Ecos del Evangelio

24 agosto, 2017 / Carmelitas
JESÚS es el Mesías

DOMINGO XXI T.O. CICLO A 2017 -¿Y vosotros quien decís que soy yo?. Es lo mismo que preguntar: ¿y nosotros que seguimos a Cristo en el siglo XXI, quién decimos que es Jesús?, pero quien es, mas allá de los rezos y la confesión de los labios. Llevamos ya dos domingos hablando de la fe. ¿Os acordáis? En la historia de la barca que no avanza por el viento contrario, y en la historia de la mujer extranjera que a base de insistir logra la curación de su hija. Y hoy de nuevo, de un modo especialmente solemne, volvemos a hablar de la fe. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, pregunta Jesús a los apóstoles. Y nosotros, ¿quién decimos que es Jesús? ¿Por qué nos llamamos seguidores suyos? ¿Cuál es nuestra fe?. Ya es hora de que definamos y entendamos bien que significa seguir a Cristo Si claro, la respuesta que hemos escuchado en el evangelio es también la nuestra: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Si nos contamos en el número de los cristianos, si nos reunimos en la Eucaristía, es porque nuestra respuesta a la pregunta de Jesús ha sido también esa: Tu eres Mesías, el Hijo de Dios vivo. Sí, ésta es nuestra fe. Nosotros creemos que Jesús es el Mesías, que significa guía, líder. Mesías es el nombre que el pueblo de Israel daba al hombre enviado por Dios que algún día iba a venir para conducir a su pueblo hacia una vida plena, hacia una situación renovada de libertad y de justicia. Y nosotros creemos que Jesús es precisamente este Mesías esperado. ¿Pero su palabra, su forma de vida, el camino que emprendió para que la vida merezca la pena, para que se realicen las esperanzas de vida que los hombres llevamos dentro, realmente todo eso lo hacemos nuestro?. Esa es la gran cuestión que cada uno debemos de preguntarnos, porque si esa no es la motivación y el sentido por el cual lo seguimos, de poco sirve confesarlo con los labios. Su vida es, verdaderamente, la vida que realiza las aspiraciones más profundas, más auténticas del ser humano. Y por eso, para ser verdaderamente hombre es necesario vivir como Él. Lo he dicho muchas veces y no me canso de repetirlo: ser cristiano es tener cada vez mas un estilo de vida como el de Cristo. No es el cumplimiento de una reglas y ritos y quedar tranquilos de conciencia. Sí, Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Porque si Jesús pudo vivir tan perfectamente, tan profundamente, la vida humana, fue porque en Él estaba el propio Dios. Porque en Él estaba plenamente la presencia y la fuerza de Dios. Viviendo nuestra vida, nos abrió el camino para que la pudiésemos vivir nosotros hasta el fondo, de un modo que mereciese la pena. Y por eso apoyándonos en Él -como la mujer extranjera del domingo pasado, y como los discípulos de la barca del otro domingo -somos capaces de avanzar. Pero aun podríamos fijarnos en un par de detalles del evangelio de hoy. El primero detalle es que el que realiza esa profesión de fe, el que es capaz de reconocer públicamente a Jesús como Mesías, como Hijo del Dios vivo, es precisamente Pedro, el apóstol que hace dos semanas se hundía en el agua y recibía la advertencia de Jesús: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” Pedro, el discípulo de la poca fe, pero del que sus labios sale hoy la afirmación fundamental de la fe en Jesús. Y eso nos enseña que el reconocimiento de Jesús no es producto, ni en Pedro ni en nosotros, ni en nadie, de nuestras capacidades de discernimiento, ni de nuestro acierto en la vida. A todos, a Pedro y a nosotros, nos dice Jesús, “no os lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo”. Lo cual implica que nadie puede creerse mejor que los demás por el hecho de ser cristiano, ni nadie puede pensar que los que no comparten nuestra fe son malos y están condenados. Nosotros, desde luego, debemos ser testigos de la fe- si la fe es algo valioso para nosotros, ¡evidentemente querremos ser testigos de ella!-, pero eso sin considerarnos los mejores y sin pensar que los que no la aceptan son malos. El segundo detalle es que sobre la fe en Jesús como Mesías Hijo de Dios, sobre la fe que Pedro ha profesado, sobre la roca firme que es el propio Jesús, se edifica, crece, se fundamenta, el nuevo pueblo que Dios ha escogido para sí: la Iglesia. ¿Qué debe significar eso para nosotros? Significa, en primer lugar, que debemos dar gracias por pertenecer al grupo de los que el Padre ha reunido en la fe y en el reconocimiento de Jesús como Mesías. Los que, como recordaba el concilio Vaticano II, formamos de un modo especial “la familia de Dios”. Pero al mismo tiempo significa también una gran responsabilidad. Porque quien no vive según esa fe (quien no se esfuerza por vivir según el camino que Jesús ha abierto), será un hipócrita, indigno del nombre cristiano. Y del mismo modo, si la Iglesia no es capaz de ofrecer ante el mundo un rostro que transparente esa fe en la que se funda, si ese rostro queda velado por cosas secundarias o incluso por infidelidades al Evangelio, no realizará aquello por lo que Jesucristo la instituyó: que es ser el nuevo pueblo que se construye sobre la fe en Él, como Mesías Hijo de Dios. En un mundo mediatizado por la imagen, y la vida virtual, el Señor no nos pregunta sobre Él por sentirse inseguro o por guardar la imagen. Lo hace porque tal vez nosotros, no estamos seguros de a quién seguimos, quien es y por qué le seguimos. Aquí, hoy, podríamos poner encima de la mesa del altar las cartas de la verdad o de la falsedad de nuestra creencia, sin miedo ninguno y con humildad. En nuestras conversaciones ¿cuántas veces hablamos de Dios? Con los amigos ¿cuándo planteamos seriamente nuestra vida cristiana o el hecho de ser católicos y cristianos? Porque, en definitiva, de lo que abunda en el corazón se expresa en los labios. Desde la coherencia y la seriedad con nosotros mismos ¿Podemos decir que le conocemos profundamente o sólo superficialmente? ¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su lectura? ¿Estamos en comunión con Él, o somos unos amigos interesados que sólo lo saben vivir y sentir en ciertas celebraciones solemnes? ¿Es Cristo la razón, la raíz de nuestra vida? Uno de los aspectos más negativos de nuestro tiempo es el relativismo. También, respecto a la persona de Jesús, ha hecho estragos este virus. No es difícil encontrar personas que digan que Jesús es un personaje formidable, fuera de serie, histórico ,pero… olvidan tal vez, que no lo han sentido nunca. × Olvidan que Jesús, como Hijo de Dios, es sobre todo Salvador. × Olvidan que Jesús no ha venido al mundo para ser coreado en pancartas y luego ser olvidado en el estilo de vida de los que nos decimos creyentes. × Jesús no ha nacido para que nos remitamos a las actas de la historia y comprobemos que, en verdad, existió. × Jesús no ha irrumpido repentinamente para que lo ensalcemos como un defensor de las causas perdidas. × Jesús , sobre todo, ha venido para que veamos en Él, la mejor fotografía y el mejor rostro que Dios tiene: el amor. Hoy, como Pedro entonces, nuestra iglesia (con contradicciones, deficiencias, limitaciones, dificultades, temperamento, carácter, etc.) debe seguir respondiendo y testimoniando con coherencia, es decir, sin miedos ni maridajes con el poder mundano: Tú, Señor, eres el Hijo de Dios. Señor: Digo amarte, y después, media hora en tu presencia, me parece excesivo o demasiado. Presumo de conocerte y, ¡cuántas veces! el Espíritu me sorprende fuera de juego. Te sigo y a la vez, escucho y miro, una y otra vez, hacia senderos distantes de Ti. He de confesar que no sé demasiado de Ti, porque no soy capaz de poner en marcha el corazón para amarte. He de confesar que tu nombre me resulta complicado pronunciarlo y defenderlo en ciertos ambientes. He de confesar que, tu señorío lo pongo con frecuencia debajo de otros señores ante los cuales doblo mi rodilla. He de confesar que mi voz no es para tus cosas lo suficientemente recia ni fuerte como lo es para las del mundo. He de confesar que mis pies caminan más deprisa por otros derroteros, como el placer, las prisas, los encantos o el dinero que marca mi vida. Pero he de confesar también que, a pesar de todo, sigo pensando, creyendo y proclamando que eres el Hijo de Dios. Haz, Señor, que allá por donde yo camine, lleve conmigo la pancarta de “soy tu amigo” Haz, Señor, que allá donde yo hable se escuche una gran melodía: “Jesús es el Señor” Haz, Señor, que allá donde yo trabaje con mis manos y con mi mente construya un lugar más habitable en el que Tú puedas formar parte. No, no pensemos que nuestro seguimiento de Cristo se despacha proclamando solo con los labios que es el Mesías el Hijo de Dios. O lo tenemos como guía y lo hacemos vida en nuestra vida o estamos inventando un ídolo. Creo que ya es hora después de 2000 años de saber a quien seguimos y que consecuencias tiene. ¿No lo creéis así?

 

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