Ecos del Evangelio

20 diciembre, 2019 / Carmelitas
IV DOMINGO DE ADVIENTO

 

Dios está con nosotros.

 

El cuarto y último domingo del tiempo de Adviento nos anuncia que el nacimiento del Mesías está a punto de cumplirse.

 

Todas las lecturas se van haciendo eco de esta buena noticia que está a punto de acontecer.

 

En la primera lectura de hoy escuchamos al profeta Isaías que nos anuncia: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (Isaías, 7,14).

 

La segunda lectura de San Pablo sigue en la misma línea de la promesa hecha por Dios en las escrituras acerca de su hijo, nacido del linaje de David.
Y el evangelio de Mateo nos relata cómo se fue tejiendo esta promesa de la presencia de lo divino en nuestra humanidad. Y finaliza el relato explicando cómo se hará posible:

 

Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.» (Mt, 1,23).
Este es el acontecimiento que nosotros celebramos, que Dios está con nosotros.

 

Y este es el mensaje que debemos recordar en cada instante de nuestra vida: que Él está cerca de ti. Donde tú estás su presencia te acompaña.

 

Este mensaje que escuchamos es una llamada a abrirnos a su misterio, a cultivar esta consciencia que su presencia nos habita. Tenemos en nuestras manos el regalo más grande y al cual, muchas veces, no le prestamos la más mínima atención pues estamos muy ocupadas cumpliendo con la infinidad de tareas que nos hemos asignado.

 

No sigamos dormidas ante su presencia, despertemos y hagamos realidad este misterio en nuestras vidas. El se hace presente entre nosotros a través de los acontecimientos cotidianos, a través de las relaciones con mis hermanas, con las personas con las que trabajo o que encuentro en mi camino. Y por supuesto, yo también llevo esta presencia de Dios a los demás. Aquí cabe preguntarnos, ¿Cuánta calidez y presencia de Dios llevo a los demás? ¿o prefiero ser yo la protagonista siempre y en todo momento?

 

Cuando priorizamos nuestro yo por encima de todo, es cuando se enrarecen las relaciones humanas. Es cuando somos más proclives a juzgar con facilidad a los demás, a criticarlos con más dureza en sus debilidades. Eso sí, para nuestra manera de proceder siempre encontramos una justificación e incluso vemos la bondad y el bien de aquello que hacemos.

 

Y el mensaje de hoy nos viene a recordar esto, que dejemos espacio en nosotras para que Él nos habite. Esta conciencia es la que nos hace más humanas, más cercanas, más amables con las demás. Si él está con nosotras, las demás tendrán cabida en nuestra vida y un margen de espacio y de respeto para ser y manifestarse.

 

Dejemos espacio para que Dios viva entre nosotras, para que esté presente en mi vida. A cambio recibiremos mucho más, Él nos mostrará dónde estamos siendo como él y dónde no, nos guiará de modo que seamos de su agrado y seamos presencia de él en nuestro mundo y, sobre todo, con las personas más próximas a nosotras, seamos reflejo de su infinita bondad.

 

La fragancia de las flores se extiende sólo en la dirección del viento.
Pero la bondad de una persona se extiende en todas direcciones.
(Chanakya, filósofo hindú)

 

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