Ecos del Evangelio

7 julio, 2016 / Carmelitas
II Domingo de Pascua

DOMINGO II DE PASCUA CICLO C 2016

La Pascuano fue solamente la resurrección de Cristo del seno de la muerte; fue también el nacimiento de la primera comunidad cristiana. La Pascua debe ser hoy día un tiempo para que revivan las personas que forman parte de una comunidad no sólo en lo que profesan con los labios, sino sobre todo en lo que piensan, sienten y hacen.

Repasemos los elementos básicos de la primera comunidad de fe surgida de la Pascua : sin la presencia de Cristo y con la presencia de Cristo

*Con la Pascua comenzó una nueva semana en la historia de la humanidad y “el día del Señor”(es decir el domingo) fue su primer día. Este debe ser el sentido del domingo: un día distinto de los demás porque significa el comienzo, el génesis de algo nuevo y distinto para la semana que comienza. Sin embargo, hay muchos cristianos que parecen no haberlo enterado. Más aún, han hecho de ese día un día en que sin ningún pudor prescinden de celebrar el día del Señor (La Eucaristía).

* La tónica de los integrantes de las primeras asambleas cristianas es el miedo. El miedo los tenía paralizados y aislados de los hombres. Era una comunidad cerrada: comunidad de muerte. Estaban unidos, pero por la muerte. Se consuelan del fracaso de sus ilusiones y esperanzas. Una comunidad sin futuro: se trataba de no llamar la atención, no establecer relaciones con nadie. La comunidad era la tumba de todo aquello en lo que habían esperado y que acabó en la cruz.

Lo triste del caso es que muchas comunidades cristianas actuales parecen seguir en esa misma postura. Viven sin alegría y sin esperanza; temen a la gente que no son de su grupo, lengua o manera de pensar y se apartan de ella como de un peligro, como si no fuese el contacto y la relación con la gente la única manera de vivir la santidad de la pascua.

¿Y qué puede hacer una comunidad encerrada sino vegetar? Al poco tiempo muere en sus miembros el sentimiento, el afecto, las iniciativas, las expectativas, el deseo de cambiar y progresar. Están juntos pero no viven en comunidad. ¿Qué puede unir a un grupo de personas que ya no saben mirar hacia adelante? Sólo las unen las cuatro paredes en que se han encerrado. En el interior reina un gran vacío: el vacío de Cristo resucitado, que aun no lo han reconocido, Es decir les falta la alegría y la paz de Cristo

Pero resulta que Cristo se hace presente para espabilarlas. Viene a llenar el vacío de la muerte y entra como un ladrón, a puertas cerradas. Pero no hay que temer: viene precisamente a abrir las puertas y ventanas cerradas de la casa de los cristianos.

Su saludo es todo un proyecto de vida: «Paz a vosotros.» El antiquísimo saludo semita que aún se conserva en Palestina, Shalom, ahora tiene un nuevo sentido: la paz de la vida debe suplantar a la paz de la muerte. La paz de la muerte es quietud, desconsuelo, miedo, ansiedad. Pues que descanse en paz, esa paz que reina en no pocas comunidades cristianas. En cambio, la paz de la vida es la paz de la alegría. Es la paz del que se mueve, se inquieta y sale de sí mismo. Es la paz de la esperanza y de las puertas abiertas. Por eso dice el texto evangélico que «se llenaron de alegría al ver al Señor».

Amigos sin Pascua, que pase por Pentecostés no hay comunidad cristiana. Por eso Cristo durante un periodo de tiempo les fue enseñando y dando sus dones, para que no se quedaran en solo ritos, oraciones, santas reglas y hasta el mismo techo común. De ahí el sentido del domingo y de la eucaristía dominical: la comunidad afirma su esperanza como si todo el largo pasado fuese un ayer muerto, como si el futuro fuese su única vida. «Quien mira atrás no es apto para el Reino de Dios», dijo Jesús.¿Y esas palabras de Cristo que significan?: pues que quien no muere cada día a su pasado para renacer al futuro que se debe construir, ése no puede llamarse cristiano.

En síntesis: todos los cristianos decimos que creemos en Cristo resucitado… pero, ¿qué implica creer que Cristo está presente en la comunidad?

Según el evangelio de hoy hay dos signos que delatan la presencia de Cristo: la paz y la alegría. Si decimos que nos une el amor de Cristo, ¿por qué expresan muchos ese amor con un rostro de rutina, de hastío y de indiferencia u hostilidad entre unos y otros miembros de la comunidad?

Tomás quizá sea él el mejor prototipo de un cristianismo anquilosado. Tomás estuvo ausente aquel domingo y su ausencia es significativa. Tal miedo le provocó la pasión y muerte de Jesús, que necesitó huir muy lejos de sus hermanos para vivir aislado y desentendido de todo.

«A los ocho días» volvió creyendo que «el asunto Jesús» se había terminado. Pero su sorpresa fue grande: ahora le dicen que está vivo y que ha visitado a los suyos. Su respuesta fue harto significativa: si no lo veo bien visto y si no palpo sus llagas, no creeré. Dos ideas se entrelazan en su respuesta:

Por un lado: aún no comprende que desde la Pascua debe ver con ojos distintos. Jesús está en la comunidad, pero no está para hacer las cosas que los discípulos deben hacer, sino para empujarlos a la acción. Está con su «Espíritu», es decir, como viento, fuego o aliento. Está como germen de vida y como fuerza para vencer la muerte. Jesús no está en una comunidad para que los feligreses se duerman en los laureles de la rutina y de siempre se hizo así.

Por otro lado: Tomas no acepta la cruz y eso le impide reconocer a Jesús. Por eso Jesús le dice que palpe sus llagas y que meta su dedo en los agujeros de los clavos, lo invita a no huir de la cruz sino a aceptarla y abrazarla; a meterse dentro de ella, pues quien no sigue a Jesús con la cruz, tampoco lo puede seguir en su Pascua. Fue justamente entonces cuando Tomás reconoció a Jesús como Señor y Dios. Una comunidad cristiana debe claro está, confesar a Cristo pero al Cristo total: el de la muerte y el de la resurrección.

La vida en comunidad no es un idilio romántico, ni un juego de enamorados. Es más bien como un matrimonio en el que, a lo largo de los años, el dolor y el amor se entremezclan como se entremezclan los cuerpos. Vivir en comunidad exige renuncias constantes, pues la alegría pascual es alegría del compromiso asumido. No es el fatuo vivir de quien está a solas gozando en su cobardía, en su rutina, y en su siesta correspondiente.

Y esto lleva a otra conclusión aun mas clara: quien permanece en una comunidad debe creer en la supremacía del amor y si no es así, debe replantearse el formar parte de la comunidad.

Pero al lado de las apariciones de Cristo a los apóstoles en los que se los encuentra con las puertas cerradas por miedo, contrasta la narración de los hechos de los apóstoles, en la que vemos la situación de las comunidades después de Pentecostés. En esa narración vemos como los fieles siguen unidos, pero no a puerta cerrada, sino encarnándose en la realidad humana y social de la que su propia comunidad había nacido.

Amigos, el cristianismo no es un ghetto de elegidos, ni un grupo de secretos iniciados sino un grupo de creyentes que lleva un mensaje de vida a toda la sociedad. La sociedad podrá rechazar este mensaje y hasta pretenderá arrinconar e incluso exterminar a los seguidores de Jesús, pero ello jamás podrá ser motivo para que los cristianos se sientan separados del mundo, aislados o marginados.

Y hay un segundo dato que es sumamente llamativo: los apóstoles no cesan de manifestar a Jesucristo mediante signos y prodigios, particularmente con los enfermos, los pobres, los oprimidos, o los condenados a la marginación.

Si hacemos una rápida mirada al mundo actual o una ojeada a los medios de comunicación, vemos como la muerte aún conserva un fuerte señorío sobre nuestra “civilizada” humanidad: muerte del cuerpo, muerte por hambre o desnutrición, muerte por enfermedades cancerosas, muerte por accidentes de tráfico, muerte por guerras; pero también muerte del espíritu que se traduce en odios, tensiones, divisiones, desprecios angustia, ansiedad, depresión, desaliento, hastío, pasotismo, etc.

Y llegamos así a una conclusión final de las reflexiones de este domingo: la presencia de Cristo resucitado, la fe en esa presencia, no sólo ha de manifestarse en la liturgia y en los cánticos del aleluya sino, sobre todo y en primer lugar, en una lucha denodada contra todas las formas de muerte que aún oprimen al hombre de hoy.

Si nuestra fe no llega a esto es porque aún pertenecemos a la comunidad de la muerte, aquella sobre la cual sólo resta colocar el epitafio: «Descanse en paz.» Que descanse en la paz de la historia un cristianismo que hoy no es capaz de «hacer signos y prodigios en medio del pueblo».

Y no es capaz:

porque no vive la fe del Resucitado.

– porque está instilado en una fe parcial, según los compromisos sociales que se tengan.

Está nuestro mundo abrasado de tanto sol como le sale por todas las esquinas: el sol de la felicidad sin límites, de la libertad a ultranza, de la igualdad y de la fraternidad gritada por doquier. Y en el fondo, está nuestro mundo quemado por estos soles que no son más que adulteraciones de lo que significan. Sería beneficioso para nuestro mundo que los cristianos fuésemos capaces de proyectar en él la sombra de una mensaje que no puede desilusionar jamás. Tenemos ese mensaje, pero falta que lo asimilemos, lo vivamos y lo testimoniemos.

La Pascuaes todo un desafío para las comunidades cristianas de hoy. Y hay que decidirse a ser cristianos y seguir al Resucitado o si no tener la honradez de dejarlo, pero ya esta bien de apariencias y de peder el tiempo y por tanto la vida. Que Cristo pagó por ella un precio muy alto. Tan caro que se dejó la vida en la cruz.¿Que precio estamos dispuestos a pagar los cristianos por seguir extendiendo el mensaje de Cristo?. Esa es la pregunta que cada uno debe hacerse.

 

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