 3,1). Insensatos cristianos, ¿quién os ha embrujado hasta el punto de hacer que os pasaseis tan pronto a otro evangelio?

 

¿Cuántas guerras del pasado y del presente no dependen más que del orgullo? Y el sufrimiento de los pobres ¿no depende también, en gran medida, del orgullo de determinados gobernantes que quieren ser poderosos y estar seguros en sus tronos, y para ello tener el ejército más fuerte y las armas más terribles, y que invierten en ellas los recursos que deberían servir para mejorar las condiciones de vida, a veces espantosas, de sus gentes? Pero incluso al nivel de la convivencia humana de cada día, en el seno de las familias y de las instituciones, ¡cuántos sufrimientos nos causamos unos a otros con nuestro orgullo y cuántas lágrimas arranca!

 

Pero no tenemos que quedamos aquí. Si nos quedamos en la denuncia de ese orgullo colectivo, no hemos hecho casi nada. Y hasta puede ser más orgullo que se añade a ese orgullo. La procesión que debemos hacer esta tarde no es tanto una procesión hacia el exterior, sino una procesión hacia nuestro interior. Tenemos que rasgarnos el corazón, no las vestiduras (cfr. Jl 2,13).

 

Allí, en mi corazón es donde anida el viejo orgullo, el único que yo puedo destruir con mi voluntad, porque es el único que nace de mi voluntad.

 

¡Empresa difícil si las hay! El buscador de perlas de los mares que intenta llegar al fondo del mar, pero siente la tremenda resistencia del agua que lo empuja hacia arriba con una fuerza igual y contraria a su volumen.

 

Experimenta, sin saberlo, el principio de Arquímedes. Quien intenta sumergirse bajo el espejo tranquilo de las aguas de sus ilusiones, quien intenta humillarse y conocerse como es en realidad, siente el empuje, aún más fuerte, del orgullo que lo impulsa a elevarse, a salir a flote, a quedarse en la superficie.

También nosotros andamos en busca de una perla preciosa, de la perla más preciosa que existe para Dios. Y esa perla se llama «un corazón quebrantado y humillado». ¿Cómo se puede conseguir un corazón quebrantado y humillado? En primer lugar pidamos la ayuda del Espíritu Santo; abandonemos las defensas y las resistencias. Luego, mirémonos por un momento, si podemos, al espejo de nuestra conciencia. Solos ante Dios.

 

Cuánto orgullo, cuánta vanidad, cuánta autosuficiencia: en aquella ocasión, en aquella otra, en aquella actitud, en aquella otra… Quizás hasta en este mismo momento. ¡Cuánto «yo», «yo», «yo»! «Sonrójate, soberbia ceniza
Los cielos y la tierra están llenos de la gloria de Dios; sólo el corazón del hombre es una excepción, porque está lleno de su propia gloria y no de la de Dios. Tan centrado en sí mismo, que hace que hasta las cosas que Dios ha hecho para sí sirvan para su propia gloria. ¡Y hasta el mismo Dios! Y sin embargo, ¿»tienes algo que no lo hayas recibido?» (1 Co 4.7).

 

Para tener un corazón quebrantado y humillado, hay que pasar por la experiencia de quien ha sido pillado infraganti, como aquella mujer del Evangelio que fue sorprendida en flagrante adulterio, que se estaba allí, callada y con los ojos bajos, esperando la sentencia (cfr. Jn 8,3ss). Nosotros somos ladrones de la gloria de Dios, cogidos infraganti.

 

Pues bien, si en vez de huir a otra parte con el pensamiento, o de enfadarnos diciendo: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?», bajamos la mirada, nos golpeamos el pecho y decimos desde lo más hondo del corazón, como el publicano: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador» (Lv 18,13), entonces empezará a producirse también en nosotros el milagro de un corazón quebrantado y humillado. Y también nosotros, como aquella mujer, experimentaremos la alegría del perdón. Tendremos un corazón nuevo.

 

Las muchedumbres que asistieron a la muerte de Cristo «se volvieron a sus casas dándose golpes de pecho» (cfr. Lv 23,48). ¡Qué hermoso sería que pudiésemos imitarlas! ¡Qué hermoso sería que se repitiese hoy también, aquí entre nosotros, el espectáculo de aquellas tres mil personas que, el día de Pentecostés, sintieron que se les «traspasaba el corazón» y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?» (cfr. Hch 2,37)! Eso sí que sería verdaderamente «imitar lo que celebramos».

 

 

Un corazón quebrantado y humillado es un «sacrificio» agradable a Dios (cf Sal 51,19). Hoy la Iglesia no celebra el sacrificio de la Misa, porque el sacrificio de este día debe ser nuestro corazón quebrantado y humillado.

 

«Así dice el Señor: El cielo es mi trono, la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué templo podéis construirme o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos y es mío -oráculo del Señor—. Pero en éste pondré mis ojos: en el humilde y en el abatido» (Is 66,1-2). Un corazón contrito es el paraíso de Dios en la tierra, la casa en la que a él le gusta poner su morada y revelar sus secretos.

 

Ahora que hemos puesto, al menos con el deseo, todo nuestro orgullo ante Cristo yacente, nos queda hacer brevemente la segunda y definitiva cosa: revestirnos de la humildad de Cristo. «Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel que se confiará al Señor» (So 3, 12s).

 

Cristo ha dado origen en la cruz a ese pueblo humilde y pobre que confía en el Señor; nosotros tenemos que entrar a formar parte de ese pueblo de hecho, lo mismo que por el bautismo hemos entrado ya a formar parte de él de derecho.

 

Dice Jesús en el Evangelio: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). ¿Qué es lo que ha hecho Jesús para llamarse humilde? ¿Qué es lo que ha hecho? «Tomó la condición de esclavo» (Flp 2,8). No se consideró pequeño, no se declaró pequeño, sino que se hizo pequeño, y pequeño para servirnos. Se hizo antes que nadie, «el más pequeño de todos y el servidor de todos» (cfr. Mc 9,35). Cristo no tuvo miedo a comprometer su dignidad divina rebajándose hasta parecerse a un hombre como los demás.

 

La humildad de Cristo, además de estar hecha de servicio, está hecha de obediencia. «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2,8). Humildad y obediencia aparecen aquí casi como una misma cosa. En la cruz Jesús es humilde porque no opone ninguna resistencia a la voluntad del Padre.

El orgullo se quiebra con la sumisión y la obediencia a Dios. Hay quienes se han pasado la vida discutiendo con Dios, como si se tratase de un igual. Y acabaron convenciéndose a sí mismos de que podían traer también en jaque a Dios porque tuvieron en jaque a los hombres.

 

En la cruz Jesús no sólo reveló y practicó la humildad; también la creó. La verdadera humildad, la humildad cristiana, consiste desde entonces en participar del estado de ánimo de Cristo en la cruz. «Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5); los mismos, no unos parecidos.

 

Podría decirse que Dios creó al hombre varón y mujer para que aprendiesen a ser humildes, a salir de sí mismos, a no ser altaneros y autosuficientes, y para que descubriesen la felicidad que existe en depender de alguien a quien amar y que te ama. De ahí, que, «no podemos amara dios a quien no vemos si no amamos al hermano al que vemos».

 

«Oh María, primicia del pueblo humilde y del resto de Israel, sierva sufriente junto al Siervo sufriente, nueva Eva obediente junto al nuevo Adán, alcánzanos de Jesús, con tu intercesión la gracia de ser humildes. Enséñanos a ‘humillarnos bajo la mano poderosa de Dios’, como te humillaste tú, para alcanzar contigo la gloria de la Resurrección de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos».

 

AMEN

 

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