Ecos del Evangelio

19 abril, 2019 / Carmelitas
HORA DE NONA 2019 VILLAVICIOSA

ACOMPAÑANDO EN SILENCIO A MARÍA

 

 

 

Estamos en la hora de mayor desolación para un ser humano, cuando afrontamos la muerte de un ser querido. Es el momento de mayor desolación también para los Apóstoles, que no terminarían de creer que su Maestro había muerto. Aunque no tenemos noticias de dónde se encontraban este día los discípulos del Señor –sólo sabemos que Juan permaneció junto a María al pie de la Cruz hasta el final–, nos los imaginamos completamente abatidos por la tristeza. Tal vez sus pensamientos irían del remordimiento por haber abandonado a Jesús en el Huerto de los Olivos, con lo que comenzó su Pasión, al recuerdo nostálgico de tantos prodigios vividos de cerca con el Él y de tantas palabras suyas retenidas –de vida eterna, como confesó Pedro–, que habían llenado sus vidas de una esperanza inigualable. Son las horas del recuerdo, del revivir tantas experiencias al lado del Maestro que se ha ido.

 

Un dolor imposible de describir hizo presa en ellos, viéndose vacíos y culpables. Un dolor que se afianzaba con el paso de las horas, que les hacía más y más patente la muerte de Jesús, para ellos tan inesperada. Un dolor que desbarató todos los sueños e ilusiones que tenían.

 

Por otra parte, el miedo por el que huyeron dejándolo solo la noche de Getsemaní aún les afectaba. Pedro –aunque luego lloró había negado conocer al Señor por no correr la suerte de su Maestro. Los demás, si no de palabra, le habían negado también de verdad, con las obras; y, como explica san Juan, estaban escondidos por miedo a los judíos.

 

Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos se habían hecho fuertes después de conseguir la condena de Jesús. Hasta lograron que Pilato pusiera a su disposición soldados para guardar el sepulcro. Pertenecer al grupo de los de Aquel hombre crucificado y muerto, era peligroso en ese momento. De ser reconocidos, sus vidas no estaban seguras: lo mejor era esconderse…

 

Sin embargo, no todos se acobardan: Nicodemo y José de Arimatea –discípulos ocultos de Cristo, interceden por el desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio…, entonces dan la cara ¡valentía heroica!

 

Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

 

Cuando todo el mundo os abandone y desprecie…, servían!, os serviré, Señor.

 

No nos interesa establecer comparaciones entre los que dieron la cara en aquellas horas difíciles por el Señor y los que entonces fueron cobardes, pero, recuperados por acción de la Gracia, supieron dar toda su vida para que se extendiera en el mundo el Reino de Cristo. Nosotros deseamos serle fieles siempre y le pedimos fortaleza, lealtad, para los momentos de cobardía y de flojera, que vendrán: no somos perfectos, y le decimos: ¡Perdón, Señor! ¡Ayúdame más, que quiero serte siempre fiel!

 

¡Que no nos importe reconocernos débiles y por eso pecadores! Lo hemos sido en otro tiempo: bien claras tenemos nuestras traiciones pasadas; y lo seremos en el futuro, aunque sea de ordinario en asuntos menudos, a los que queremos dar importancia, sin embargo, porque son faltas de amor con el Señor. Por eso, dolidos de nuestras debilidades, tal vez no tan antiguas…, nos proponemos rectificar con un propósito bien determinado. Querríamos no sentir más la necesidad de pedir perdón, querríamos no ofender más al Señor, aunque deseamos ardientemente reconocerlo arrepentidos –como Pedro– inmediatamente después de cada ofensa.

 

El dolor de los pecados: dolor por haber ofendido a Dios, es verdadero dolor, pero no es un dolor triste, no puede serlo. Es un dolor optimista, esperanzado, porque Dios lo acoge si contempla que es sincero con el deseo de no apartarnos más de su lado: No despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado, le decimos con el salmo. Por eso el momento del dolor es también el de la paz, el de la seguridad, el del optimismo; e inmediatamente el momento de la gratitud y de la alegría.

 

Quiere el Señor manifestar su bondad y su poder en sus hijos los hombres y lo hace muchas veces perdonándonos y sanando nuestras heridas, para que llenos de su fortaleza venzamos en la lucha contra nosotros mismos una y otra vez, aunque también de vez en cuando seamos vencidos.

 

Bastará entonces con volver los ojos nuevamente a Dios, que comprende la flaqueza nuestra y quiere otra vez ayudarnos, porque no nos ha dejado de querer.

 

¡Y, qué decir de nuestra Madre! De continuo nos contempla como a hijos siempre pequeños –rebeldes, quizás– y siempre dignos de compasión, porque somos suyos. Así se lo decimos cada uno: «Mírame con compasión, no me dejes Madre mía»

 

Contemplemos el corazón de la Santísima Virgendolorido en la pasión—, en las lamentaciones del profeta Jeremías. El profeta está refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, pero en esta poesía, que es la lamentación, hay muchos textos que recogen el dolor de una madre, el dolor de María. Como dice el profeta: “Un Dios que rompe las vallas y entra en la ciudad”.

 

 

Podría ser interesante el tomar este texto desde el capítulo II de las lamentaciones de Jeremías, e ir viendo cómo se va desarrollando este dolor en el corazón de la Santísima Virgen, porque puede surgir en nuestra alma una experiencia del dolor de María, por lo que Dios ha hecho en Ella, por lo que Dios ha realizado en Ella; pero puede darnos también una experiencia muy grande de cómo María enfrenta con fe este dolor tan grande que Dios produce en su corazón.

 

Un dolor que a Ella le viene al ver a su hijo en todo lo que había padecido; un dolor que le viene al ver la ingratitud de los discípulos que habían abandonado a su hijo; el dolor que tuvo que tener María al considerar la inocencia de su hijo; y sobre todo, el dolor que tendría que pasar la Santísima Virgen por su hijo, herido por las humillaciones de los hombres.

 

María, el Sábado Santo en la noche y domingo en la madrugada, es una mujer que acaba de perder a su hijo. Todas las fibras de su ser están sacudidas por lo que ha visto en los días culminantes de la pasión. Cómo impedirle a María el sufrimiento y el llanto, si había pasado por una dramática experiencia llena de dignidad y de decoro, pero con el corazón quebrantado.

 

 

María —no lo olvidemos—, es madre; y en ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre y el efecto noble y humano de una madre por su hijo. Este dolor, junto con el hecho de que María haya vivido todo lo que había vivido en la pasión de su hijo, muestra su compromiso de participación total en el sacrificio redentor de Cristo.

 

María ha querido participar hasta el final en los sufrimientos de Jesús; no rechazó la espada que había anunciado Simeón, y aceptó con Cristo el designio misterioso de su Padre. Ella es la primera partícipe de todo sacrificio.

 

María queda como modelo perfecto de todos aquellos que aceptaron asociarse sin reserva a la oblación redentora.

 

¿Qué pasaría por la mente de nuestra Señora este sábado en la noche y domingo en la madrugada? Todos los recuerdos se agolpan en la mente de María: Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Canaán, Jerusalén. Quizá en su corazón revive la muerte de José y la soledad del Hijo con la madre después de la muerte de su esposo…; el día en que Cristo se marchó a la vida pública…, la soledad durante los tres últimos años.

 

Una soledad que, ahora, Sábado Santo, se hace más negra y pesada. Son todas las cosas que Ella ha conservado en su corazón. Y si conservaba en el corazón a su Hijo en el templo diciéndole: “¿Acaso no debo estar en las cosas de mi Padre?”. ¡Qué habría en su corazón al contemplar a su Hijo diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, todo está consumado”!

 

 

¿Cómo estaría el corazón de María cuando ve que los pocos discípulos que quedan lo bajan de la cruz, lo envuelven en lienzos aromáticos, lo dejan en el sepulcro? Un corazón que se ve bañado e iluminado en estos momentos por la única luz que hay, que es la del Viernes Santo.

 

Un corazón en el que el dolor y la fe se funden. Contemplemos todo este dolor del alma, todo este mar de fondo que tenía que haber necesariamente en Ella. Apenas hacía un rato que había muerto su hijo. ¡Qué no sentiría la Santísima Virgen!

 

 

Dolorosa, y recogida en su dolor, nos la quiso dejar el Señor. Desde entonces, en la piedad popular y en el corazón cristiano, la tenemos como la mejor confidente. Ella va susurrándonos cosas que el mundo, no entiende ni quiere comprender, pero que son como ráfagas de amor divino, que nos vienen muy bien para mantenernos orientados hacia el amor a Dios.

 

En estas horas de silencio, mientras estamos expectantes a lo que está por venir, palpamos el amor de María a sus hijos: ¡”Madre ahí tienes a tus hijo”!

 

 

¿Sentirá, en estas horas, excesivamente silenciosas, la ternura, la acogida de los hijos hacia la Madre? ¡”Hijo ahí tienes a tu Madre”!

 

¿Por qué no adoptarla, cuando ha quedado despojada de aquellos que tanto le amaron: José antes y, en la cruz, luego Jesús?

¿Por qué no dejarnos tomar por Ella, cuando en cierta manera, también nosotros hemos quedado desconcertados por el trágico final de Jesús de Nazaret?

En estas horas, mientras esperamos el triunfo de la vida sobre la muerte, meditamos y rezamos en alto, la presencia de Dios en María: encontró gracia ante Dios aunque, una espada, la espada que hoy está sintiendo de arriba abajo, en su corazón, le pudiera hacer pensar que, Dios, es un aguafiestas.

 

 

Nos hemos quedado sin Jesús. Aún humea el fuego en el Huerto de los Olivos; todavía estamos despertándonos del sueño en el que estuvimos sumidos; aún hoy, chirría en nuestros oídos, el ruido de las monedas por el que fue vendido Jesús o la incomprensible, pero anunciada, triple negación de Pedro.

 

Muchas cosas han cambiado y se han alterado en estos días. Tan sólo, el amor inquebrantable de María, sigue tan invariable como su semblante y su cuerpo estuvieron fieles al pie de la cruz.

 

 

Virgen, Virgen dolorida. Ni Dios, aún siendo la Madre de su Hijo, la quiso excluir de esta realidad que asola a tanto ciudadano de nuestro mundo: el sufrimiento, los interrogantes, las pruebas, las soledades como el gran cáncer de la modernidad. Nunca tenemos tantos medios para sentirnos acompañados y, por otro lado, nunca el hombre se ha sentido tan sólo.

 

¿Dónde está el secreto de tu comprensión, María, para todo lo que Dios pone en tu camino?

¿Dónde reside, María, el fondo de tu sensibilidad y de la fortaleza que nos demuestras?

Te hemos pintado con tantos colores, que nos cuesta verte así; dolorida, solidaria, desconcertada.

 

Estas horas son el campo donde crece la confianza y la espera. La distancia entre el absurdo y la gloria. La batalla entre el sepulcro y la vida. El momento que distancia, la Virgen que solloza, y la mujer alegre por el encuentro con el Resucitado.

 

Mientras el calvario se ha quedado vacío, sin ruidos, despojado y mudo – tan sólo roto en su horizonte por tres cruces desnudas, sangre, letreros, cuñas, maderaje y clavos por el suelo- una mujer, María, se halla hermanada, cercana y conocedora de los sufrimientos de todos los hombres, sus hijos.

 

¡María! Cuando los apóstoles están conmocionados, y todavía no repuestos de los acontecimientos, sigue rumiando a Dios. Intentando escrutar y buscar respuesta en las Escrituras. Apostando por un Creador que, lo que promete, cumple hasta los límites más insospechados.

 

¡Déjanos, María, acompañarte en éste, tu personal calvario! Si en el silencio –con escasas siete palabras murió Jesús en la cruz- Tú, en este instante, permaneces sigilosa. Porque sabes que en el silencio Dios habla. Porque conoces, por propia experiencia, que en las horas amargas, es el Padre quien sale al encuentro. Porque crees, añoras y meditas inmensidades divinas en tu corazón, aunque Dios te pruebe en la noche oscura, en este día de calma.
¿Acaso, hoy María, es el único momento de soledad? ¿No lo fue la Anunciación cuando el Ángel te sorprendió sola? ¿Belén no fue la ciudad, pequeña e ingrata, ante la que pasaste con soledad inquieta buscando posada? ¿Y no fue una gruta la que te hizo saborear, una vez más, que Dios vino sólo y en el silencio? ¡En cuántos momentos, como el de hoy, María…te sentiste tremendamente sola.

 

Hoy, como en aquel lejano día, sonará con especial realismo y crudeza lo que ya el anciano Simeón predijo: aquella espada, de ayer y tan de hoy, lastimó su corazón pero no lo partió. Hirió sus entrañas, pero no desahuciaron a Dios. Laceró su amor humano pero nunca dio la espalda al amor divino. ¿Cómo lo hizo María? ¡Cómo lo consiguió cuando, espadas más pequeñas hieren de muerte –en la fe y en la confianza- a tantos corazones creyentes que han dejado de serlo, cuando el calvario asomó por la azotea de su felicidad.

 

 

¿Cómo permanecer fieles a ese amor tan respondido, hoy, con el silencio de Dios? ¿Cómo responder con la talla y la altura, la dignidad y el saber estar que María, demostró en esas horas de orfandad para el mundo?

 

¿Quién de los que estamos, acompañando a María en su soledad, no hemos tenido alguna vez una experiencia ingrata; un trago amargo; una dificultad que nos superaba; algo, por lo que hubiésemos dado toda nuestra fortuna y fama, para evadirnos de ello?

 

Hoy, aquí y ahora, hay tanto silencio y calma como en aquel mágico momento de la Anunciación del Señor a María: ¡No temas! ¡No temas! ¡No temas! Tal vez, este pensamiento –palabras del Ángel que sonaron en Nazaret- servirá como consuelo y seguridad a Santa María: ¡No temas! Si encontraste gracia ante Dios, ¿Cómo te va a dejar abandonada, cuando a simple vista, sin Jesús por los caminos ni en las plazas, parece no existir nada?

 

Y es que, el amor, dicen que es más puro, más sólido, más verdadero cuando es probado con el sufrimiento.

 

Pues María, si es por eso, catapulta el amor, su incondicional amor, en la cima jamás soñada: ¡Cuánto más me pruebas, mi Dios, más te quiero mi Señor! ¡Cuánto mas sola me siento, más miro hacia el cielo! ¡Cuánto más toco el sepulcro de Cristo, más vibro porque el grano, pronto, dará su fruto!

 

 

Las horas grandes de los hombres, no vienen definidas por los puntuales y exuberantes éxitos. Las grandes horas de María, las estamos viviendo, ahora, aquí, con Ella.

 

En el silencio, se mira –una y otra vez- las manos asegurándose de que todo no ha sido un sueño. De que han sido manos que, ayer, abrazaron a Cristo camino del Calvario; las que lo sostuvieron cuando lo bajaron de la cruz: las mismas manos de Madre, que lo sembraron en el fondo de un sepulcro nuevo y prestado.

 

Son las horas en que se ha detenido el viento. Mientras unos se afanan en recoger los restos de la pasión, María confía en cosechar el esfuerzo de tanta entrega, sufrimiento, amor, perdón y misericordia de su hijo: la resurrección.

 

En la Soledad de María aprendemos a beber el contenido de la esperanza, que no es otra sino esperar contra toda esperanza. Como lo hicieron tantos hombres de bien en el Antiguo Testamento. Como tantos Patriarcas y Profetas. Como su querido esposo San José.

 

Esperar. ¡He aquí el misterio que se sostienen estas horas de silencio! Allá, en el sepulcro, una semilla aguarda la mano poderosa de Dios. El ser levantado para la salvación del hombre. El fin de tanta humillación, escarnio e incomprensión.

 

Vino a los suyos, y Jesús, no fue reconocido por ellos.
Pero María, ¡qué decir de María! de Ella nació, con ella creció, de Ella aprendió el amor a Dios y a los hombres.

 

Por eso, en estas horas, sólo queda Ella: recordando palabras, situaciones, caricias al que un día fue niño, ingratitudes, huidas a Egipto y disgustos por Aquel que siempre habló sin tapujos.

 

Durante su soledad, María aguarda llena de esperanza el encuentro definitivo con su Hijo. Había dicho Jesús: «Volveré y los tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3). Ella tiene la certeza de la vida eterna prometida; por eso alienta en los cristianos la esperanza de la propia resurrección y del triunfo definitivo de Jesucristo.

 

¿Dónde estará mi Hijo? ¡Ojala yo pudiera estar también con El! Jesucristo
María es la única luz que ilumina, junto con la lámpara de algún apóstol que desde alguna esquina tímidamente observa, la penumbra de este día donde la semilla ha sido enterrada para que mañana, muy pronto, resurja y a todos nos dé un día el ciento por uno.

 

María no se queda en su soledad. Hoy, aquí sus hijos, le acompañamos con el sentimiento, con la contemplación, con la fidelidad, con el dolor –pero sobre todo- sabiendo que Dios tiene la última palabra. Y, ésta, no es precisamente la muerte.

 

Soledad la de este día, en María, preludio de aquella otra soledad que –en compañía de Juan- ofrecerá y dedicará para ayudar, alimentar, animar y fortalecer a sus nuevos hijos: nosotros y, dentro de una hermosa casa, la Iglesia.

 

¡María ruega por nosotros tus hijos!

 

Junto con esta reflexión, penetremos en el gozo de María en la resurrección. Tratemos de ver a Cristo que entra en la habitación donde está la Santísima Virgen. El cariño que habría en los ojos de nuestro Señor, la alegría que habría en su alma, la ilusión de poderla decir a su madre: “Estoy vivo”. El gozo de María podría ser el simple gozo de una madre que ve de nuevo a su hijo después de una tremenda angustia; pero la relación entre Cristo y María es mucho más sólida, porque es la relación del Redentor con la primera redimida, que ve triunfador al que es el sentido de su existencia.

 

 

Cristo, que llega junto a María, llena su alma del gozo que nace de ver cumplida la esperanza. ¡Cómo estaría el corazón de María con la fe iluminada y con la presencia de Cristo en su alma! Si la encarnación, siendo un grandísimo milagro, hizo que María entonase el Magníficat: “Mi alegría qué grande es cuando ensalza mi alma al Señor.

 

Cuánto se alegra mi alma en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava, y desde ahora me dirán dichosa todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es Santo”. ¿Cuál sería el nuevo Magníficat de María al encontrarse con su hijo? ¿Cuál sería el canto que aparece por la alegría de ver que el Señor ha cumplido sus promesas, que sus enemigos no han podido con Él?

 

 

Y por qué no repetir con María, junto a Jesús resucitado, ese Magníficat con un nuevo sentido. Con el sentido ya no simplemente de una esperanza, sino de una promesa cumplida, de una realidad presente. Yo, que soy testigo de la escena, ¿qué debo experimentar?, ¿qué tiene que haber en mí? Debe brotar en mí, por lo tanto, sentimientos de alegría. Alegrarme con María, con una madre que se alegra porque su hijo ha vuelto. ¡Qué corazón tan duro, tan insensible sería el que no se alegrase por esto!

Tratemos de imitar a María en su fe, en su esperanza y en su amor. Fe, esperanza y amor que la sostienen en medio de la prueba; fe, esperanza y amor que la hicieron llenarse de Dios. La Santísima Virgen María debe ser para el cristiano el modelo más acabado de la nueva criatura surgida del poder redentor de Cristo y el testimonio más elocuente de la novedad de vida aportada al mundo por la resurrección de Cristo.

 

Tratemos de vivir en nuestra vida la verdadera devoción hacia la Santísima Virgen, Madre amantísima de la Iglesia, que consiste especialmente en la imitación de sus virtudes, sobre todo de su fe, esperanza y caridad, de su obediencia, de su humildad y de su colaboración en el plan de Cristo.
Como toda la pasión de Cristo, la hora de nona es inseparable de la Virgen María, su madre.

 

 

¡María ruega por nosotros, tus hijos, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén!

 

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