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21 septiembre, 2017 / Carmelitas
Id a mi viña

DOMINGO XXV T.O. CICLO A 2017 Cuando leemos la parábola de los trabajadores de la viña, también nosotros, en nuestro interior, tendemos a expresar nuestra extrañeza: « ¿Cómo pudo, este dueño de la viña, pagar por igual a los que sólo trabajaron una hora y a los que soportaron todo el peso del día y del bochorno?»¿No es esto una injusticia? La fuerza del mensaje esta en la respuesta final de Cristo: «Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? ” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos». Saquemos pues algunas conclusiones muy sencillas, pero muy claras, si de verdad queremos ser verdaderamente cristianos. 1-ª Conclusión: El amor no sabe de contabilidad, y si sabe, entonces es un negocio. En el amor, por mucho o poco que sea el esfuerzo, el premio siempre es desproporcionado… En ninguna relación amorosa se da el justo y equitativo pago de los trabajos o sacrificios realizados. Si se diera se desnaturalizaría el amor, dejaría de ser amor, pasaría a ser compraventa o trueque de servicios prestados. En esta parábola, Dios es el que inicia la relación e invita a la participación en su empresa y espera del hombre que tome como propia su causa. Espera que se sume a ella y que no espere como pago o premio otra cosa que no sea el mismo esfuerzo. 2-ª Conclusión: Con Dios sólo se pueden establecer relaciones de amor… En el amor, la felicidad se encuentra en el mismo acto de amar, en el esfuerzo que supone el negarse uno a sí mismo. El amor no entiende de contabilidades. Los resultados o dividendos de felicidad, realización o santidad no son cuantificables. No se trata de un más o menos, se trata de ser o no ser; los resultados son de cualidad de vida. 3-ª Conclusión: El modelo de hombre que presenta Jesús encuentra la plenitud de su ser en el mismo acto de amar, en el momento en que ama, y no como resultado de haber amado. No amar hoy para ser feliz mañana, amar hoy para amar mañana más. Lo mismo podemos decir del vivir, que es participar activamente de la vida, tomar parte y partido en ella. 4-Conclusión: Para el creyente de lo que se trata es de cumplir la voluntad de Dios y tomar conciencia de que en ella está la felicidad y la salvación; pero no en un más allá, sino en el más acá, en el ahora y aquí. El cristianismo o te reporta la felicidad y la santidad en tu hoy, o no esperes que el día de mañana te llueva del cielo. 5-ª Conclusión: Uno tiene vocación cristiana: llamada de Dios al trabajo en su viña, cuando experimenta felicidad en el esfuerzo, en la brega, y no cuenta las horas… Dios nunca domina, te deja libre de aceptar o no sus propuestas. Por ser amor nunca se impone, sólo se propone, y espera del hombre su respuesta en obediencia. Debemos pues dejar de lado -por que es falsa- cierta espiritualidad de tinte farisaico que interpreta la vida del creyente como la suma de méritos, obligaciones cumplidas, prohibiciones observadas, y sacrificios acumulados para alcanzar el cielo o merecer la gloria. Esta espiritualidad no puede resistir que Dios sea un padre amoroso y lo quieren juez justiciero. Si amar es ayudar a crecer, habrá que decir que Dios, que es amor, nos elige y nos llama para que crezcamos en el ejercicio del cristianismo, en el trabajo de su viña… Si el trabajo en su viña no nos ayuda a crecer, no nos reporta la felicidad o la santidad, con toda honradez tendremos que retirarnos, no es para nosotros, porque el premio lo hemos de encontrar en el mismo trabajo. 6-ª Conclusión: Con todo esto, no hay que perder nunca de vista que el modelo de religión que presenta Jesús no es un negocio entre Dios y los hombres .No se trata de ver qué es lo que Dios puede hacer por mí, sino qué es lo que puede hacer a través mío; no siendo o sintiéndome su esclavo o jornalero, sino su hijo. Debemos pararnos y ver, haciendo autocrítica, qué es lo que en nosotros hay de paganismo y qué de cristianismo. ¿O vas a tener envidia porque yo soy bueno? Aquí está la cuestión La parábola de los obreros en la viña nos recuerda a los creyentes algo de suma importancia. Con un corazón lleno de celos o envidia no se puede «entender» al Dios Bueno que anuncia Jesús. Al hombre actual se le hace cada día más difícil encontrarse con Dios. Y, sin duda, son muchos y complejos los factores sociológicos y culturales que explican tal dificultad. Pero no deberíamos olvidar que es indudable que nuestra sociedad padece un eclipse de Dios y en este eclipse hemos participado y mucho los creyentes, porque la vida de muchos transparenta más sus intereses, sus preocupaciones y sus obsesiones que la presencia vivificante de Dios. Un Dios que es Amor no puede ser descubierto por la mirada interesada de unos hombres que sólo piensan en su propio provecho, utilidad o disfrute egoísta. Un Dios que es acogida y ternura gratuita para todos, no puede ser captado por hombres de alma calculadora que viven manipulándolo todo, atentos únicamente a lo que puede acrecentar su poder. ¿Qué eco puede tener hoy, en amplios sectores de esta sociedad, hablar de un Dios que es Amor gratuito? Hablar de amor es, para bastantes, hablar de algo hipócrita, retrógrado, ineficaz, algo perfectamente inútil en la sociedad actual. Nos basta con organizar bien nuestros egoísmos para no destruirnos unos a otros. No es extraño que Dios se haya eclipsado convirtiéndose para muchos en algo irreal, abstracto, sin conexión alguna con su vida real. Entonces corremos el riesgo de caer en la incredulidad total. Recordemos la experiencia de Simone de Beauvoir: «Dios se había convertido para mí-dice- en una idea abstracta en el fondo del cielo, y una tarde la borré». No es posible creer que existimos «desde un origen amoroso» ni descubrir a Dios en la raíz misma de la vida, cuando estamos «fabricando» una sociedad donde apenas se cree en el amor. Para muchos hombres y mujeres de hoy el camino para encontrarse de nuevo con Dios es volver a reconstruir pacientemente su vida, poniendo en todo un poco más de generosidad, desinterés, ternura y perdón. Lo más profundo de la existencia sólo se descubre desde la experiencia del amor. En este domingo tenemos que dar gracias a Dios por muchísimas razones: Primero: se ha fijado en nosotros. Podría haber pasado perfectamente de largo. Pero, desde el día de nuestro Bautismo, fuimos injertados en Él y, desde entonces, deberíamos haber intentado amarle, seguirle y servirle con todas nuestras fuerzas. -Segundo: nos ha llamado para algo. Nadie de los que estamos en esta Eucaristía puede decir aquello de “yo no valgo para nada”. Todos podemos hacer algo por ese Alguien que es Jesús. Todos tenemos un puesto, un carisma. En la Iglesia no existe el paro. Quien se encuentra parado es porque prefiere vivir cómodamente, al amparo de lo que otros tantos agentes de pastoral o hermanos nuestros realizan. -Tercero: nos envía a cuidar lo más sagrado. Hay una viña que todos hemos de cuidar con pasión y con interés: la fe. La oración, la escucha de la Palabra de Dios, la caridad… hacen que nuestra viña- la fe- sea rica y fuerte. Gracias, Señor: *Porque en la plaza de mi comodidad estaba yo sentado y me llamaste por mi nombre para trabajar en tu viña. *Porque en la plaza de mi egoísmo estaba yo cerrado y me hiciste ver que la mayor riqueza es el dar y no recibir. *Porque en la plaza de mi particular justicia estaba yo confundido, cuando conociéndote, aprendí a diferenciar la verdad de la mentira. *Porque en la plaza de mi aburrimiento estaba una tarde abatido, cuando en mi interior, me sentí llamado a la alegría de tu misión. *Porque en la plaza de mi envidia estaba un amanecer asomado, cuando me hiciste comprender y aceptar que es grande, quien te sirve sin juzgar ni exigir la suerte que Tú repartes. *Porque en la plaza de mis ideas, tejía proyectos y planes, pero me presentaste Tu proyecto, y vi que era el Tuyo el que verdaderamente da dignidad al hombre. Por todo, ello y por mucho más, gracias Señor.

 

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