Ecos del Evangelio

31 marzo, 2019 / Carmelitas
IV DOMINGO DE CUARESMA -CICLO C 31 DE MARZO DEL 2019

 

“SED MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE

 

Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él”. Con este fragmento del Salmo resumimos la experiencia que el pueblo de Israel hizo de Dios, y que hoy la Liturgia lo presenta también, no como un hecho pasado, sino como una invitación permanente a experimentar y a dejarse abrazar por la misericordia de Dios.

 

Pues esta misericordia es la que Jesús nos presenta cuando en el Evangelio según san Lucas relata a sus discípulos la Parábola del Padre Misericordioso, que durante mucho tiempo fue llamada “la parábola del hijo pródigo”; pero que en realidad, la figura central de la parábola es la del Padre, que muestra su misericordia y su perdón a su hijo amado, pese a todos sus errores.

 

Recordemos que en este tiempo de cuaresma, se resaltan tres aspectos fundamentales: el ayuno, la oración y la limosna, los cuales guardan una estrecha relación con el evangelio de hoy, y los vemos reflejados en los tres personajes principales de la parábola:

 

EL HIJO PRÓDIGO-EL AYUNO

 

Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros” (cfr. Lc 15,11-20)

 

El hijo menor representa el ayuno, porque experimentó lo que es vivir la austeridad, y no por gusto, sino porque no le quedó más remedio al haber despilfarrado toda su fortuna y haberse alejado de su Padre. Vivir la miseria y la soledad le hizo sentir un profundo dolor y el arrepentimiento de corazón, y su condición fue tan humillante, que decide volver a su Padre; pero consciente de su error, ya no le pide que lo trate como hijo, sino como a un jornalero más, porque reconoce el gran pecado que cometió, y está dispuesto a aceptar lo que sea con tal de volver a estar junto a su padre.

 

Experimentar el ayuno nos permite vivir en un ambiente de sencillez que nos enseña lo dolorosa y difícil que es la vida cuando no se tiene lo necesario para vivir, y de esta manera, podemos solidarizarnos con los más pobres y necesitados de nuestra ayuda, comprensión y compañía, además de aprender a valorar lo que tenemos y a prescindir de lo superfluo.

 

 

EL PADRE- LA ORACIÓN

 

“Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”  (Cfr. Lc 15, 20-24)

 

La figura del Padre hace referencia a la oración porque representa ese tiempo interior de espera, de escucha y de fortalecimiento interno, como una preparación del corazón para acoger con amor a los otros, para obrar conforme la voluntad de Dios, que es amor y ternura. Así como la oración es silenciosa, el Padre misericordioso de la parábola supo esperar pacientemente a su hijo, y probablemente no hubo un día que dejase de pensar en él y de elevar una súplica a Dios por su hijo, y esperó tanto que cuando vuelve, es capaz de conmoverse hasta las entrañas ante el arrepentimiento de su hijo, y no escatima en vestirlo y en preparar una fiesta en su honor por haberlo recuperado.

 

La oración es “una trato de amistad con quien sabemos nos ama” dice santa Teresa de Jesús, y por tanto, tal amistad será capaz de enriquecernos interiormente, de llenarnos de amor y de enseñarnos a amar, a compartir y dar la vida, a perdonar, a comprender, a aceptar los errores del otro, como ellos aceptan los nuestros, a sentir que siempre hay alguien que nos espera con cariño y que nunca nos dejará solos.

 

 

EL HIJO MAYOR- LA LIMOSNA

 

“Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. (Cfr. Lc 15, 25-31)

 

En realidad, aquí el hijo mayor es la antítesis de lo que representa la limosna, porque no es precisamente un ejemplo de generosidad, puesto que se mofa de estar siempre con su padre y obedecerlo servilmente, y se indigna al ver que su hermano, el despilfarrador, regresa y todo el mundo festeja su regreso. El hijo mayor envidia a su hermano, porque él sí ha sido capaz de pedir la herencia a su padre y de salir de su casa, es decir, de sus seguridades, de su zona de confort; en cambio él, no ha tenido la valentía para hacerlo y por eso se niega a recibirlo; es más, le reprocha a su padre porque envidia la generosidad que él no es capaz de dar, y se excusa en que él siempre ha estado a su lado y que merece más, tan sólo por ser el hijo mayor.

 

La limosna requiere de una actitud para ser auténtica: la caridad. Muchas veces queremos acapararlo todo, darnos una vida despreocupada, y nos negamos a salir de nuestras comodidades para ayudar quienes nos rodean, y ponemos cientos de pretextos para no hacerlo.

 

El hijo mayor, nos enseña que no debemos ocultarnos detrás de una falsa humildad, de hacer las cosas sólo por cumplimiento, sino a solidarizarnos de corazón con el pobre, porque a final de cuentas el hijo mayor, que lo tenía todo, no era capaz de compartir la alegría de ver volver a su hermano, sino que su orgullo y envidia le hizo privarse de disfrutar la fiesta y de gozar del amor del padre y de su hermano menor.

 

No nos privemos del amor de quienes nos rodean, porque, como el hijo mayor, nos estaremos privando de una gran fiesta del perdón.

 

 

Que este tiempo de cuaresma nos sirva para recordar que todos somos hijos de un mismo padre, y estamos llamados a ser como él: misericordiosos. Y tú, ¿Con cuál de los tres te identificas?

 

Hna. Martha González Cabrera CSJ

 

Volver
Carmelitas de San José

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies